Colaboraciones

 

La Pasión de Cristo. La Pasión de Cristo dirigida por Mel Gibson (I)

 

 

 

28 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Hay que entender que el cristianismo es una religión que no está ligada a ninguna raza humana; sino que está formada indistintamente por árabes, latinos, anglosajones, indios, etc. y, por supuesto, también hebreos.

En consecuencia, han sido nuestros propios pecados los que han crucificado a Jesucristo. Queriendo simbolizar esto, Mel Gibson quiso convertirse por un momento en actor de una de las escenas más dramáticas, sosteniendo con su mano el clavo con el que la mano de Cristo es clavada en el madero.

La película nos ofrece las claves del sentido que Cristo quiso dar a su muerte, al intercalar en el episodio de la crucifixión las escenas de la última cena. Con ello remarca que Cristo entregó voluntariamente su vida —cuerpo y sangre— por el perdón de nuestros pecados; tal y como lo profetizaba Isaías: «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas; y, con sus llagas, hemos sido curados». Toda una confesión de fe en el sentido redentor de la Pasión de Cristo, que contrasta con cierta teología secularizada que se ha limitado a presentar la muerte de Jesús de Nazaret como «la consecuencia lógica del enfrentamiento que un hombre coherente tiene con los poderes fácticos de su tiempo».

Tampoco cabe entender la profundidad del drama de Cristo sin la tenaz tentación de Satanás, magníficamente expresada por Mel Gibson. El demonio intenta por todos los medios apartar a Cristo de la obediencia a la voluntad de Dios Padre, consciente de que de ello depende la salvación de los hombres. Y como culmen de la teología católica, la película intercala una discreta y a la vez continua presencia de María, que se nos sugiere como custodia del misterio de la redención. ¡Insuperable la escena de María recogiendo en unos paños blancos la sangre derramada por su Hijo en la flagelación!

Entendemos que a algunas sensibilidades les puedan resultar demasiado crudas algunas escenas de La Pasión, especialmente la flagelación y la crucifixión. Sin embargo, a la luz de los documentos históricos que disponemos sobre los métodos de tortura romana, no cabe hablar de exageración. Baste el dato de que tan solo han sido reflejados en el maquillaje del protagonista el 40% de las llagas que figuran en la Sábana Santa de Turín, por entender que hubiese sido demasiado brutal la transposición literal.

Dicho esto, es claro que, en la película, Mel Gibson no ha querido ocultar la sangre de Cristo; sino, por el contrario, su intención ha sido «hacerla hablar». El mensaje principal del sacrificio de Cristo no es el dolor, sino la expresión del amor que en él se encierra. La cruz se convierte en el lugar inequívoco en el que Cristo ha querido hablarnos: amor se escribe con sangre.

Pensamos que merece también la pena destacar dos coincidencias que acompañan a esta película. Por una parte, Almodóvar y Mel Gibson compiten en la misma plaza con dos películas muy distintas y con vocación contrapuesta: La mala educación y La Pasión. La primera bucea en las cloacas provocando el alejamiento de la fe; la segunda desciende también a la máxima humillación de la condición humana, pero para cargar y redimir nuestro pecado, todo pecado. La película de Mel Gibson es un canto a la esperanza. Si Dios confía en el hombre, nosotros también.

En el libro entrevista que Vittorio Messori realizó a Juan Pablo II en 1994, le preguntaba sobre el sentido del silencio de Dios ante el sufrimiento humano. La respuesta del Papa queda para nuestra meditación: «Si no hubiera existido esa agonía en la cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar».

La Iglesia, con sabiduría secular, ha colocado la liturgia cuaresmal y pascual al final del invierno e inicio de la primavera. La misma naturaleza, de este modo, acompaña al cristiano en el proceso de su muerte al pecado, llevando con Jesucristo la propia cruz hasta el Gólgota, y en la floración de la nueva vida en Cristo, por la participación en los frutos de su Resurrección gloriosa. El ritmo del tiempo y la escansión de las estaciones se entrelazan fraternalmente en beneficio del hombre, de su felicidad y de su destino.

En el conjunto del año litúrgico, la Pasión de Jesucristo representa el momento culminante y por excelencia dramático de toda la historia de Jesús de Nazaret. Toda la vida del Nazareno se encamina, con paso a veces lento, a veces acelerado, hacia Getsemaní y el Calvario. Digamos que la Pasión es la culminación de un designio, de una misión. Su contexto natural es la vida entera de Jesús de Nazaret. Consideramos que una reflexión orante y agradecida sobre este misterio insondable de nuestra fe puede deshacer con su intensa luz ciertos vahos y tinieblas de desencanto y pesimismo, que pululan por no pocas conciencias de los hombres de hoy.

