Colaboraciones

 

Celebrar a los abuelos

 

 

 

16 febrero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Aunque parezca paradójico, la existencia de abuelos se convertirá probablemente en un factor muy importante para el fomento de la natalidad: contar con su imprescindible ayuda, ayudará a las parejas jóvenes a superar las conocidas resistencias a traer hijos al mundo.

El día de san Joaquín y santa Ana (26 de julio), padres de la Virgen María, y, por tanto, abuelos maternos de Jesús de Nazaret, se celebra en muchos lugares el día de los abuelos y, por extensión, el día de los ancianos.

Según la tradición, Ana nació en Belén, región de Judea, y se casó con Joaquín, que era de Nazaret, región de Galilea. Ambos santos son venerados como patronos de los abuelos, se les recuerda por su profunda fe y su confianza en Dios y desempeñaron un papel esencial en la formación espiritual de su hija María, inculcándole amor por el Creador y preparándola para cumplir su misión.

Y pensábamos lo absolutamente contracultural y necesaria que resulta esta fiesta.

Contracultural porque, si hay algo que nos une a la sociedad occidental —tan polarizada por otra parte—, es el pánico a envejecer. Lo último que celebraría un europeo o americano en su sano juicio es cualquier cosa que le recordara a la vejez. Desde que cumplimos los treinta, nos pasamos décadas luchando a brazo partido contra las arrugas, los kilos, las bolsas, la desmemoria o la chepa. Mientras, las redes se pueblan de tutoriales de recetas sanas, apps de pilates o promociones de Botox, hilos tensores y rellenos con ácido hialurónico.

Si hay algo innegable –y esto en Occidente y en Oriente– es que, si no nos malogramos antes, vamos a envejecer todos. Y por eso, esa carrera contra el tiempo es –en cierto sentido– una carrera absolutamente inútil. Por mucho yoga que hagamos, por mucha cúrcuma que ingiramos, por mucho colágeno y cortisol que nos empeñemos en atesorar, vamos a seguir cumpliendo años. Y, ojo, que no decimos que no haya que proponerse envejecer bien. Pero una cosa es dedicar cierto esfuerzo, tiempo y dinero para llevar con dignidad la ancianidad y otra emprender una batalla imposible contra la naturaleza.

Porque, paradójicamente, cuando los años escasean es también cuando tenemos más tiempo para dedicar a lo importante. Tiempo para dedicar a la familia y a los amigos, tiempo para reflexionar, para leer, para escribir, para aprender, para pararse e incluso para rectificar el rumbo de la vida. Se habla poco de todo esto cuando se habla de envejecimiento saludable, pero está comprobado que rejuvenece más una tarde con amigos que cualquier peeling.

Y, al mismo tiempo, no quisiéramos caer en la mentalidad Mr Wonderful. Envejecer es fastidiado. Para quien lo sufre en primera persona… y para quien lo padece en segunda. A nadie le gusta perder vista, oído o memoria mientras va ganando kilos. No nos gusta que nuestros padres, maestros, porteros o párrocos se vuelvan impacientes, maniáticos, pesimistas, asustadizos, curiosos o desinhibidos. Que se radicalicen o que aumenten sus TOC hasta casi lo infinito. Que repitan la misma historia mil veces. Que anden lento, hablen alto, no mastiquen o critiquen nuestros gustos. Y a veces nos apena y otras nos exaspera, pero nunca nos gusta. Y no nos gusta, entre otras cosas, porque nos recuerda que, en unos años, seremos así. Y perderemos los dientes y la memoria. Y, quizás, y esto nos aterra, sobre todo, la estima de los demás.

Hace unos años, una persona me dijo algo que no he olvidado: «La vida del hombre es una línea, no un punto, y por eso nos equivocamos cuando juzgamos solo el presente». Ese anciano, ese abuelo —esa abuela— que protesta, que gruñe o que delira, es el mismo hombre —la misma mujer— que un día dirigió una empresa, o sacó a su familia adelante, o cuidó a un hijo enfermo o educó a una generación de jóvenes. Ese anciano de mirada ausente, esa abuela de párkinson incontrolable es la misma persona que hace no tantos años admirábamos porque nos enseñó a leer, a no temer a los perros y a tirarnos de cabeza en la piscina, nos compró a escondidas los regalos de Reyes, nos enseñó el Catecismo o la tabla de multiplicar.

No seríamos nada sin ellos.

Al igual que los que vengan, no serán nada sin nosotros.

Por eso, celebrar a los abuelos es celebrar muchas cosas: la familia, la vejez, la amistad, la solidaridad intergeneracional, la vulnerabilidad, la fragilidad, el valor de la interioridad, el paso del tiempo y, en el fondo, la realidad de lo que supone ser humano.

Es devolver el amor incondicional que un día recibimos.

Son los abuelos los que prestan ayuda a los hijos adultos, y en no pocos casos hasta los sustituyen en sus responsabilidades paternas. En EE. UU. el 16% de los niños está a cargo de un abuelo, sin que sus padres vivan con ellos, según los últimos datos del censo, recogidos en The Guardian.