Colaboraciones
El hombre. Capacidades humanas
08 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Entre los seres naturales, solo el hombre participa del modo de ser propio de Dios: es un ser personal, inteligente y libre, capaz de amar.
Como Dios, el hombre es inteligente, posee una naturaleza espiritual, es libre y capaz de amar.
Al hombre se le llama persona porque es radicalmente diferente de los demás sujetos de cualquier naturaleza no racional. Lo distintivo de este sujeto es que tiene un dominio sobre sus operaciones radicalmente superior del que tiene cualquier otro individuo vivo vegetal o animal. Los vegetales son dueños únicamente de la operación, en el sentido de que ellos la realizan; los animales se apropian, además, gracias al conocimiento, de la causa de sus operaciones, y los vivientes racionales son dueños también del fin de sus operaciones. Esta posibilidad que tienen los seres racionales de dirigir sus operaciones a fines libremente elegidos es lo que manifiesta la radical diferencia entre el actuar de un sujeto meramente sensitivo o animal y el actuar de la persona.
Ser alguien o ser persona, consiste en ser quien se es (ser el único que cada cual es) siendo para otros (prestando el servicio que cada cual, y solo él, puede prestar). En ese sentido, la persona se va haciendo a sí misma, va configurando su rostro a lo largo de su vida. Este hacerse a sí misma es también una manifestación de la autoposesión y del autogobierno que ejerce sobre sí misma.
El hombre es persona, es decir, dotado de razón y de voluntad libre, y enriquecido por tanto con una responsabilidad personal.
Una persona es un ser racional, con una capacidad intelectiva cualitativamente superior a los animales. Pero no nos encontramos solo ante una cuestión de funcionalidad intelectiva. La persona goza de una interioridad, en cuanto que es un sujeto con un carácter espiritual, en el que se incluye una conciencia y una orientación hacia la verdad y el bien. Por tanto, la naturaleza del hombre es sustancialmente diversa a la de los animales e incluye la capacidad de la autodeterminación basada sobre la propia reflexión y la libre voluntad (cf Karol Wojtyla, Amor y responsabilidad, Palabra, 2016).
La espiritualidad humana se encuentra ampliamente testimoniada por muchos e importantes aspectos de nuestra experiencia, a través de capacidades humanas que trascienden el nivel de la naturaleza material. En el nivel de la inteligencia, las capacidades de abstraer, de razonar, de argumentar, de reconocer la verdad y de enunciarla en un lenguaje. En el nivel de la voluntad, las capacidades de querer, de autodeterminarse libremente, de actuar en vistas a un fin conocido intelectualmente. Y en ambos niveles, la capacidad de autoreflexión, de modo que podemos conocer nuestros propios conocimientos (conocer que conocemos) y querer nuestros propios actos de querer (querer querer). Como consecuencia de estas capacidades, nuestro conocimiento se encuentra abierto hacia toda la realidad, sin límite (aunque los conocimientos particulares sean siempre limitados); nuestro querer tiende hacia el bien absoluto, y no se conforma con ningún bien limitado; y podemos descubrir el sentido de nuestra vida, e incluso darle libremente un sentido, proyectando el futuro.
Pero esta excelencia por la que el hombre se destaca entre las demás criaturas, aunque se apoya en bases teológicas, también está al alcance de la razón humana. La inteligencia y libertad del hombre le distinguen de los demás seres, y lo elevan a un rango superior. Por esto, la dignidad de la persona no es fruto de cualidades accidentales, sino de la misma naturaleza del hombre como animal racional, capaz de pensar (el hombre no necesita máquinas para pensar, aunque pueda servirse de ellas; las máquinas nos pueden igualar y superar en muchos aspectos, pero carecen de la interioridad característica de la persona y de las capacidades relacionadas con esa interioridad: capacidad intelectual y argumentativa, conciencia personal y moral, capacidad de amar y ser amado, por ejemplo) y de amar.
El «ser humano», sostiene Heidegger, puede ponerse en lugar de otro «ser humano», puede empatizar y hacer amistad con otro, puede sufrir las penas del otro o alegrarse con sus éxitos; cuestión que al animal no le es posible.
Nietzsche afirmó que «el hombre es el ser capaz de hacer promesas» (pensar y planear su futuro, sus propios fines; se puede autodeterminar dentro de su libertad limitada). Sin embargo, puede ser el animal más brutal, llegando a trastocar el orden natural por su propia libertad de elegir.
Santo Tomás de Aquino daba otra definición: «El hombre es el ser que elige sus propios fines».
Kant dijo que lo que el hombre hace con su libertad (arte, derecho, religión) es algo más que biología.
Para Tertuliano el hombre es: «Animal dotado de razón, capaz de comprender y discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha entregado todo».
