Mucha palabrería con el turismo sostenible y Mallorca explota
Miguel del Río | 03.08.2026
Turismo invasivo, sobreturismo o turistificación, todo quiere decir lo mismo. Que en muchos lugares llega a vacacionar más gente de la debida. En una reciente manifestación con final violento, Mallorca dijo basta. No resulta un sentir ajeno a lo que se vive en otros puntos de España. Bien es verdad que la solución no es nada fácil. Ahora bien, lo que resulta inaceptable, por discriminatorio, es que a los propios habitantes de una ciudad, pueblo o barriada se les hurte la posibilidad de vivir y disfrutar del lugar en el que han nacido, avasallados por semejante masificación y la total ausencia oficial de la tan cacareada sostenibilidad.
La expresión medio ambiente apareció en España en el año 1972. Fue entonces cuando el gobierno de turno creó una comisión delegada al respecto, que con el tiempo derivaría en todo un ministerio y consejerías similares en las autonomías. Parece más moderno y cercano, pero los términos sostenibilidad y desarrollo sostenible datan de 1713, aunque resuenen con mayor fuerza desde 1987. El origen de las palabras tiene un carácter forestal. El alemán Carl von Carlowitz exigió Nachhaltigkeit (sotenibilidad), para pedir que no se cortaran más árboles de los que se podían replantar.
Desde entonces, aplicado a la conservación de la naturaleza, construir donde no se debe, el uso solidario de los recursos, y en los últimos años al turismo, se tira de lo sostenible, aunque luego los resultados dejen todo que desear, por incumplimientos tanto de Gobiernos y Administraciones, pero también de los ciudadanos, que no debiéramos protestar, sin antes mirarnos al espejo de lo que destruimos, contaminamos y participamos en esta invasión turística. Quiero ahondar en esto último, ya que media España se muestra hastiada de este tipo de turismo, dando claros signos de que la paciencia ha finalizado.
El más claro y reciente exponente de hartazgo se dio el pasado 26 de julio. Hubo una manifestación en Palma bajo el lema “Mallorca al límite”. Participaron 25.000 personas (elevado a 70.000 por los organizadores). La noticia estuvo tanto en la concentración como en los graves enfrentamientos que hubo entre manifestantes y Policía. Guste o no, esta masiva protesta y los consiguientes disturbios han traspasado fronteras, resaltando la gravedad de lo sucedido y su más que posible repetición. El rotativo The Telegraph se permite incluso comparar Mallorca con una “zona de guerra”. Desde luego, el problema es bien grande, pero semejante comparación bélica está fuera de lugar. Tanta es la saturación turística que el siguiente dato resulta mareante: “El aeropuerto de Palma ha pasado de gestionar 23,7 millones de pasajeros en 2015 a 33,8 en 2025”. Esto es insoportable para la convivencia, pienso sobre todo en los barrios, y de sostenibilidad no tiene nada.
Desgraciadamente, lo de Mallorca se repite en otros muchos puntos de España, tan atractivo como es nuestro país de cara al turismo interior y el que proviene del exterior. Para este 2026 superemos los 100 millones de visitas extranjeras. Será la primera vez en la historia que lleguemos a semejante cifra, algo que ve positivo el sector turístico, pero no así las ciudades, pueblos y vecinos, que se ven completamente estresados ante semejante avalancha de viajeros.
El turismo es la mina de diamantes de España. Ponerle coto es tanto como decir a una persona que no puede viajar de su ciudad a otra, porque se impongan restricciones. De producirse tal cambio, sería tremendo asumirlo. Pero antes de llegar a semejante drasticidad, lo que sí ha surgido es una marginación que sufren muchísimos españoles. Porque no tienen posibilidad de acceso a vivienda, bien sea mediante adquisición o alquiler. Cada vez que el Gobierno aborda el problema lo empeora.
Igual se ha hecho en el mal paso dado con la permisividad de los alquileres turísticos. Resulta demoledor, y genera, en parte, el malestar reinante. Muchos gobiernos autonómicos hablan de medidas y limitaciones, pero es inaceptable lo que se llega a alquilar hoy para acoger a ocupantes temporales. De todo, en el mercado hay de todo. Llevarse las manos a la cabeza con las cosas que se alquilan en España se ha hecho normal. Y no puede ser.
Esta rechazable forma de actuar encarece la vivienda, el alquiler, el coste de la vida y hasta los servicios públicos. Cuando antes un ayuntamiento cubría necesidades de una población concreta empadronada, ahora hay épocas del año en que lo ha de hacer para el doble de habitantes. Un despropósito a todas luces. Y aquí entramos en el grave daño medioambiental y la falsa sostenibilidad actual. No pasa de ser solo una palabra repetida con mayor intensidad cuando se convierte en un mentiroso anuncio de televisión o con la llegada de una nueva cita electoral.
Si tenemos en cuenta lo que hace el Gobierno balear y no funciona, solo queda endurecer de verdad y exigir una nueva y necesaria legislación nacional adecuada a tiempos tan críticos. Al hablar de medidas políticas que se aprecian insuficientes encontramos recortes a nuevas plazas hoteleras, también de los alquileres vacacionales (tarde), hasta reducir la llegada de cruceros. Todo inútil. Cada año siguen llegando más visitantes. Entretanto, muchas localidades se ven sobrepasadas y esa saturación da paso a cabreo, manifestaciones e incluso enfrentamientos no deseados con las fuerzas del orden. Se está tirando demasiado de la cuerda de la paciencia. La violencia nunca es la solución a nada. Pero tampoco hay propuestas por parte de quienes las deben dar. Pocas frustraciones resultan peores que nacer en un bello sitio en el que nunca vas a tener posibilidad de vivir. Lo que ha pasado en Mallorca y su ambiente irrespirable es un serio aviso para actuar ya.
Miguel del Río