Cartas al Director

 

Aquí no puede pasar esto

 

Negar la evidencia, acosar a los jueces, presentarse como salvador: así se vacía una democracia antes de que nadie quiera mirar.

 

 

 

“Quien pudiendo mirar, prefiere no ver, luego no tiene derecho a lamentarse.”

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 06.06.2026


 

 

 

Hay frases que tienen la inesperada virtud de alumbrar un presentimiento, una visión aún no confirmada. No descubren una realidad nueva —la realidad ya estaba allí—. Sucede como si nos introdujeran en una habitación a oscuras, tan a oscuras que solo pudiéramos intuir lo que la habita, sin certeza, con la sospecha apenas. Al hacerse la luz, esa revelación —casi doméstica, casi mágica— no cambia nada. Todo sigue igual, sí, pero en ese instante la realidad deja de estar secuestrada por las sombras. Porque la verdad no nace entonces: solo se reconoce.

Algo parecido ocurre con ciertas declaraciones políticas. No revelan nada que los ciudadanos no sospecharan ya —porque la sospecha es un modo callado de saber—. La luz no crea nada nuevo: se limita a hacer visible una realidad que muchos venían percibiendo, tanteándola, sin atreverse a nombrarla, sin atreverse a decir en voz alta.

Y es entonces cuando esa frase aparentemente rutinaria deja de ser una simple respuesta circunstancial para convertirse, sin pretenderlo, en una radiografía impertinente del pensamiento que la inspira. Porque hay ocasiones en las que las palabras ya no explican una decisión concreta: van mucho más allá y sin pretenderlo empiezan a revelar algo mucho más profundo, casi íntimo: una determinada forma de entender el poder, la democracia, y ese vínculo —tan frágil como imprescindible— entre gobernantes y gobernados.

 

El gobernante y sus palabras

Cuando un gobernante se encuentra en una situación en la que ya no puede gobernar —porque los apoyos se le escapan, porque las mayorías se le vuelven esquivas, porque el aliento de la calle le da la espalda— pero se niega a convocar elecciones invocando nada menos que el bien supremo de los ciudadanos, entonces está pronunciando, sin saberlo, una de esas frases que disparan todas las alarmas.

Dicha así, en el aire limpio de la nada, esa forma de hablar resuena como un evangelio. Quien la oye asiente y aplaude. Porque ningún ciudadano sensato desea que su gobernante sea un militante de su propio ombligo.

Pero las palabras nunca pasean solas. Caminan siempre del brazo de los hechos. Y son los hechos, mal que les pese a las afirmaciones aparentemente candorosas, quienes les hacen mostrar su verdadero rostro.

 

El escenario que nadie nombra

Imaginemos, pues, lo que no se dice. Subamos al escenario.

Allí, en el centro, una poltrona. Un gobierno que ya lleva años en ella. Demasiados, quizá. Demasiados para que la carcoma del poder impune no haya ido royendo la madera.

A su alrededor, la polvareda de polémicas que no cesa. Jueces que investigan, policías que informan, periódicos que escarban. Escándalos que ya no escandalizan —qué terrible realidad— porque se han vuelto pan de cada día. El pan nuestro de cada día, sí, pero un pan cada vez más duro. Más amargo. Más difícil de digerir.

En un lateral, la oposición. Grita en un desierto que solo devuelve el eco.

Entre bambalinas, quien debería velar por la unidad. Su voluntad ha roto la sociedad en dos. Intencionadamente. Quien levanta muros, perpetua el enfrentamiento entre hermanos y convierte el futuro de nuestros hijos y nietos en otro campo de trincheras, porque necesita del enfrentamiento —real o inventado— para seguir ocupando el poder.

Y sobre todo el escenario, la presión política que sube como la fiebre, sin que haya medicina que la contenga.

Sobre ese escenario agónico, aquella frase tan noble —la de no convocar elecciones por el bien de los ciudadanos— empieza a sonar de otra manera. Porque la pregunta, amable lector, no es por qué lo dice. Eso ya lo sabemos. La pregunta es: ¿Quién le ha dado la patente de Dios para decidir, él solo, qué es bueno o no para un pueblo entero?

 

Cuando la incomodidad se hace gobierno

La historia, esa vieja maestra a la que nunca hacemos caso, nos enseña una rutina. Cuando las dificultades llaman a la puerta, el poder las niega. Es humana la reacción, sí. Pero lo verdaderamente grave sucede cuando los problemas se instalan como inquilinos permanentes.

Cuando las investigaciones no cesan. Cuando los informes se amontonan. Cuando las explicaciones se desmoronan, el poder cambia el foco. Ya no se habla de lo que se investiga. Se habla de quienes investigan. Los jueces pasan a ser enemigos. Los fiscales, conspiradores. Los periodistas críticos, fabricantes de bulos. Los órganos de control, obstáculos a neutralizar.

Y ése, amable lector, es uno de los momentos más peligrosos para una democracia. Porque los mecanismos de control no están de adorno, ni para hacerle la ola al gobierno de turno. Son los centinelas que avisan cuando el gobierno empieza a creerse el dueño del país, no su servidor. Que es casi siempre.

