Colaboraciones
La mentira, la calumnia, la maledicencia, la desinformación y el mundo informativo
26 febrero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
El punto de partida es muy sencillo: la mentira (en sus muchas variantes, graves o leves) ha existido, existe y seguramente existirá mientras alguien crea que puede obtener algún beneficio con ella. Son muchos los que se sienten interesados en decir mentiras. Mienten novios y amigos, mienten esposos e hijos, mienten profesores y alumnos, mienten políticos, gobernantes, sindicalistas, vendedores y banqueros, pobres y ricos.
Notamos que las mentiras dichas por algunos «duelen» mucho, mientras que si las dicen otros «duelen» menos.
Nos damos cuenta, por tanto, de que algunas mentiras duelen. Duelen tanto que a veces pueden merecer un buen «castigo» o, al menos, una fuerte recriminación a quienes han mentido.
El mundo informativo recibe cada día miles de datos («noticias») a través de las agencias o de otros canales más o menos fidedignos. Un periódico, un canal de radio o de televisión, reúne el material y lo ordena. En este proceso, se descartan datos que pueden ser falsos, o se dejan de lado «noticias» que no interesan.
Este proceso de discernimiento es hecho por quienes dirigen el medio informativo, es decir, por personas que piensan, que votan (hay periodistas «de izquierdas», otros «de derechas» y otros de todo un poco), que aman a un político y odian a otro. Por lo mismo, ser imparciales a la hora de seleccionar la información resulta algo tan difícil como entrar en un río sin mojarse.
La sociedad, en general, acepta el que los medios de comunicación tengan una línea más o menos definida.
Hay noticias que resultan ser falsas. La falsedad puede venir de la fuente informativa, o puede ser originada directamente dentro del periódico. Existen, además, mentiras a medias (o verdades a mitad, que son lo mismo): se recoge un dato de una fuente «fidedigna» pero se interpreta y se coloca en un contexto tal que puede dar a entender muchas cosas, incluso algunas totalmente descabelladas. No faltan periodistas que, con habilidad, mezclan informaciones para construir un relato que, sin ser mentira, es capaz de llenar de sombras y de sospechas la vida privada de un empresario o de un político que tiene derecho a ser considerado honesto mientras no se pruebe, con verdades y no solo con suposiciones, lo contrario.
¿Qué puede hacerse para controlar estos posibles abusos periodísticos? La pregunta suele ser considerada peligrosa, pues hablar de «control» de la información nos hace pensar en dictaduras, en sistemas autocráticos que ahogan la libertad de expresión. ¿Nos quedamos, entonces, sin respuesta?
Pensemos en algún camino para salir del atolladero. Si promovemos en la sociedad una cultura de los valores y del respeto, de la limpieza intelectual y de la veracidad, del sano control mutuo y del respeto a las personas que piensan de modo distinto. Si logramos consolidar un auténtico periodismo independiente, que no esté sometido a empresas o a grupos financieros o políticos que pueden imponer líneas editoriales según sus intereses de parte. Si formamos a los periodistas para que tengan la capacidad de no publicar nada que carezca de un mínimo fundamento. Si les enseñamos a tener el valor de desmentirse, en la misma página y con la misma extensión con la cual alguna vez se ha dado una noticia equivocada. Si les hacemos realmente capaces de disentir respecto del propio jefe de redacción, y les permitimos poner en la noticia: estos son los datos reales, y el jefe nos ha pedido que los interprete así, pero no hemos querido (¿habrá algún periódico que se atreva a llegar a este nivel de libertad de expresión?).
La «sociedad» (es decir, cada uno de nosotros) puede hacer mucho para conseguir que algunos medios de información cambien su sistema de trabajo y empiecen a vivir un nuevo periodismo. Puede hacerlo si empezamos, poco a poco, a buscar fuentes fidedignas y a dejar de lado a periódicos, canales de radio o de televisión que tienen mucha fama, pero poca honestidad. Puede hacerlo si el número de quienes toman esa opción llega a ser suficiente para disminuir sensiblemente las fuentes de ingresos de esos medios, lo cual puede ser motivo para que las «empresas de la información» replanteen sus líneas editoriales y sus estrategias más o menos ideológicas, en orden a tomar una opción que será para el bien de todos: una opción por un periodismo que solo ofrezca informaciones basadas en los criterios de la veracidad y del respeto.
La eficacia del recurso de la mentira propalada sin vacilación alguna fue puesta al descubierto y valorada positivamente por diversos especialistas en estrategia política. Lennin no se recató de afirmar que la verdad es un prejuicio burgués y la mentira presenta una gran eficacia y debe ser movilizada cuando sea preciso. De ahí su máxima: «Contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira». Para Goebbels, difusor de la mentalidad nacionalsocialista, «una mentira repetida en la forma prescrita por la táctica de la manipulación acaba siendo creída por todos».
El Papa Francisco explicó que la «calumnia es pecado mortal, pero se puede llegar a conocer la verdad», al igual que con la difamación, se puede finalmente decir que fue «una injusticia» y «pedir perdón por ello». Pero aseguró que el peor de todos estos pecados es la desinformación, «el decir las cosas a medias», lo que no permite a las personas «hacerse un juicio de valor porque no tienen elementos, nadie se los ha dado».
