Colaboraciones

 

Los valores morales son fundamentales para construir una democracia sólida

 

 

 

03 marzo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Las consecuencias de la crisis moral e institucional que atraviesan las democracias históricas: el individualismo absoluto, el materialismo, el hedonismo, el indiferentismo ético y el predominio de las lógicas económicas, adquisitivas y competitivas.

El relativismo ético es uno de los mayores peligros para las democracias actuales porque induce a considerar inexistente un criterio objetivo y universal para establecer el fundamento y la correcta jerarquía de valores.

La relación entre valores morales y vida política es indispensable para construir una verdadera democracia.

«El valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna», advierte Juan Pablo II (Evangelium vitae, n. 70). Y precisamente ahora está ampliamente extendida la impresión de que en Occidente las sociedades democráticas atraviesan una crisis de valores. Resultan pertinentes, pues, varias preguntas. ¿Están degenerando, desde el punto de vista ético, las democracias?, ¿es un problema independiente del sistema democrático o fomentado de algún modo por este?, ¿los insatisfactorios resultados morales privan de legitimidad a las democracias?, ¿qué hacer para rectificar? Son temas que se plantearon en un simposio internacional organizado por The Phoenix Institute y el capítulo italiano de la Fundación Konrad Adenauer, con el título general «La crisis moral de las democracias occidentales» (celebrado en Gallipoli, Italia del 3 al 8 de abril de 1995).

Palabras pronunciadas por Juan Pablo II con motivo de la asamblea plenaria del Consejo pontificio Justicia y paz (L’Osservatore Romano, 15-XI-96):

«(…) La doctrina social de la Iglesia condena todas las formas de totalitarismo, puesto que niegan la dignidad trascendente de la persona humana (cf. Centesimus annus, 44); y, además, expresa su estima por los sistemas democráticos (cf. ib., 46), concebidos para asegurar la participación de los ciudadanos (cf. Gaudium et spes, 75), según el sabio criterio del principio de subsidiariedad. Este principio supone que el sistema político reconoce el papel esencial de las personas, de las familias y de los diferentes grupos que componen la sociedad civil».

Sin embargo, existe un motivo de inquietud: en numerosos países la democracia, tanto si se ha afirmado después de mucho tiempo como si ha comenzado recientemente, puede correr peligro por puntos de vista o conductas que se inspiran en la indiferencia o el relativismo en el campo moral, ignorando el auténtico valor de la persona humana. Una democracia que no se funda en los valores propios de la naturaleza humana corre el riesgo de comprometer la paz y el desarrollo de los pueblos.

Frente a esas situaciones, los cristianos están llamados a reaccionar con la fuerza que les viene del Evangelio de Jesucristo y del patrimonio iluminador de la doctrina social de la Iglesia. En particular, corresponde a los fieles laicos enriquecer con valores humanos y cristianos la práctica democrática de los pueblos, mediante una acción educativa inteligente y continua: formar en la honradez, en la solidaridad, en la atención a los más necesitados.