Cartas al Director
El tribunal de la historia
Cuando el pasado se juzga con los valores del presente, deja de comprenderse y empieza a utilizarse
“El historiador no debe juzgar el pasado con los criterios del presente, sino comprenderlo en su propio contexto.”
Marc Bloch

César Valdeolmillos Alonso | 19.03.2026
La historia no se deteriora en los archivos, sino con el uso que hacemos de ella. No se deforma por el paso del tiempo, sino por la mirada interesada de quienes la convierten en herramienta del presente. Y es ahí donde comienza el problema: cuando dejamos de estudiarla para empezar a utilizarla.
Hay una tentación constante en nuestro tiempo: convertir la historia en un juicio moral. No un análisis, no una comprensión, sino en un tribunal inquisidor ante el que hacemos comparecer al pasado acusado por los valores actuales. Y, como suele ocurrir, la sentencia está dictada antes de comenzar el proceso.
A esto se le llama presentismo: juzgar hechos de otras épocas con categorías morales contemporáneas, como si el tiempo no existiera. Es un error intelectual de primer orden, porque ignora lo esencial: que cada época tiene sus propios marcos mentales, políticos, religiosos y culturales.
Pero sería ingenuo pensar que se trata siempre de un simple desconocimiento. En no pocas ocasiones, ese mismo criterio se utiliza de forma deliberada como punto de apoyo para construir relatos políticos en el presente.
Comprender no equivale a justificar. Pero condenar sin comprender tampoco equivale a hacer justicia.
El pasado como argumento
El rey Felipe VI, en presencia del embajador de México, afirmó que la conquista de América incluyó abusos y que, vista con los valores actuales, hay aspectos que no pueden ser motivo de orgullo, aunque deban entenderse en su contexto.
Sacar la historia de su contexto para juzgarla con criterios ajenos es, en el fondo, como pretender medir el pasado con un instrumento que no le pertenece: el resultado no es comprensión, sino distorsión. Y esa distorsión se agrava cuando no es fruto de la ingenuidad, sino cuando se utiliza deliberadamente como palanca para sostener interesadas posiciones políticas en el presente.
Frente a esta posición, desde México —en continuidad con el discurso institucional de Claudia Sheinbaum— se insiste en la necesidad de reconocer los agravios históricos derivados de la conquista y en la vigencia de sus consecuencias.
Esta lectura no surge de manera improvisada. Tiene un precedente claro en la iniciativa impulsada por Andrés Manuel López Obrador, quien en 2019 dirigió una carta a la Corona española solicitando una petición de perdón por los hechos de la conquista. Aquella misiva no obtuvo respuesta oficial en los términos planteados y marcó un punto de inflexión en las relaciones entre ambos países.
No es un detalle menor. La reciente decisión de no invitar a las autoridades españolas a la toma de posesión de la actual presidenta —algo sin precedentes— no puede entenderse al margen de ese contexto.
La posición del rey busca un equilibrio diplomático: reconocer sombras sin negar la historia. Pero introduce una tensión evidente. Aplicar los valores actuales al siglo XVI nos sitúa en el terreno del presentismo. Y, si ese criterio se generaliza, ninguna civilización histórica resistiría el juicio.
Conviene no olvidar que, en el marco constitucional español, las manifestaciones del jefe del Estado no son ajenas al refrendo del Gobierno. No estamos, por tanto, ante una opinión individual, sino ante una posición que se inscribe en la acción institucional del Estado.
Y ahí es donde el debate deja definitivamente de ser histórico para convertirse en político.
Porque lo que parece una discusión sobre el pasado es, en realidad, una diferencia en la forma de utilizarlo. El rey Felipe VI intenta contextualizar los hechos, aunque no siempre logra desprenderse del todo de los criterios actuales, mientras que la presidencia mexicana los convierte en base para sostener reivindicaciones políticas del presente.
Un criterio que no puede ser selectivo
Si se acepta que los hechos de la conquista deben juzgarse hoy con parámetros morales actuales, ese criterio —si quiere ser intelectualmente honesto— no puede aplicarse solo a una parte.
Porque, en ese caso, también habría que someter al mismo juicio las prácticas de las sociedades indígenas de la época: sus estructuras de dominación, sus guerras de sometimiento o sus prácticas rituales —como los sacrificios humanos documentados en determinadas culturas— que hoy consideraríamos inaceptables.
Aplicado de forma coherente, ese mismo criterio rompe la lectura lineal del pasado: lo que para unos es agresión, para otros puede interpretarse también como un proceso de transformación histórica que introdujo nuevas formas políticas, jurídicas y culturales.
No estamos, por tanto, ante una dicotomía simple entre barbarie y civilización, sino ante un proceso mucho más complejo que no admite etiquetas unívocas.
Y aquí aparece la contradicción: cuando el juicio moral del presente se aplica solo a unos actores y no a otros, deja de ser un ejercicio de comprensión histórica para convertirse en una interesada herramienta ideológica.
No se trata de repartir culpas, sino de algo más elemental: coherencia. Si el criterio es universal, debe aplicarse universalmente. Y, si no puede hacerse, entonces el problema no está en el pasado, sino en el uso que hacemos de él.
Ni mito ni caricatura
Durante demasiado tiempo, la conquista de América se ha explicado desde dos simplificaciones opuestas: la del conquistador brutal y la del indígena idealizado.
La realidad fue otra.
El mundo prehispánico era complejo, con estructuras de poder, conflictos internos y sistemas de dominación. Y la conquista no fue una empresa exclusivamente española, sino también el resultado de alianzas con pueblos indígenas enfrentados entre sí.
Al mismo tiempo, la presencia española dejó una huella profunda: instituciones, lengua, derecho, ciudades, universidades y hospitales. Pero también violencia, abusos y profundas contradicciones entre las leyes y su aplicación.
Reducir todo ese proceso a una consigna es renunciar a entenderlo —o, peor aún, falsearlo deliberadamente para utilizarlo como herramienta política.
La historia, entre la consigna y la comprensión
La conquista de América no fue ni un relato de héroes ni una historia de villanos. Fue un proceso complejo, lleno de tensiones, contradicciones y consecuencias de largo alcance.
Negar sus sombras es falsear la historia. Negar su legado también.
El problema no es el pasado. Es la forma ideológica en que lo utilizamos.
Cuando la historia se convierte en arma política, deja de ser conocimiento y pasa a ser instrumento. Y en ese terreno, la verdad deja de importar.
Una advertencia necesaria
Juzgar el siglo XVI con la concepción moral del XXI no es rigor: es simplificación. Convertir la historia en un relato de culpas heredadas no es justicia: es ideología.
La historia no está para condenar ni para absolver, sino para conocer nuestro pasado y comprenderlo.
Y conviene no olvidarlo: quien utiliza el pasado como arma termina empobreciendo el presente… y cegando el futuro.
César Valdeolmillos Alonso