Colaboraciones
Reflexiones sobre lo que diferencia al hombre de los animales (I)
12 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
¿Somos diferentes de los animales?
La pregunta parecería extraña para muchos y de fácil respuesta, pero para otros abre un horizonte de posibilidades y reflexiones de gran importancia.
Si somos como los animales, la responsabilidad humana queda diluida: nuestros múltiples comportamientos no tendrían valor ético, como no tienen valor ético los actos de las hormigas o de los tigres.
Si no somos como los animales, se hace necesaria una reflexión que indique cuáles serían nuestras diferencias, en qué estarían fundadas, y qué consecuencias tienen para las normas morales y para la vida social.
Basta con ver cómo juzgamos el comportamiento de un abusador o de un político corrupto para que tengamos que reconocer que tenemos un modo de ser, una esencia, que es diferente de los animales.
Ese modo de ser ha sido explicado a través de algunas tesis fundamentales. Una de ellas, la afirmación de que tenemos una inteligencia. Otra, la constatación de que estamos dotados de una voluntad libre y, por lo tanto, responsable.
Inteligencia y voluntad libre, a su vez, se explican sólo si tenemos un alma espiritual, que supera las condiciones y los límites de lo material y de lo biológico.
Si consideramos que no existe diferencia entre hombres y animales, ¿por qué se juzga a un plagiador como delincuente y no se juzga a ninguna serpiente por destruir un nido de jilgueros?
Amor y respeto por los animales
La grandeza del hombre está en vivir como el rey de los animales y, a la vez, en preocuparse por ellos. En el fondo, nos damos cuenta de que en cada especie animal se encierra parte de un mosaico que no acabamos de descifrar del todo. ¿Qué sería el mundo sin changos, delfines y gaviotas? ¿Qué haríamos por las mañanas si no escuchásemos el canto de los gallos y los ladridos de los perros? ¿Qué pasaría si un día las lagartijas no tomasen el sol, las luciérnagas y los grillos no alegrasen la noche y los tiburones no diesen un toque de emoción a nuestras costas?
Es cierto que nosotros somos superiores por nuestra capacidad de pensar y de amar, de sacrificarnos y de servir a los otros, también a los animales. Pero esta superioridad nunca debe convertirse en motivo para el abuso o el embrutecimiento.
La piedad es un sentimiento que nos hace respetar el carácter sagrado que las cosas tienen en cuanto dones. El trato con los animales pertenece al ámbito de la piedad: un hombre que maltrata a los animales no es malo por su modo de tratarlos, sino más bien por el daño que inflige a su propia naturaleza al carecer de piedad o al disminuirla en él.
El católico actúa de forma respetuosa y considerada con los animales porque son criaturas de Dios. A eso se refería san Juan Pablo II cuando declaró en una audiencia semanal en 1990 que el reino animal participa del aliento de vida que procede de Dios, y que por tanto debemos amar y respetar a los animales como criaturas de Él que son.
Tenemos algo que nos diferencia de los animales de modo sorprendente y radical. Ese algo exige que busquemos cómo comportarnos correctamente no sólo respecto de los otros seres humanos, sino también respecto de las plantas, los animales y el ambiente que nos permiten vivir en esta tierra.
Amar a los animales tiene sentido si sabemos amar y respetar al ser humano. Respetarme a mí mismo y respetar a aquellos que viven a mi lado, a los que cuidan a los caballos, a los que alimentan a los gorriones, a los niños que observan el misterioso vuelo de un abejorro o el sistema de comunicación de las hormigas.
Por eso, el mejor camino para fomentar un sano respeto hacia los animales consiste en promover el respeto al hombre, a cada hombre, desde su concepción hasta su muerte.
Perimundo y mundo
Tanto desde el punto de vista del conocimiento como del de los apetitos, el animal goza sólo de perimundo: de un conjunto parcial de fragmentos de realidad, remitidos de forma determinante a ese «centro», su propia dotación instintiva, que es la que les confiere significado.
El hombre, por el contrario, tiene mundo (Welt) porque puede llegar a conocer la totalidad de lo que existe y, además y, sobre todo, porque es capaz de captarla no en la referencia que presenta para él, para cada sujeto humano, sino tal como esas realidades son en sí mismas: en cuanto entes, dotados de una densidad propia, y cognoscibles en sí o verdaderos. Por lo mismo, relativizando o poniendo entre paréntesis sus propios instintos o tendencias, el ser humano se muestra idóneo para querer, procurar y dar vida a lo que es bueno en sí mismo, y no sólo para él, y, por consiguiente, también a lo que resulta bueno para los demás.
El «ser humano», sostiene Heidegger, puede ponerse en lugar de otro «ser humano», puede empatizar y hacer amistad con otro, puede sufrir las penas del otro o alegrarse con sus éxitos; cuestión que al animal no le es posible.
