Colaboraciones
Los abuelos
14 febrero, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Estamos en una cultura —ya no sabemos si llamarla contracultura— muy cruel con los ancianos, por mucho que el neolenguaje creado por los gobernantes huya de la palabra «vejez» para cambiarla por «tercera edad» y del término «viejo» para sustituirlo por «persona mayor». Todos sabemos que, en una sociedad como la nuestra, en la cual el valor de las personas está en función de su eficacia productiva, aquellos individuos cuyo vigor ya entra en la fase de declive interesan muy poco. Se les considera una carga social inútil y más bien molesta. Por mucho que se esconda tras otros argumentos, la eutanasia está relacionada de forma muy estrecha con esta desgraciada concepción de la vejez.
Nuestra pirámide poblacional está insosteniblemente invertida y envejecida. Es una realidad que la proporción de ancianos aumenta, lo cual no es ningún problema, ni mucho menos. El verdadero y gravísimo problema está en que no nacen suficientes niños para equilibrar la balanza. Nuestros mayores merecen todo nuestro respeto, nuestra gratitud y nuestra admiración. Su lugar y función en la familia y en la sociedad es imprescindible. Es una aberración y una insensata pérdida que sean con tanta frecuencia relegados a segundos o terceros planos, aparcados en residencias y abandonados a la soledad. Algo tan moralmente indigno es, además, una lastimosa pérdida social.
Los primeros esbozos de la «escuela» fueron los grupos de niños y adolescentes que se reunían en torno a los venerables ancianos de los primitivos clanes para recibir de ellos todo tipo de enseñanzas, la sabiduría acumulada por su pueblo. La curiosidad infantil y el inquieto ardor juvenil se combinaban a la perfección con la serena autoridad de los más viejos, para producir un hecho educativo de altísimo valor para todos. Hoy en día, toda esta riqueza casi se ha perdido por completo. Los abuelos son «utilizados» como meros canguros mientras se valen para ello y, cuando les fallan sus facultades, son apartados de en medio sin contemplaciones.
Desde luego, hay abuelos que no cumplen bien su misión y se entrometen en la vida conyugal y familiar creando más problemas, conflictos e inseguridad que otra cosa. Pero son los menos. En realidad, el papel de los abuelos, en aquellas familias que todavía saben respetar su lugar, suele ser magnífico, sobre todo en relación con sus nietos. Enumerar todos los beneficios educativos de una buena relación entre ambas generaciones, sobrepasa con mucho la extensión aceptable de un simple artículo. Resumiremos mucho, por tanto. Para empezar, afirmaremos que el papel de los padres y de los abuelos, lejos de entorpecerse, se complementan y se necesitan entre sí.
La función y la consiguiente responsabilidad de la crianza y educación de los hijos recae, de hecho y de derecho, sobre los padres. Los abuelos tienen bien ganado el derecho a «descansar» de esa tarea que ya hicieron con sus hijos. Dicho en otras palabras, pueden e incluso «deben» permitirse el lujo de ser prudentemente «consentidores» con sus nietos. Si los padres saben estar en su sitio, son ellos quienes detentan la autoridad y quienes deben imponer límites y normas. Los abuelos actúan entonces como factor suavizador que ayuda a dar equilibro a la balanza educativa familiar. Eso sí, no deben desautorizar jamás a los padres, menos aún delante de los nietos.
Es curioso que muchos adolescentes tengan más confianza para hablar de ciertos temas con sus abuelos que con sus padres. Es como si las barreras generacionales padres-hijos no funcionasen igual entre abuelos-nietos. Los abuelos suelen tener un «sexto sentido» para detectar problemas y estados de ánimo que tantas veces se escapan a los padres. Y los jóvenes parecen intuir que la sabiduría y la comprensión de sus abuelos va a serles de especial utilidad.
Los abuelos son los «historiadores» de la familia. Quizá comiencen ya a no recordar bien los hechos recientes, pero se acuerdan a la perfección de toda la historia familiar. Las «batallitas» que con harta frecuencia enervan a sus hijos, son acogidas con insaciable curiosidad por los nietos, ávidos de conocer detalles de sus ancestros y encontrarse inmersos en una larga historia llena de acontecimientos sorprendentes e interesantes personajes desconocidos. A esta «memoria histórica» hay que añadir la transmisión de los saberes de la experiencia y los contenidos y valores de la tradición cultural familiar, algo que los abuelos saben hacer como nadie.
Hemos de destacar la fantástica labor que pueden desarrollar los abuelos respecto a la educación en la fe de sus nietos, especialmente en esta generación repleta de padres medio herederos de aquel mayo del 68 francés, que apenas tienen fe y cuya cultura religiosa suele ser deplorable.
Los abuelos, siempre han sido una figura importante en todas las culturas. Su imagen nos habla de historia, de sabiduría, de tradición y de valores. Ellos nos recuerdan quienes somos y de dónde venimos. Es innegable que quien haya tenido a sus abuelos presentes a lo largo de su vida posee un concepto de identidad familiar fuerte para bien o para mal.
Hoy en día, con la incorporación de la mujer al trabajo, el rol de los abuelos ha cobrado mayor protagonismo. Su papel no solo se limita a ser figura entrañable para los nietos, sino que se convierte en un educador primordial. Por eso el diálogo entre padres y abuelos es importantísimo, pues si los hijos quedan a cargo del cuidado de los abuelos durante gran parte del día, es bueno tratar de guardar el mismo discurso y procurar que no haya incongruencias entre el estilo de crianza de uno y de otro. Los abuelos serán los grandes aliados de sus propios hijos en la educación de sus nietos, sin olvidar que los primeros responsables de esta son los padres.
Los abuelos pueden regalar a sus nietos algo muy valioso: su tiempo. Los padres viven estresados por su trabajo, la economía familiar y la falta de tiempo para dedicarle a los hijos. Cuando los abuelos se dedican a enseñar lo que saben, a escuchar a sus hijos y y recomendar actuaciones que debido a sus vivencias pueden beneficiar a sus nietos, olvidarán sus dolencias y emplearán su tiempo en algo muy productivo. Todo ello sin inmiscuirse en la intimidad y las decisiones de los padres.
La labor de los abuelos ha sido siempre importante, ahora es casi imprescindible. La sociedad actual con la permisividad, la carencia de valores y las separaciones conyugales, los abuelos pueden equilibrar las emociones de sus nietos aportando seguridad y paz en la familia.
Hay que cuidar y proteger a los nietos, no solo cuando son pequeños, cuando son adolescentes, incluso adultos, necesitan de la sabiduría de quienes han vivido muchas experiencias y dificultades en la vida y las han superado con éxito.
Entender y cuidar a los abuelos es retribuir un poco de todo lo que ellos nos dieron y nos siguen dando.
Para Benedicto XVI, «la calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común».