Colaboraciones
La Pasión de Cristo. La Pasión de Cristo dirigida por Mel Gibson (y II)
28 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Desde la historia real de la Pasión de Jesucristo, narrada e interpretada por los cuatro evangelistas, hasta la actualidad, este magno misterio no ha cesado de asombrar a los hombres que con él se encuentran en el camino de la existencia, y del cual ya no pueden prescindir en el curso de su vida. Ese asombro humanizador y salvífico, cumbre de todo asombro humano, ha adoptado formas expresivas de grande variedad. En muchos es solo palabra interior que se traduce en sentimientos, emociones, pensamientos que se van hilando, lenta o febrilmente, con el mismo ritmo del vivir. A veces se transmite con palabras pobres y sencillas en los labios de las madres, o con gestos elementales y cálidos en los rostros y en los ojos de los niños. Y cuántas veces, desde los primeros siglos de la era cristiana, no ha resonado la Pasión de Jesucristo en los labios de los grandes o humildes predicadores, de los catequistas, de los homiletas, o en los escritos de los teólogos y de los maestros espirituales más insignes. ¡Con cuánta conmoción, no pocas veces, las mismas lágrimas han interpretado los misterios!
La Pasión del Señor ha sido representada o escenificada, siglo tras siglo, en la pintura y escultura, en la poesía y en el teatro, en el viacrucis de piedra o de leño y en ese otro viacrucis conmovedor y palpitante, representado por personas vivas, todavía hoy existente en algunos pueblos cristianos. Ha sido interpretada con amor y emoción en las miniaturas monacales de los manuscritos y en los grandes retablos de los artistas del Renacimiento o del Barroco. Los poetas y los literatos, los músicos, los orfebres y los bordadores, los cineastas y los cantautores han impreso en su arte con primor y emoción la hermenéutica de los grandes misterios que abraza la Pasión de Jesús. Unos captan mejor una escena, otros otra. Unos se fijan en algún detalle, para otros vale más el conjunto. Unos usan el pincel, otros la aguja. Unos interpretan con el cincel, otros con la cámara cinematográfica. Con perspectiva propia, cada artista procura escenificar los episodios dolorosos en fidelidad sustancial a los textos evangélicos. Toda recreación, si es bella, enriquece la comprensión del misterio. En su limitación, cada una de las interpretaciones es valiosa, enriquecedora, original. Agavilladas todas ellas, vienen a ser como un mosaico en el que cada artista, cada predicador, cada escritor incrusta una tesela para abarcar y comprender mejor la belleza imponderable del Gran Misterio en su totalidad, para gozo de los hombres que lo contemplan.
Son centenares, millares las interpretaciones artísticas, literarias y cinematográficas que existen hoy en día de la Pasión del Nazareno. Cada interpretación es una en medio de tantas otras que ya son realidad o llegarán a serlo en el futuro. Todas buscan comunicar una historia y un misterio, siendo fieles a la verdad de los hechos, que en los relatos evangélicos de la Pasión hallan expresiones literarias de índole diversa. Todas se quedan en el largo camino de la interpretación infinita. Cada una de ellas pretende llegar al corazón, a la sensibilidad del hombre, tocar sus fibras más íntimamente humanas y cristianas, despertar la admiración, el agradecimiento, la participación, el amor a quien por nosotros ha sufrido el indecible martirio. Cabe afirmar sin rubor que todo hombre es regenerado en Getsemaní y en el Calvario; es hijo de un dolor de parto sobre la colina de la Redención de la humanidad. A ese hombre concreto, inmerso en las vicisitudes de la historia, se orienta cada una de las hermenéuticas llevadas a cabo por los hombres en su propia época.
La Pasión de Cristo dirigida por Mel Gibson. La historia se centra en las doce últimas horas de la vida de Jesucristo, desde la agonía en el Huerto de Getsemaní hasta la muerte en cruz. Para Gibson se trata de la historia del más grande de los heroísmos, porque no hay amor más grande que dar la vida por los demás, y el protagonista es de excepción, un hombre extraordinario, Jesús. Los cristianos creemos que es verdadero hombre y verdadero Dios, que va consciente y voluntariamente a la pasión y muerte para salvar a los hombres, que muere a causa de nuestros pecados y para la redención de los pecados de todos.