El hombre capta los modos de ser de cada cosa, y a diferencia de los animales, puede profundizar en cada modo de ser. En la mente humana van teniendo cabida las realidades del mundo exterior (por eso Aristóteles dice que el hombre es de algún modo todas las cosas), que son entendidas con más o menos profundidad. Un animal ve imágenes de las cosas reales, y las estima como convenientes o no convenientes para sí; pero no puede entender las propiedades o el modo de ser íntimo de las cosas. Por eso, no puede elaborar cultura; aunque sí ciertas técnicas o habilidades.
Sería un error pensar que el hombre inventa la flecha solo porque tiene necesidad de comer pájaros. También el gato tiene esa misma necesidad y no inventa nada. El hambre solo impulsa a comer, no a fabricar flechas: son dos cosas muy diferentes. Por eso, no es correcto explicar al hombre solo desde sus necesidades, sino también desde sus posibilidades y aspiraciones. La inteligencia humana no surge de una necesidad, sino de una dotación, y por eso no es un animal más. Tiene la capacidad de crear.
La ciencia natural proporciona una de las pruebas más convincentes acerca de las peculiaridades del hombre; en efecto, pone de manifiesto que el hombre, a diferencia de otros seres, posee unas capacidades creativas y argumentativas que resultan indispensables para plantear los problemas científicos, buscar soluciones, y poner a prueba su validez. El gran progreso científico y técnico de la época moderna ilustra las capacidades únicas de la persona humana, y no tendría sentido utilizarlo para negar lo que, en último término, hace posible la existencia de la ciencia.
Aunque de manera negativa, algo característico de la persona humana que la coloca en un plano absolutamente distinto de los animales, es la capacidad de disimular, de ocultar lo que siente, lo que piensa, lo que quiere. Puede esconder y guardar su mundo para sí, aún a sabiendas de que tal hermetismo le puede dañar. Solo el ser humano se puede poner una máscara y representar una comedia. Y nadie más.
El hombre es un ser moral; distingue el bien del mal; el animal no tiene moralidad. También el hombre es capaz de ponerse en el lugar del otro, de comprender, por esto es, dice Spaemann, un símbolo del Absoluto (de lo que de alguna manera está en todo).
El hombre no es puro instinto, ni un simple engranaje del sistema productivo, ni una célula utilizada por el gran cuerpo de la sociedad.
Hay mucho más en cada hombre. Hay un alma, un espíritu, que no termina con la muerte, que empieza a vivir un día y camina hacia la plenitud de lo infinito. Vale cada ser humano, pobre o rico, grande o pequeño, sano o enfermo, nacido o sin nacer, del norte o del sur, porque cada uno tiene algo de divino, un soplo de Dios.
El hombre es la única criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.
Que el hombre es imagen de Dios significa, ante todo, que es capaz de relacionarse con Él, que puede conocerle y amarle, que es amado por Dios como persona.
El libro del Génesis es extraordinariamente preciso: definiendo al hombre como «imagen de Dios», pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre, aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible.
El hombre es imagen de Dios. Es persona a imagen de las personas divinas. Un ser inteligente y libre, capaz de bien y de amor, y que se realiza amando, a imagen de las personas divinas.
En definitiva, «el hombre creado a imagen de Dios es un ser a la vez corporal y espiritual, o sea, un ser que por una parte está unido al mundo exterior y por otra lo trasciende: en cuanto espíritu, además de cuerpo es persona. Esta verdad sobre el hombre es objeto de nuestra fe, como también lo es la verdad bíblica sobre su constitución a ‘imagen y semejanza’ de Dios; y es una verdad constantemente presentada, a lo largo de los siglos, por el Magisterio de la Iglesia» (san Juan Pablo II, audiencia general, 16.IV.1986).
El hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios y «lo dotó» de unas facultades superiores que lo hacen el ser más excelso de toda la Creación. Estas facultades que lo distinguen y lo elevan por encima de cualquier otra criatura son la inteligencia y la voluntad.
La voluntad, como valor, consiste en hacer lo que tenemos que hacer, lo que debemos hacer, sin dejarnos vencer por las dificultades. La capacidad de querer que, junto con la capacidad de entender, son los motores de las acciones humanas. La voluntad es pieza clave del edificio de la personalidad. La voluntad es la facultad del alma que nos mueve a actuar para conseguir un bien concreto, un ideal; con constancia y con todas las fuerzas. Voluntad es determinación, firmeza en los propósitos, solidez en los objetivos y ánimo frente a los propósitos. Voluntad significa tener la intención de hacer algo, aunque cueste. Es la capacidad de hacer realidad los propósitos, la fuerza para superar los obstáculos. Sin fuerza de voluntad, poco podrá conseguir una persona; difícilmente llegará a su madurez y a alcanzar logros que le lleven a su autorrealización y a hacer algo por los demás. La persona debe aplicarse en la formación de una voluntad fuerte, dócil a la inteligencia, eficaz y constante en querer el bien, tenaz frente a las dificultades, y capaz de gobernar y encauzar con suavidad y firmeza todas las dimensiones de la persona.