Los acontecimientos a través de los que se desarrolló la Pasión de Jesús de Nazaret son históricamente únicos e irrepetibles. Se realizaron en la ciudad de Jerusalén y sus alrededores, en tiempos de Tiberio, emperador romano, bajo Poncio Pilatos, gobernador de Judea, siendo Caifás sumo sacerdote. Estas coordenadas espacio temporales nunca más volverán a juntarse en la historia. Tales eventos constituyen el único y dramático Evangelio de la Pasión del Señor, es decir, la única Buena Nueva de nuestra salvación, manantial de alegría y conforto para los hombres pecadores.

Este único Evangelio de la Pasión ha sido relatado, según los textos canónicos del Nuevo Testamento, por cuatro evangelistas. Son muchos los episodios en que coinciden los cuatro, pero no faltan episodios que a cada uno les son propios. Y en las mismas escenas comunes a los cuatro, ¡cuántas pequeñas diferencias en los detalles circunstanciales! Ninguno de los cuatro evangelistas estuvo presente en todos y cada uno de los acontecimientos. Ninguno quiso narrarlos como una crónica periodística con puntos y comas. Ninguno pretendió satisfacer la curiosidad de los lectores o suscitar en ellos meros sentimientos humanos. Narraban con corazón creyente. Contaban lo que habían visto y oído, no como simples eventos, sino como una cifra misteriosa del lenguaje de Dios Padre y Redentor, enviada a los hombres ganados para la fe en Jesucristo. Son Evangelio en los acontecimientos y por medio de ellos, en virtud y por fuerza de la fe que en ellos descubre la salvación de Dios, encarnada en la persona del dolorido y sangrante Nazareno.

Los Evangelistas relatan, cada uno con su plan, con su estilo y con su personalidad, las horas más densas en la historia y vida de la familia humana, las más profundas y apasionadas, las más trágicas y convulsas, las más grandiosas y entrañables, las más inolvidables y heroicas, las más necesarias para arrancar al hombre de sí mismo y trasplantarlo hasta Dios. Se quedan cortos, muy cortos, porque el misterio guarda una enorme distancia de todo decir humano. Balbucean, cuentan, tartamudean la verdad sagrada, divina, de muchos hechos comunes en aquellos años; hechos tantas veces repetidos en el pretorio, por las calles de Jerusalén y en la cumbre de la colina de la Calavera. Esta es la condición y el destino de los escritos humanos, incluso cuando están inspirados, como los evangelios, por el Espíritu Santo.

Los hechos narrados en los evangelios corresponden a acontecimientos reales. Pero no todos los hechos de la Pasión nos han sido narrados. Estos trascienden y sobrepasan en sí cualquier relato. Además, toda narración selecciona, recrea, moldea los hechos en un lenguaje, en una forma expresiva, en una mentalidad y cultura. Los relatos de la Pasión no son de ninguna manera reportajes. Entre la objetividad del hecho y la realidad del relato está de por medio cada evangelista. Ellos son conscientes de contar hechos históricos, pero más todavía acontecimientos salvíficos. El resultado es la narración de una historia, penetrada por la fe, expresada por la fe, aceptada y vivida en la fe. ¡La luz de la Pascua ha hecho ver la Pasión de Jesús con ojos nuevos!

Los evangelios de la Pasión, ante tanta inhumanidad que se agolpa sobre Jesucristo en unas cuantas horas, son sobrios, muy discretos. Han proferido pocas palabras para que el Espíritu hable a través del texto. Son muchas las escenas que se siguen una detrás de otra, pero parece que los evangelistas no quieren detenerse en ninguna. Pasan sobre los hechos del drama con candor de neófitos, deslumbrados por la Resurrección. Estaban convencidos, por la fe en el Resucitado, de que una sola gota de sangre del Redentor hubiera sido suficiente para salvar al mundo. No son las llagas en sí lo que nos salva, sino la fidelidad suprema, hasta las llagas, al designio del Padre, el amor a su Voluntad soberana y santísima.

En verdad hemos de confesar que lo más importante de la Pasión: el dolor de Dios, la fidelidad al plan de salvación, el amor infinito al Padre, se nos escapa como agua en cesta de mimbres. Algo del agua se retiene, pues las mimbres quedan mojadas, pero la mayor parte se escurre y desaparece en la corriente. ¿Quién puede entrar en el alma de Jesús durante la Pasión? ¿Quién puede escrutar su corazón en esas horas terribles? ¿Quién puede adecuadamente entrever el corazón del Padre, la actitud del Espíritu Santo ante el drama sublime de la Pasión? La Pasión de Jesús son hechos vivos y episodios reales, son historia y misterio. Se trata de algo inaudito, supramental: la Pasión de Dios en el hombre Jesús. Los evangelistas los cuentan para que lleguen por los ojos y los oídos hasta la interioridad del hombre, allí donde el misterio tiene su nido. Por eso, la Pasión de Cristo más cálida, más significativa, de mayor hondura, es la que recrea y revive cada cristiano en su corazón, al socaire del Espíritu.