Colaboraciones

 

Sobre la familia (y III)

 

 

 

26 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La familia es ese lugar querido por Dios para cada persona, donde pueda desarrollarse en un ambiente de amor, de aceptación, cariño y confianza.

Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor.

Y, el hombre al amar responsablemente, establece un compromiso de amor al casarse. Los nuevos esposos se comprometen a ayudarse mutuamente, a buscar el bien de los dos, y a procrear y educar a los hijos.

Este es el origen de la familia. Esa comunidad de amor, formada libremente por el consentimiento de los esposos, donde todos sus integrantes crecerán como personas, y se ayudarán entre todos a alcanzar su fin último, la salvación eterna.

Si Dios ha dotado a los animales de una familia donde aprendan a vivir según su especie, ¿no habrá dotado al hombre, a quien ha creado a su imagen y semejanza por amor, de un lugar donde aprenda a vivir como persona, a vivir de acuerdo a su fin último? Ese lugar es la familia, comunidad de amor donde el hombre crece y aprende a vivir como hijo de Dios.

Vivir en plenitud, es vivir los valores morales y humanos dentro de la familia y luchar día a día para que no queden erradicados.

«No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud del amor. Nosotros amemos, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 18-19).

Hoy, más que nunca, es necesario construir «La Civilización del Amor» que no puede tener mejores cimientos que dentro de la estructura familiar. La civilización es siempre una expresión del hombre; y el amor, la demostración de un hombre pleno.

A la familia le corresponde, entonces, construir la civilización del amor, es decir, una cultura impregnada de valores, que le permita al hombre desarrollarse integralmente y que pueda permear a otros ambientes.

Solamente cuando la familia vive en la verdad, vive también su dignidad de transmisora de amor, generosidad, respeto, comunicación, fidelidad, obediencia, responsabilidad, sinceridad, honestidad, entre muchos otros.

Jamás permitir que dentro de la familia, se rompa la comunicación; fomentar la confianza, abrir canales para que cada hijo pueda decir lo que siente o piensa sin temor a ser reprendido o juzgado. Uno de los primeros problemas que ha tenido el hombre desde que es hombre es el de no saber comunicarse de manera adecuada y esto separa en lugar de unir. Por lo tanto, es necesario trabajar y esforzarse para que dentro de la familia haya constantemente una sana comunicación.

En cuanto a la fidelidad, es necesario que cada integrante de la familia sea fiel a la palabra dada y leal a sí mismo, ya que esto engrandece su dignidad de persona.

Es preciso que la familia actual sea valiente para ir muchas veces contra corriente. Y esto se podrá llevar a cabo en la medida en que esté unida, que esté fortalecida en los valores humanos y cristianos y que tenga como principal socio a Jesucristo, el mejor maestro.

Es indispensable que la familia esté abierta a la vida, cortando de raíz esta mentalidad hedonista que se está filtrando cada día más dentro de las familias, incluso de las familias cristianas. La verdad no puede ser medida por la opinión de la mayoría. Reconocer a Dios como único Señor de la vida y de la muerte de las personas humanas.

La misión de la familia, ante un mundo en permanente cambio, es proporcionar a los hijos sentimientos de arraigo y seguridad, elevar su autoestima y sentimiento de competencia, ofrecerles ejemplos y modelos válidos, dignos de imitar.

Los hijos son el encanto de los hogares, la alegría y la ternura de los padres, los perpetuadores de su nombre, el estímulo de sus trabajos, el consuelo de sus sufrimientos y la esperanza de su vejez.

Los niños fortalecen el amor de sus padres. Las estadísticas internacionales demuestran que hay menos rompimientos en los matrimonios con hijos.

Los hijos enriquecen el amor conyugal. Hacen superar el egoísmo.

El amor del marido a la esposa puede tener un matiz egoísta por los placeres físicos que le proporciona y por los servicios que le presta.

El hijo va a aumentar sus sacrificios, y sin embargo lo ama.

Igualmente, en ella la maternidad despierta enormemente la capacidad de amor sacrificado.

Hogar donde abundan los niños es hogar feliz.

«Son bien conocidos los problemas que en nuestros días asedian al matrimonio y a la institución familiar. Por eso es necesario presentar con autenticidad el ideal de la familia cristiana basado en la unidad y fidelidad del matrimonio abierto a la fecundidad y guiado por el amor. Y, ¿cómo no expresar vivo apoyo a los reiterados pronunciamientos del episcopado español en favor de la vida y sobre la ilicitud del aborto? Exhorto a todos a no desistir en la defensa de la dignidad de toda vida humana, en la indisolubilidad del matrimonio, en la fidelidad del amor conyugal, en la educación de los niños y jóvenes siguiendo los principios cristianos, frente a ideologías ciegas que niegan la trascendencia, y a las que la historia reciente ha descalificado al mostrar su verdadero rostro», así hablaba el Papa Juan Pablo II en junio de 1993 en la homilía de la misa de la canonización en Madrid de San Enrique de Ossó.