 

La tentación más vieja del mundo

Pero hay algo más hondo.

Todo gobernante llega creyéndose la solución. Es lógico. Lo peligroso es cuando deja de verse como una solución y empieza a presentarse como una necesidad incuestionable. Y más peligroso aún, cuando el poder no es sino la tapadera de lo que todo apunta que parece conocer, pero no puede confesar sin derrumbarse. Los informes de los investigadores, como radios de una misma rueda, confluyen en un mismo centro. Y la casualidad, en política, es la excusa de quien no quiere mirar a los hechos.

Entre una y otra forma de entender el poder hay un abismo. Como entre la noche y el día.

Cuando eso ocurre, la alternancia ya no es democracia. Es riesgo. El adversario ya no es rival. Es amenaza. Que un gobernante quiera permanecer es humano. Otra cosa muy distinta es negar la evidencia de los hechos con obscenidad y, además, poner en marcha el ventilador para esparcir basura sobre los jueces que investigan, fabricar falsedades sobre su vida civil, y someterles al escarnio público para intimidar a los que vengan detrás.

Así que los escándalos son mentiras, los jueces son conjurados, los medios críticos, propagadores de bulos. Él es el único muro contra el caos.

Pero entonces cabe preguntarse: ¿es posible que, como presidente del ejecutivo o como secretario general de su partido, no viera nacer, crecer y pudrir nada de lo que hoy le rodea? Si así fue, debería dimitir por no ser la persona competente para los cargos que ocupa. ¿Y si lo vio, por qué no evitó que la situación llegara hasta donde muestran los informes? ¿No pudo? ¿O no quiso? Y si no quiso, ¿no es porque el mal venía de dentro a fuera? ¿No es esa la única explicación? Porque ante la podredumbre, la respuesta ha sido siempre la misma: negación, conjura y una frase noble: «No convoco elecciones por el bien de los ciudadanos.»

 

Lo que la historia susurra

Las democracias no mueren de un día para otro —no está de más recordarlo—. No se desploman de golpe, como el árbol viejo al que el viento derriba. Caen porque dentro, silencioso, el hongo parásito ya había vaciado la esencia que le daba la vida: la savia del tronco. Una práctica que se repite. Una costumbre que se normaliza. Un abuso que se acepta.

Por eso conviene mirar atrás. No para decir que todo es igual —nunca lo es—, sino para aprender a reconocer los patrones. La deslegitimación de todo aquel que ose investigar cualquier acción que afecte a persona o institución relacionada con algún miembro del gobierno o del partido que le sustenta. La identificación del líder con aquello que él mismo define como interés común de los ciudadanos. La presentación del cambio como catástrofe. La polarización como herramienta. La idea de que el país necesita una continuidad por encima de lo que los ciudadanos decidan en las urnas.

Ninguno de los hechos —certificados por los investigadores de las fuerzas de seguridad del Estado—, considerado aisladamente, prueba todavía de modo irrefutable que el centro de la rueda sea el hongo que mata al árbol. Pero todos juntos, como radios que confluyen en un mismo eje, apuntan inequívocamente en esa dirección. Y cuando los hechos apuntan así, una democracia que se precie haría bien en mirar con los dos ojos muy abiertos.

 

La pregunta que no se puede callar

¿Quién decide, al final, qué es el interés general? ¿El gobernante? ¿Su partido? ¿Sus aliados? ¿O los ciudadanos cuando votan?

Porque la democracia no es —nunca lo fue— un concurso para que gobiernen los mejores. Ni siquiera los que creen hacer lo correcto. La democracia es algo más modesto y más hermoso: la garantía de que ningún poderoso puede colocarse por encima del juicio periódico de su pueblo.

 

Un desenlace nunca deseado

Los gobiernos fuertes nunca hacen peligrar una democracia. Ni los líderes ambiciosos. Peligran cuando la continuidad del poder se disfraza de necesidad. Cuando la alternancia asusta. Cuando la crítica se vuelve hostilidad. Cuando investigar es sospechar. Cuando los controles molestan. Y cuando el interés general es lo que el poder dice que es, aunque los ciudadanos piensen otra cosa.

Ese es el punto en que la política se vuelve religión y el gobernante, sumo sacerdote.

«Aquí no puede pasar esto». Eso nos decimos, mientras desviamos la mirada.

Me gustaría poder pensar que España no está en esa situación. Pero la historia, tozuda, repite su lección: las democracias no se rompen porque nadie vea venir el peligro. Se rompen porque demasiada gente prefiere no mirarlo mientras aún hay tiempo.

La verdadera obligación de un pueblo libre no es adivinar el futuro. Es reconocer a tiempo los caminos que la historia ya ha mostrado como peligrosos. Y también, sobre todo, recordar que la democracia no la hacen solo los políticos. La hacemos —o la dejamos de hacer— entre todos. Si miramos hacia otro lado mientras el hongo vacía el tronco, no nos sorprendamos cuando el árbol se venga abajo. Entonces solo quedará el polvo y una pregunta: ¿Por qué no lo cuidamos cuando aún estábamos a tiempo?

 

 

César Valdeolmillos Alonso