Mel Gibson repite, convencido, que ha hecho una película que corresponde a la verdad de los hechos históricos, que «es conforme a lo que los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento nos cuentan sobre la pasión y muerte de Cristo» y que quien espere un relato fiel a la vida de Cristo no saldrá decepcionado. Con la intención de ser lo más fiel posible a la historia real, la película ha sido rodada en dos lenguas muertas, latín y arameo. No será doblada, de forma que, en cualquier rincón del mundo, el espectador asista a la pasión de Cristo escenificada en las mismas lenguas que, según Mel Gibson, se hablaban en tiempos de Jesús.
A la vez y sin ningún reparo, el famoso actor y director admite que en algunos pasajes se ha inspirado en las visiones de una religiosa alemana en proceso de beatificación, Anna Katharina Emmerick (1774-1824) y en otros «místicos» de la pasión. Su opción por la crucifixión de las manos y no de las muñecas, como parece más probable históricamente, la justifica débilmente: «La posibilidad de que Jesús haya sido crucificado en las muñecas tiene fundamento, pero la tradición ha representado a Jesús con heridas en las manos y, a lo largo de la historia, los santos que recibieron los estigmas del Señor, los presentaron también en las manos».
El cardenal Darío Castrillón afirma: «Gibson ha tenido que tomar muchas opciones artísticas para conformar su retrato de los personajes y los acontecimientos que se dan cita en la Pasión, y ha completado la narración del Evangelio con las percepciones y reflexiones hechas por santos y místicos a lo largo de los siglos. Mel Gibson no solo sigue rigurosamente el relato evangélico, dando al espectador una nueva apreciación de esos pasajes bíblicos, sino que, gracias a sus opciones estéticas, ha hecho una película fiel al sentido de los Evangelios, tal y como los interpreta la Iglesia».
El misterio de Jesús de Nazaret, particularmente el misterio de su Pasión, ha sido, es y continuará siendo el parteaguas de la historia humana. Para los creyentes en Cristo no ha habido ni habrá una vida humana ni un evento humano con más repercusión en el grandioso panorama de los siglos. Para el lector de los textos evangélicos sobre la Pasión, la fuerza física y moral de Jesús, en esas horas densas y terrificantes (terribles, horribles, horrorosas, horripilantes, horrendas, espantosas, aterradoras, espeluznantes, atroces, sobrecogedoras) que van de Getsemaní al Calvario, superan con mucho las expectativas humanas y abren una rendija hacia lo sobrehumano y divino. Para los cristianos, sobre Jesús, que vive intensamente esos episodios, aletea el poder de Dios y la extraordinaria energía del Espíritu Santo. ¿Hubiese sido posible, de otro modo, que Jesús llegase con vida hasta la cima del Gólgota, y consumar así su lento e inexorable martirio?
Dios ha querido unir indisolublemente, en la Pasión de Jesucristo, historia y fe, misterio y evento, amalgamados en la Obra redentora de la humanidad. La Redención, y este es el tema de fondo de la Pasión, goza del espesor de los hechos y del resplandor oculto de lo trascendente, del dramatismo de la historia y del profundo misterio en la intimidad de Dios. Sería muy empobrecedor quedarse en los puros hechos, sin ser iluminados y transformados por la Luz del misterio. En definitiva, la Pasión es una hermenéutica de la propia vida. Sería trágico quedarse en espectador, sin llegar a ser actor del drama. Porque, en verdad, todos somos intérpretes y actores en la Pasión de Jesucristo.
La película La Pasión de Cristo, dirigida por M.Gibson, estrenada en el año 2.004, (producida por M.Gibson y E.Sisti, con guion de B.Fitzgerald y M.Gibson, fotografía de C.Deschanel, música de J.Debney e interpretada por J. Caviezel en el papel de Nuestro Señor Jesucristo).