La familia es la base de la sociedad, por eso Pío XII dijo el 9 de mayo de 1957: «La sociedad es para la familia, y no la familia para la sociedad».

En el Segundo Congreso Mundial sobre la Familia, celebrado en Río de Janeiro en octubre de 1997, el Cardenal López Trujillo, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, dijo que la familia es «una comunidad de vida y amor de un hombre y una mujer, abierta a la trasmisión de la vida, en el matrimonio». También dijo: «La familia es un patrimonio sagrado de la humanidad. (...) Es una realidad natural confiada a los cónyuges. (...) Merece el apoyo de las autoridades políticas nacionales e internacionales».

La ONU en la Declaración.Universal de los Derechos del Hombre de 1948 afirma: «La familia es la célula fundamental de la sociedad».

Una sociedad que destruye la familia se suicida. Dijo Juan Pablo II en octubre de 1997, en Río de Janeiro, en el estadio de Maracaná, convertido en una inmensa catedral: «Sin la familia la humanidad no tiene futuro.

»La familia es un elemento esencial e imprescindible del designio de Dios sobre la humanidad.

»La familia es el lugar privilegiado del desarrollo personal y social. Quien promueve la familia, promueve al hombre; quien ataca a la familia, ataca al hombre».

Los valores de la familia han sido reconocidos incluso por personas ajenas a la Iglesia Católica, como el primer ministro francés socialista Lionel Jospin y el ruso Michail Gorbachov.

De Jospin son estas palabras: «La familia es un lugar privilegiado donde los niños han de encontrar sus puntos de referencia y descubrir los valores que forjarán su personalidad. (...) La educación es función insustituible de los padres. La escuela tiene una misión muy importante, pero ha de cumplirla en relación con los padres».

Y de Gorbachov son estas otras: «La familia es el núcleo vertebrador de la sociedad en cuanto a continuidad de la especie y transmisión de valores morales».

El mayor tesoro de una nación son los niños.

La crisis de la familia se debe en gran parte a su descristianización.

Equiparar las «parejas de hecho» al matrimonio es una aberración.
El Papa Juan Pablo II les dijo a doscientos políticos europeos reunidos en Roma que es muy grave que la ley iguale los derechos de las personas que actúan según la ley natural formando un matrimonio a las personas que actúan por caprichos arbitrarios (Boletín informativo del Vaticano en INTERNET del 23-X-98, ZS98102304).

El matrimonio es una unión estable entre un hombre y una mujer con el compromiso de formar una familia con determinados derechos y deberes, que hacen a cada una de las dos personas coposeedora de la otra.

En las «parejas de hecho» se niega cualquier compromiso.

Se rechazan los deberes y derechos mutuos.

Se excluye todo vínculo para el futuro.

Es decir, se trata de algo muy distinto del matrimonio.

Por eso «tan injusto es tratar desigualmente lo idéntico, como imponer la igualdad a lo distinto» (Revista Alfa y Omega, 161, 15-IV.99, 19).

El Consejo Pontificio para la Familia publicó un documento en el que se dice que «las uniones de hecho son una injusticia para el matrimonio, porque la justicia exige tratar lo igual como igual, y lo diferente como diferente. Si la familia matrimonial y las uniones de hecho no son semejantes ni equivalentes en sus deberes, funciones y servicios a la sociedad, no pueden ser semejantes y equivalentes en el estatuto jurídico» (nº 10). «Las uniones de hecho no asumen para con la sociedad las obligaciones esenciales propias del matrimonio. La equiparación privilegia a las uniones de hecho respecto a los matrimonios. El matrimonio no puede ser reducido a una condición semejante a la de una relación homosexual» (nº 23).

La realidad de la familia hoy, es fruto de la modernidad.

La búsqueda del «yo» ha tomado la delantera y el «nosotros» se ha hecho precario. Se pospone la nupcialidad y aumenta la soltería.

Esta individualización puede llevar a la realización del propio yo en el matrimonio, negándose así la auténtica y valiosa relación de pareja y familiar.

La difícil realidad que hoy vive la familia tiene muchas causas. Para iniciar, puede decirse que es fruto de la modernidad que ha obligado a cambios significativos y que, además, se advierte que son inevitables e irreversibles.

En conclusión, hoy más que nunca el núcleo de nuestra sociedad está siendo atacado. Sin embargo, la solución a este torbellino de tragedias sociales en el que vivimos se encuentra en lo íntimo de la convivencia familiar, al educar su vocación y enseñando a trabajar con amor por sí mismos y por los demás. El matrimonio y la familia contienen dentro de sí todos los valores humanos necesarios para reconstruir una sociedad. Defender la familia, es defender nuestra felicidad.