Colaboraciones

 

Observaciones del cardenal Robert Sarah sobre la responsabilidad de los pastores en su ensayo ¿Dios existe? El grito del hombre que pide salvación

 

 

 

24 febrero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


Robert Sarah
¿Dios existe?
Palabra, 2025
318 págs.
Traducción: José Ramón Pérez Arangüena

 

 

 

 

 

La tesis central del ensayo (Palabra 2025, 320 páginas), publicado a fines de 2024 en italiano, es que no es Dios el que ha muerto, como decía Nietzsche, sino más bien el hombre, al menos en Occidente, ya que en nuestra sociedad secularizada «el hombre, en su verdad y belleza, parece que ya no es consciente de su dignidad y su vocación a la felicidad, al cumplimento del propio ser personal».

Robert Sarah (Ouros, Guinea, 1945) puntualiza a Nietzsche e indica que el que realmente «ha muerto en Occidente» es el hombre y no Dios.

En una entrevista concedida a Il Timone de Italia, recogida por Religión en Libertad, el Cardenal explica por qué el que «ha muerto» en Occidente es el hombre y no Dios: «Occidente vive una profunda crisis identitaria, antropológica, en la que el hombre, en su verdad y belleza, parece que ya no es consciente de su dignidad y su vocación a la felicidad, al cumplimento del propio ser personal».

La onda expansiva del subjetivismo y del relativismo ha alcanzado a la propia Iglesia, que también ha sufrido severas crisis durante la segunda mitad del siglo XX. No elude Sarah el problema, ni deja de apuntar la responsabilidad de los pastores.

«El punto más discutido —señala— es la fidelidad, a lo largo del tiempo, a la tarea que Dios ha asignado. En un contexto cultural cada vez más hostil, con la fragmentación de las relaciones, que no hace percibir el apoyo y el calor de una comunidad creyente, es cada vez más complejo vivir la radicalidad del Evangelio. Creo que este es el punto crucial para todos los laicos y consagrados, para todos los bautizados».

En cuanto a los que abandonan la Iglesia católica, el cardenal guineano observa que «quien se va, siempre se equivoca. Se equivoca porque abandona a la Madre; se equivoca porque lleva a cabo un peligrosísimo acto de soberbia, erigiéndose en juez de la Iglesia».

Eso no exime de culpa a quienes han provocado, por sus errores, las deserciones de las últimas décadas. «A veces no todo es inmediatamente comprensible —reconoce Robert Sarah—, y algunas cosas pueden parecer del todo inoportunas, que no han sido adecuadamente ponderadas, incluso pastoralmente infundadas o perjudiciales; a pesar de todo esto, ello no autoriza a irse».

Ante ese panorama, es la propia Iglesia la que debe reaccionar asumiendo su responsabilidad, como «heredera de un Dios Creador y Salvador». No se trata de edulcorar «las exigencias del Evangelio o de cambiar la doctrina de Jesús y de los apóstoles para adaptarse a modas evanescentes, sino de poner radicalmente en tela de juicio el modo en que nosotros mismos vivimos el Evangelio y presentamos el dogma».

El acervo del que parte Robert Sarah no es otro que el Magisterio de la Iglesia y de los papas de los últimos sesenta años (Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco) así como de su labor pastoral, primero como sacerdote y obispo en África y luego como cardenal en el Vaticano; del estudio de grandes pensadores de la tradición cristiana, como san Agustín, santo Tomás de Aquino, Henri de Lubac; de maestros de espiritualidad, como Teresa de Lisieux y san Juan de la Cruz y, finalmente, del «fecundo diálogo con amigos, sacerdotes y laicos, que viven una auténtica pasión por Cristo y por la Iglesia».