Un perro de guarda, de caza o de compañía, podríamos ejemplificar, interesa porque guarda, caza o proporciona acompañamiento, igual que los restantes exponentes de su especie; o, en todo caso, porque lo hace mejor que el resto: es decir, porque encarna las propiedades específicas con mayor eficacia que los demás integrantes del grupo (es decir, siempre por relación a su especie, al conjunto). Pero en ninguna circunstancia posee densidad interior como para resultar apreciable, amable y deseable por sí mismo.
El hombre, un ser personal, inteligente y libre, capaz de amar
A diferencia de los animales, el hombre posee una naturaleza racional; el conocimiento humano trasciende las limitaciones físicas y capta la esencia de las cosas a partir de datos individuales. La capacidad intelectual del hombre constituye su esencia; por eso los griegos lo definían como animal racional. En virtud de esta condición, puede alcanzar la verdad: correcta adecuación de la inteligencia con las cosas. Es también un ser libre, lo que significa ser dueño de sus actos, a diferencia de los animales que se rigen por sus instintos. Es claro que los hombres también poseen instintos, pero pueden dominarlos, por lo tanto, la conducta de una persona es consecuencia de sus propias decisiones.
Nietzsche afirmó que «el hombre es el ser capaz de hacer promesas» (pensar y planear su futuro, sus propios fines; se puede autodeterminar dentro de su libertad limitada). Sin embargo, puede ser el animal más brutal, llegando a trastocar el orden natural por su propia libertad de elegir.
Santo Tomás de Aquino daba otra definición: «El hombre es el ser que elige sus propios fines».
Kant dijo que lo que el hombre hace con su libertad (arte, derecho, religión) es algo más que biología.
Para Tertuliano el hombre es: «Animal dotado de razón, capaz de comprender y discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha entregado todo».
Entre los seres naturales, sólo el hombre participa del modo de ser propio de Dios: es un ser personal, inteligente y libre, capaz de amar.
La semejanza que tiene el hombre con Dios es precisamente su condición de persona.
El concepto de persona es una gran aportación del cristianismo a nuestra civilización, si bien se trata de un concepto de difícil definición, puesto que definir implica poner límites y es imposible poner límites al espíritu, que es la nota esencial de la persona.
La palabra persona viene del término latino personare, que significa sonar con fuerza o resonar. Los actores de teatro grecorromanos utilizaban máscaras, estas hacían que su voz sonara con más fuerza. A los actores con máscara se les llamaba personas y representaban a gente noble o distinguida de la sociedad del momento.
Posteriormente, el término persona pasa al campo del derecho para designar a un sujeto jurídico (con obligaciones y derechos jurídicos; no eran todos los hombres: los esclavos no eran considerados personas). Más tarde el término se extiende a todos los hombres, por influencia del cristianismo.
La persona no nace, sino que es creada. A diferencia del individuo, que es una unidad dentro de la especie, engendrada biológicamente, sujeta a la muerte, la persona es creada por Dios.
La persona está constituida por el espíritu, lo que la sitúa por encima del orden natural. Si no fuese así, el valor de la persona desaparece y sólo queda el individuo biológico. El valor de la persona se sitúa por encima de cualquier generalidad, sea esta el Estado, la nación, la humanidad o cualquier otra, y no puede situarse en su mismo plano.
El hombre es al mismo tiempo individuo y persona. El conflicto radical del hombre proviene de su doble condición de individuo (ser natural) y persona (ser espiritual). Su afirmación como persona depende de que esta prevalezca sobre el individuo, de que el espíritu prevalezca sobre la naturaleza.
La persona es la imagen del Dios personal. Tal es su verdadera «naturaleza». El hombre es «persona», imagen del Dios personal; un privilegio que sobrepasa la simple cuestión de la «naturaleza».
La persona es una categoría espiritual unida a Dios. Al igual que en Dios, en la persona humana hay que distinguir también entre la naturaleza y la persona. La persona puede pues ser definida como: categoría espiritual unida a Dios. Se distingue de ese modo del individuo, categoría biológica sometida a la naturaleza.
La libertad y el amor son los elementos constitutivos de la persona: «La libertad y el amor, elementos constitutivos de la persona, son inaprensibles por medio de categorías racionales [...] El hombre, en su realidad concreta, forma parte del cosmos y de la sociedad, cuyos condicionamientos lo ponen constantemente en peligro de ser cosificado, objetivado. Sin embargo, como persona se arraiga en el más allá, en el infinito, y no sólo escapa entonces a la sociedad y al universo, sino que los engloba y los marca con su genio creador. Lejos de que la persona sea una parte del universo, es el universo lo que es una parte, una dimensión, de la persona, cualificado por ella» (Spidlík, L’Idée russe).
La persona es centro de la creación, aquello por lo cual la creación cumple su finalidad.
La persona es el centro que permanece a través de todos los cambios que el ser atraviesa en su peregrinaje hacia Dios. Ese centro encierra el gran misterio de la inmanencia y la trascendencia divinas, que santo Tomás describe así: «Tú eres más interior a mí mismo que mi propia interioridad, y estás por encima de lo más alto de mí mismo». En ese centro profundo del ser puede el hombre reencontrar a Dios.