Gibson ha tenido el valor —desde la óptica de su fe católica— de realizarla sabiendo de antemano que surgirían muchas polémicas ajenas —la mayoría de las veces— a la estética del film y a su mismo contenido. Todo un fenómeno digno de tenerse en cuenta.
La belleza plástica de las imágenes, su perfecta escenografía, su estilo ya consagrado de autor de cine, son los cimientos sobre los cuales se construye el edificio de la persona de Cristo crucificado cerca de 2026 años, pero vivo en su obra, que es la Iglesia.
El lenguaje cinematográfico —al igual que los tronos de estos días— es el instrumento a través del cual Gibson despierta al hombre actual de su letargo espiritual, le empuja a poner su mirada en algo o alguien que trascienda los estrechos límites a los que conduce el consumo y el materialismo alienante de esta sociedad.
También La Pasión de Cristo lleva al corazón del hombre el hálito de lo que significa el dolor, el sufrimiento y la misma muerte. Con su frescura narrativa, su guion medido, exacto en el estudio de cada personaje, y la buena interpretación de todos los actores masculinos y femeninos hacen que el film se convierta en el punto de referencia de cada cual en lo más íntimo de sus conciencias y, desde luego, un faro y un espejo de referencia para encontrar o volver a hallar los valores trascendentales que son los que mantienen la vida en su prístino sentido.
Esta obra refleja las últimas horas de la vida terrenal de Cristo. Es la condensación de su pasión, muerte y resurrección por el bien de la humanidad, sometida al mal ontológico del pecado y a la que Cristo libera con su entrega absoluta de desprendimiento y asombro ante las autoridades y el pueblo de ayer y de hoy que lo sacrifican con sus actos de barbarie.
Frente a todo el desencadenamiento que padece las trastornada humanidad en nuestros días, Gibson, desde su óptica de fe, plantea al espectador interrogantes fundamentales para catapultar su existencia por sendas distintas quizá por las que camina.
El guion y toda la estructura del film- magníficamente ambientada- acerca al espectador al mundo de la fe en Jesucristo, visto desde los Evangelios y otras fuentes literarias, junto al asesoramiento de buenos teólogos para no fallar en esta película, clave en la ilusión de su vida de creyente.
Este cine presenta nada menos que todo un modelo de vida a seguir por parte de sus fieles. Creo que tan sólo desde esta perspectiva ha sido posible hacer una obra de esta catadura artística y plena de contenido. Ha sido un trabajo, el de Gibson y Caviezel, que ha brotado del hontanar de su fe recia y coherente. De no ser así, hubieran puesto en escena a un Cristo edulcorado, dulzón, pero sin la garra y el atractivo real que tiene este de la Pasión.
Si los medios de comunicación social repararan en el bien que pueden hacer a la humanidad, seguro que cambiarían de sentido en sus respectivos roles.
Al igual que cuando se visita un museo, hay cuadros que te fascinan por su belleza, la Pasión, a pesar de su dureza —la vida es así— atrae y emociona a cualquier espectador. Y la razón no es otra que el arte de Gibson es excelente porque sabe contar bien la historia y, en este caso, la vida de Cristo soportando los juicios falsos, el sangriento camino del Gólgota, la mirada de su Madre la Virgen que lo consuela, la pena de ver a su pueblo de ayer y de hoy —no solo judío sino a todos— que lo traicionan, lo insultan y él, a cambio, tan solo respira amor y perdón.
Sin este horizonte, el espectador puede perderse en lo superficial y no ahondar en el significado profundo del guion que lo trasciende todo.
El cine de este director australiano ha recreado la historia de la vida de Jesús en las horas finales, de una forma sorprendente, impactante, emotiva e incluso está logrando llegar a lo hondo del corazón y de la conciencia de los espectadores.
En síntesis, una obra maestra de cine en todos los aspectos del lenguaje cinematográfico. Incluso los diálogos en latín, arameo y hebreo le dan verosimilitud y el aire de un magnífico documental.
Sin violencia gratuita ni rastro de antisemitismo, con La Pasión de Cristo Mel Gibson ofrece una producción «de sensibilidad artística y religiosa exquisita», afirma el sacerdote dominico Augustine Di Noia.