La inteligencia, iluminada por la luz de Dios a través de la fe, permite al hombre «acceder al conocimiento del Dios» que lo creó; y la voluntad da al hombre la posibilidad de optar con libertad y realizar en su vida el plan de perfección que Dios pensó para él. Esto significa que todo pensamiento, palabra o acción, para ser plenamente humanos y estar destinados al crecimiento de la persona, deben estar regidos por la inteligencia iluminada por la fe, que dicta lo que más conviene pensar, decir o hacer; y por la voluntad, que lleva adelante libremente y con inquebrantable decisión lo que se ha determinado, por encima de cualquier obstáculo que se pueda presentar en el camino: instintos, pasiones desordenadas, sentimientos mal encauzados, etc.
Esta es la ventana del espíritu. Se trata aquí de que sea la razón, formada e iluminada por la fe, la que señale siempre el camino a seguir, y no los sentimientos o pasiones.
La inteligencia es una potencia porque no está terminada, es una facultad que debe llegar a ser, es decir, llegar a su término. Cuando afirmamos que es una potencia estamos queriendo decir que tiene la facultad, la posibilidad de llegar a ser. Cuando decimos que una persona es un deportista en potencia, es porque tiene la facultad, los dones para llegar a ser un gran deportista, si se ejercita, puede llegar a serlo. La inteligencia es parte de la esencia misma del hombre y por lo mismo tiene la necesidad de ser perfeccionada, acabada para hacer al hombre más hombre; es una facultad, un don en potencia, por lo que debe actualizarse, perfeccionarse, acabarse, para lograr su plenitud. Podríamos decir que la inteligencia no solo es educable, sino que debe educarse.
La libertad es, como enseña León XIII, «el bien más noble de la naturaleza, propia solamente de los seres inteligentes, que da al hombre la dignidad de estar ‘en manos de su propia decisión’ y de tener la potestad de sus acciones».
Se entiende por libre albedrío, o libertad de arbitrio, que es la que propiamente se atribuye a la voluntad humana, la facultad de determinarse a obrar, es decir, la facultad de querer o no querer, o querer una cosa más que otra. Solo hay libertad cuando el hombre no está determinado por una causa o un motivo interno (temor invencible, obcecación, pasión, etc.), ni por una causa o un motivo externo (coacción). Consiste, pues, la libertad en una decisión personal; o, como dicen los filósofos, en un obrar intrínseco, en la capacidad del hombre de decidir por sí mismo.
La libertad es, como ya apuntó Agustín de Hipona, la propiedad esencial de las dos potencias superiores de la persona: el entendimiento y la voluntad. E incluso podría afirmarse que define de manera intrínseca su mismo ser: la persona, toda persona, posee un ser libre. La persona humana, en concreto, es participadamente libertad.
La libertad no es una simple propiedad de la voluntad humana, sino que es característica trascendental del ser personal; es el núcleo mismo de toda acción realmente humana, y es lo que confiere humanidad a todos los actos del hombre y a cualquiera de las esferas sectoriales de su actividad, afirma el padre Carlos Cardona.
«Puesto el ser, creada la persona, la libertad se presenta en él como ‘inicio’ absoluto, como originalidad radical, como creatividad participada», sostiene el padre Carlos Cardona.
Todo el sentido de la libertad humana está, nos lo enseña Cristo, en cumplir por amor, aunque cueste, la voluntad del Padre. Eso es, realmente, lo único que vale la pena en este mundo. Ser libres es dejarnos llevar por el Señor.
La libertad que nos gana Cristo consiste en el poder de obrar el bien para vivir en comunión con Dios; un poder que nuestra voluntad posee gracias al conocimiento de la verdad. Obrar libremente el mal, es decir, pecar, es por el contrario esclavitud, y huir de la luz de la verdad.
La libertad tiene, pues, en el cristianismo un sentido preciso: es poder de obrar el bien; es capacidad, propia del hombre, que le permite moverse no ciegamente ni por instintos, sino por amor filial, bajo la luz de la fe, cumpliendo los designios de Dios, sin dejarse esclavizar por las criaturas, ni degradarse en acciones indignas de hijos.
La libertad es poder de conocer y amar al Señor y de causar con dominio los actos por los cuales nos unimos a Él, como a Padre amantísimo: «La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección» (Gaudium et spes, n. 17).