La calumnia es mentir sobre el carácter de una persona. Quien ha calumniado debe retractarse y hacer reparación del daño hecho, en cuanto sea posible.
La Biblia nos manda como hijos de Dios que nos sometamos y que no difamemos a nadie, sino que seamos amables, benignos, no contenciosos, sino amorosos y bondadosos.
Muchas veces, utilizamos las palabras dichas o escritas, haciendo mal uso de las virtudes que Dios nos concedió, no hablando con amor ni para el bien, sino para satisfacción de nuestra conveniencia, nuestra vanidad, o manipulados por propósitos perversos.
La difamación o maledicencia es un medio poderoso que utiliza el enemigo para quebrantar el corazón, dividiendo a los hijos de Dios.
El Catecismo de la Iglesia católica establece que «la maledicencia y la calumnia destruyen la reputación y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y de la caridad (2479)».
En cuanto a la desinformación, si personas de las fuentes mediáticas dominantes publican noticias deshonestas, sin fundamento sólido, sin dar el testimonio de expertos, seleccionando a su gusto lo publicado, dando sobre información de alguna noticia para desviar la atención de los problemas actuales de relevancia, o introducir una mentira en la consciencia colectiva para manipular intencionalmente la información, las personas al no tener toda la información de fuentes válidas y expertas, no pueden hacer un juicio de valor, ya que no cuentan con todos los elementos.
«Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt 7:15).
Errores, medias verdades y mentiras giran continuamente entre los seres humanos.
Las falsedades y los errores se difunden en familia, entre amigos, a través de las redes sociales, desde medios de información que no realizan bien su trabajo.
Ante las falsedades algunos intentan responder con la verdad o, al menos, con la denuncia de lo falso.
Así, periodistas, páginas de internet, o simples particulares, avisan sobre el engaño de una foto, sobre la falsedad de un dato, sobre la descontextualización de una frase.
Denunciar falsedades resulta difícil, sobre todo si hay algunos muy interesados en que lo verdadero quede neutralizado al ser acusado como falso.
Solo es eficaz un serio y sereno esfuerzo para superar las falsedades si se construye desde la mayor cercanía posible a la verdad, lo cual exige una honestidad a toda prueba.
Hay que reconocer que, sobre muchos temas, hay muchas dificultades a la hora de acercarse a la verdad, sea por falta de tiempo, sea porque están en juego intereses y prejuicios más o menos concretos.
Basta con ver los litigios y protestas ante presuntos (o reales) fraudes en unas elecciones, o constatar la confusión que se genera cuando se divulga como dato científico la eficacia de una vacuna que todavía no tiene las mínimas garantías de seguridad...
Pero esas dificultades no impiden que haya personas que, con mentes abiertas y corazones honestos, sean capaces de señalar errores y falsedades que giran por nuestro mundo y que pueden provocar mucho daño.
Esa denuncia, desde luego, será sana si está unida al respeto de la libertad de expresión. Porque sin tal respeto es fácil incurrir en totalitarismos informativos que, con la excusa de perseguir lo falso, llevan a silenciar también lo verdadero.
Si se deja a un lado el peligro de las dictaduras informativas, un pluralismo bien entendido y un leal esfuerzo por escuchar a todos, iluminará mejor tantos asuntos que nos interesan, y hará posible distinguir mejor entre lo verdadero y lo falso.
Una fórmula de desinformación mezcla, en dosis diversas, elementos verdaderos y falsos. «Las proporciones, evidentemente pueden variar. Los chicos de la intoxicación informativa, cuando quieren derribar al adversario le dan hasta un ochenta por ciento de verdadero por veinte de falso, para que ese tanto por ciento sea precisamente el que se tome como verdadero» (Volkoff).
Otro artificio consiste en la modificación del contexto. TVE ofreció abundantes ejemplos hace años de este procedimiento en los capítulos dedicados a la vida de la Iglesia española en el programa de 22 capítulos «España, historia inmediata». Las sucesivas emisiones provocaron un alud de cartas de protesta en los periódicos de todo el país, que ponían en tela de juicio las declaraciones del director, que afirmaba: «Hemos procurado no ser sectarios».
Puede ser útil recordar algunas estrategias de manipulación, inspiradas en los procedimientos de desinformación a los que alude Vladimir Volkoff en su novela El Montaje, refiriéndolas a la información sobre la Iglesia: la contraverdad no comprobable; mezcla en dosis diversas, elementos verdaderos y falsos; la deformación de lo verdadero: no se miente, pero el conjunto de detalles veraces que se muestran presentan los hechos de tal modo que acaban falseando su sentido; modificación del contexto; la difuminación (ahogar los hechos verdaderos en una masa de suposiciones); el comentario apoyado que se sirve de un caso particular como punto de referencia universal, según el principio «ab uno omnes». Consiste en extrapolar un hecho concreto y generalizar; una variante a la inversa de la anterior. Se procede en este caso de lo general a lo particular; generalización: se dan datos difuminados y dispersos que crean una atmósfera de confusión; convertir un fenómeno de escasa relevancia en un hecho decisivo; la última técnica es la de las partes iguales.