Colaboraciones
Reflexiones
01 abril, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
1. El laicismo desea un espacio público sin Dios. Pero aparcar las creencias religiosas no impide la proliferación de nuevos cultos y nuevas ortodoxias —esta vez, de cuño laico— que aspiran a llenar ese vacío con sus mensajes de redención.
2. Camille Paglia, que es atea, sostiene que cuando la religión pierde fuelle en una sociedad, algo acaba ocupando su lugar. «Pero la política no puede llenar el vacío [de creencias]. La sociedad, con la que el marxismo está obsesionado, es solo un fragmento de la totalidad de la existencia». Según explica ella misma, su sustituto de la religión es el arte, que al menos tiene una dimensión espiritual. Pero esta desaparece «cuando el arte es reducido a política» y cada obra es vista como el resultado de la posición social del artista.
3. En España, un ejemplo de política regalista fue la decisión del gobierno de Pedro Sánchez de pedir ayuda al Vaticano en su empeño por exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos. A un gobierno que ha hecho bandera del laicismo debió de sonrojarle que el secretario de Estado vaticano, Pietro Parolin, le recordara que «la Santa Sede no quiere intervenir en una cuestión que está sujeta a la jurisdicción española».
4. De hecho, si somos realistas —dice Thunder—, admitiremos que los sistemas democráticos son bastante elitistas: al frente hay unos pocos, que son quienes toman las decisiones, con los debidos contrapesos de poder. En este sentido, una democracia nunca es enteramente democrática. Más bien, tenemos que imaginar un sistema político mixto, mezcla de oligarquía, aristocracia y democracia.
5. La política ha pasado de ser una actividad pensada para el gobierno de los asuntos públicos a una fuerza redentora.
6. La politización de todos los aspectos de la vida social, incluida la religión, es una manifestación del culto que hoy se presta a la política.
7. Más que la intromisión de la Iglesia en los asuntos de Estado, hoy debería preocupar sobre todo la instrumentalización de las creencias por los nuevos mesías de la política.
8. Los católicos debemos participar en la política como ciudadanos responsables, por el bien de todos. La solución a la corrupción no es abandonar la política sino participar en ella con principios cristianos.
9. Si un candidato favorece el aborto o la eutanasia, no respeta al ser humano no se debe votar por él, aunque en otros aspectos parezca bueno. Los derechos humanos forman parte de la ley natural, la cual es accesible a la razón cuando se busca con sincero corazón. Toda autoridad legítima procede de Dios y debe someterse totalmente a Dios. Cuidado que no sea solo de palabra, sino que en efecto demuestre coherencia con la moral.
10. Ningún partido representa a la Iglesia y los católicos pueden militar o dar su voto libremente al partido o al candidato que mejor responda a sus convicciones personales, con tal de que sean compatibles con la ley moral natural y que sirvan sinceramente al bien común de la sociedad.
11. A los políticos católicos les recordamos el deber moral que tienen en su actuación pública, especialmente a los legisladores, de mantenerse fieles a la doctrina del evangelio, conservando su compromiso claro con la fe católica y no apoyando leyes contrarias a los principios morales y éticos como son los que atentan contra el derecho a la vida o en contra de las instituciones de la familia y el matrimonio. Solo la adhesión a convicciones éticas profundas y una actuación coherente pueden garantizar una acción pública, honesta y desinteresada, de los legisladores y gobernantes.
12. Todo aquel que ha proclamado que quiere prestar un servicio, un servicio a nuestra patria en funciones muy diversas, tiene que mostrar en la práctica que en realidad ha llegado a ese puesto para servir y no para servirse, no para enriquecerse; sino para dar lo mejor que tiene en favor del pueblo que tanto lo necesita.
13. Los católicos tenemos claro que no podemos apoyar programas o proyectos políticos que amenazan el derecho a la vida de los seres humanos desde su concepción hasta la muerte natural, alteran esencialmente la concepción del matrimonio desprotegiendo la realidad de la familia, debilitan las bases de la convivencia. En el caso, nada infrecuente, de que ninguna opción política satisfaga las exigencias morales de nuestra conciencia, la recta conciencia nos induce a votar aquella alternativa que nos parezca menos contraria a la ley natural, más apta para proteger los derechos de la persona y de la familia, más adecuada para favorecer la estabilidad social y la convivencia, y mejor dispuesta para respetar la ley moral en sus actividades legislativas, judiciales y administrativas.
14. Los políticos saben qué teclas tocar para encender las emociones, muchas veces irresponsablemente. Cuidado con la manipulación de los sentimientos hacia la patria, la raza, el sufrimiento de los pobres, la libertad, etc. Con frecuencia se crea un mito en torno a un político o se destruye su reputación basada en la repetición de falacias. El cristiano no se debe llevar por las emociones ni por la fiebre que incita a las masas. No debe dejarse engañar por promesas. La prosperidad de los pueblos requiere un largo proceso de construcción y fortalecimiento de un sistema de gobierno, de educación, de trabajo, etc. bajo un estado de derecho que proteja justamente a todos los ciudadanos. Esto no se consigue con la demagogia. Hay que estar preparado para tomar opciones que no sean populares pero que sean justas. Recordemos como Jesucristo fue condenado por las masas porque matarlo «era conveniente».
15. El bien común debe estar por encima de intereses personales. Al mismo tiempo no se deben violar los derechos naturales de ninguna persona. No se debe votar por quien viola la ley natural, aunque por otra parte tenga buenas propuestas. Un católico no debe votar por candidatos que favorecen la inmoralidad, tal como es, por ejemplo, el aborto. En casos, como ocurre con frecuencia, en que todos los candidatos carecen de una clara posición moral que cubra todos los campos, el votante debe decidirse por el que al menos promueva los valores fundamentales.
16. Un católico no puede eludir su responsabilidad civil ya que eso sería cederle el paso al mal. El hecho de que haya mucha corrupción en la política no exonera al cristiano de su responsabilidad. Más bien le debe retar a trabajar por un mundo mejor. El que no vota o vota sin atención a las leyes de Dios es culpable de los resultantes males. «Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política» (Vaticano II, Ch L 42).
17. En 1946, Pío XII dijo a un grupo de jóvenes que comenzaban en la política, entre ellos el que luego fue gran estadista italiano, Alcides De Gásperi: «Id al Parlamento para servir; no cedáis en cuestión de principios; tened las puertas abiertas pues la democracia significa colaborar; no penséis en vuestros intereses particulares, sino en los de la comunidad. Id al Parlamento con espíritu ágil: capaz de subir escalones si os piden desempeñar puestos de responsabilidad, pero también de bajar con elegancia y humildad cantando alabanzas al Señor... sin romperos el “fémur espiritual” que es una de las fracturas más peligrosas», con mayor razón si se trata de cuestiones referidas a la defensa de la verdad y de la libertad de conciencia».
18. Los católicos deben comprometerse en la política para aportar a esta valores cristianos.
19. La vida en un sistema político democrático no podría desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos, «si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades».
20. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado.