Las 7 invasiones de Trump que dañan su Nobel y la economía
Miguel del Río | 09.03.2026
¿Por qué empezó esta guerra, señor presidente? Esta es la pregunta que The New York Times hacia a Trump, a las pocas horas de atacar a Irán. Un editorial del prestigioso periódico quería plantear que la opinión pública rechaza la política que promete una cosa y luego hace la contraria, respecto a asuntos que atañan a todos, y la paz mundial lo es. Antes de volver a tomar el mando de la Casa Blanca, este presidente aseguró a los votantes que pondría fin a todas las guerras. Solo un año ha transcurrido desde su regreso al poder y ya ha atacado a 7 países, disparado el precio de la gasolina, y proyectado una peligrosa inestabilidad a economías y empleos.
En lo que iba a ser su segundo mandato, Donald Jhon Trump tomó posesión como el 47º presidente de los Estados Unidos el 20 de enero de 2025. Era lunes y la ceremonia tuvo lugar en el Capitolio de un Washington inmerso en una ola de frio. En aquella investidura actuó el grupo de música disco Village People, la cantante de country Carrie Underwood, y el himno nacional lo interpretó el tenor Christopher Macchio. Fue sin embargo el discurso del mandatario el que arrancó mayores aplausos. Dijo muchas cosas, pero se resumen en una que está cumpliendo, al extender sus tentáculos de poder absoluto por todo el planeta: «Nada se interpondrá en nuestro camino, porque somos estadounidenses, y nuestra edad dorada acaba de comenzar”.
Ha transcurrido tan solo un año desde aquel juramento presidencial, y la política de Trump se resume en cuatro obsesiones: Guerras, migración, aranceles y menosprecio al resto de países y mandatarios. En tan poco tiempo, su lista bélica no puede ser más amplia: Yemen, Irak, Siria, Somalia, Nigeria, Venezuela y, ahora, Irán. Tiene al tiempo frentes abiertos con la ONU, OTAN, OMS, UNESCO, Acuerdo Climático, la UE por querer apropiarse Groenlandia, Cuba, Mexico, Colombia y se suma España, a la que ataca a diario. También quiere para si el Canal de Panamá.
El actual inquilino de la Casa Blanca se limita a imponer, sin respetar soberanías ni tratados. El término diplomacia se entiende casi en cualquier idioma, y a Trump da igual que se lo expliquen en cualquiera de ellos. Preside la nación a la que no hace tanto se tachaba de primera democracia del mundo, al igual que super potencia económica y militar. Lo segundo lo mantiene, pero lo primero, lo de democracia ejemplar, hay que ponerlo en cuestión, porque las formas democráticas no parecen del agrado de este presidente. Desoye todo, y no digamos el sentir de la opinión pública dentro de Estados Unidos. Cuando se habla de la polarización reinante en España, deberíamos mirar con mayor atención a lo que sucede en aquel gran país. Tan solo hay que mencionar el grave conflicto latente en Minneapolis, que rechaza la brutal política migratoria.
No quiero olvidarme de lo que es otra de sus grandes fijaciones: obtener el Premio Nobel de la Paz. Es del todo irracional semejante pretensión, no solo por el número de conflictos bélicos emprendidos por este presidente, sino por lo que sin duda aún está por venir, de no constituirse pronto un frente mundial que frene lo que no es más que un expansionismo por parte de EE.UU., que en paralelo anhela el control de los recursos energéticos.
En su ataque a Irán, junto a Israel, el magnate que pretende ser amo del mundo ha conseguido llevar a la Unión Europea a un serio roto en su unidad y amistad internas. Reino Unido, Francia, Alemania e Italia se posicionan según el momento en Oriente Medio, un polvorín imposible de desactivar. Las acciones bélicas actuales van a tener consecuencias en el largo plazo, y regresamos así a una inestabilidad general que se va a notar en cualquier parte.
En un mundo sumido en el rearme, junto a los pasos que no para de dar Trump atacando a cualquier país incómodo (pero rico en petróleo y gas), resulta harto difícil mantener una posición de llamada a la serenidad y respeto por los derechos internacionales. Sin peso alguno, España lo hace, no sin incurrir al tiempo en contradicciones, como hablar de paz mientras despliegas tropas cerca del conflicto.
Resulta loable, más en los tiempos que corren, ponerse de parte de la paz, aunque nadie la está consiguiendo, sea en Europa, América, Oriente Medio y demás. Me creo que con las guerras y los ciudadanos pasa lo de siempre. Se ven muy lejanas, como la de Ucrania, Gaza o Irán. Hasta que tocan a tu puerta.
Digo más. En la valoración tan complicada que resulta hacer un análisis de todo lo que hace Trump y sus socios, hay que hablar de economía, precios y empleo, y que sigan una marcha razonable. De entrada, el petróleo y el gas están disparados, y bolsas e inversores en shock. Solo el subidón de llenar el depósito de nuestros vehículos en España ha metido ya miedo a la cartera. Se presagian, claro, subidas en todo lo demás.
No cabe poner en duda el apoyo del que ha gozado hasta ahora Donald Trump. Esa simpatía la tiene dentro y fuera de su propio país. Sin embargo, vamos a ver todas las reacciones que irán surgiendo, sobre todo desde el espacio social, en un anhelo de una paz que cada vez se resquebraja más. Escasean demasiado los líderes mundiales que se plantan ante semejante escalada militar. Sin salir de nuestro entorno, en España estamos aislados, frente al lenguaje bélico entonado por los socios cercanos más fuertes, bajo una presión estadounidense insoportable. Estamos en el primer capítulo de lo de Irán. Los siguientes serán dramáticos, para todos.
Miguel del Río