Cartas al Director
Cuando escuchar deja de ser suficiente
“Donde terminan las palabras, comienza la música”
Richard Wagner

César Valdeolmillos Alonso | 02.01.2026
La música suele acompañarnos sin exigirnos nada. Está ahí, suena, pasa. Pero hay ocasiones —pocas, memorables— en las que deja de ser un simple sonido y nos obliga a detenernos. Es el momento, en el que escuchar ya no basta y se produce el milagro.
Cotidianamente vivimos rodeados de música y, sin embargo, rara vez somos conscientes de lo que representa. La usamos como fondo, como acompañamiento, como un adorno habitual. La dejamos sonar mientras hacemos otras cosas, como si fuera un ruido amable destinado a rellenar silencios incómodos. Y, sin embargo, la música es todo lo contrario: no está hecha para llenar el vacío, sino para ennoblecerlo.
La música forma parte esencial de nuestra vida, aunque con frecuencia no lo sepamos, porque la reducimos a un simple divertimento. Pero es mucho más que eso. Es el lenguaje universal que compartimos todos los seres humanos, el que expresa nuestra parte más noble: las emociones y los sentimientos. En la misteriosa esencia de ese lenguaje incorpóreo no existen las diferencias, porque todos reaccionamos de manera semejante ante el gozo y el dolor.
La música es una forma de expresión tan vasta que puede llenar una vida entera, aunque una sola vida no baste para colmarla de música.
Las palabras nos sirven para comunicar ideas, deseos y proyectos. Nos permiten pensar juntos, pero también nos separan. La lengua, que debería ser puente, se convierte con demasiada facilidad en frontera. Nos une y nos divide a partes iguales. La música, en cambio, no conoce ese riesgo. No pregunta quién eres, de dónde vienes ni qué piensas. Simplemente llega y se instala en nosotros porque todos coincidimos. En la emoción no hay pasaportes.
Por eso, cuando las palabras se agotan, comienza la música.
Hay quien la oye y le basta: le acompaña, le distrae, le alivia la soledad. Hay quien la escucha y la disfruta, reconoce su belleza y aprecia su armonía. Y hay quien la siente, quien la vive como una experiencia íntima que lo inunda todo y lo transforma. Porque la música no está hecha solo para oírse, ni siquiera para escucharse: está hecha para sentirse. Para captar toda su grandeza hay que detenerse, cerrar los ojos, liberar el espíritu y dejar que cada nota penetre en nosotros por cada poro de nuestra piel.
Solo así se puede gozar la verdadera magnitud de su mensaje. La música es como un perfume: no se impone, se insinúa. Revela la armonía secreta que el compositor dejó encerrada entre las cinco líneas del pentagrama y opera el milagro de hacer sonoro nuestro yo más íntimo, poblándolo de sensaciones inmateriales imposibles de traducir en palabras.
Porque la música no vive en la partitura. La partitura es solo un soporte, un mapa, una promesa. La música nace cuando alguien —un ser humano concreto, con su sensibilidad, su experiencia y su riesgo— decide recrearla. No basta con ejecutar lo escrito. Es necesario entrar en el espíritu del compositor, impregnarse de él, habitarlo, dejar que atraviese el propio cuerpo antes de entregarlo a los demás.
En ese acto de recreación reside el verdadero sentido de la interpretación. Y desde ahí se comprende también el papel del director de orquesta. No es un ejecutor ni un dictador del tempo. Tampoco un vigilante de la corrección. Es, o debería ser, un mediador emocional: alguien capaz de escuchar lo que el compositor dejó entre líneas, transmitirlo a la orquesta y abrir un camino para que esa emoción alcance al oyente.
El Concierto de Año Nuevo de Viena es, en ese sentido, mucho más que un evento musical. Es un rito cultural. Una tradición compartida que inaugura el año no con discursos ni consignas, sino con música. Y no con cualquier música, sino con aquella que expresa una forma de estar en el mundo: la de un pueblo que canta, baila y se reconoce en su propia alegría.
Desde que la radio y la televisión comenzaron a llevarlo a los hogares españoles, el concierto forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Radio Nacional de España empezó a retransmitirlo en la década de los cincuenta y, desde 1971, Televisión Española lo incorporó de manera definitiva a la liturgia del inicio del año, convirtiéndolo muy pronto en un acontecimiento cultural de primer orden. No es solo lo que suena; es lo que significa. Una hora en la que el tiempo parece suspenderse y la música ocupa el lugar que otras veces ocupan las palabras.
Este año, la responsabilidad de ponerse al frente del concierto recayó en el director canadiense Yannick Nézet-Séguin. Un reto mayúsculo, porque la Filarmónica de Viena no es una orquesta necesitada de lecciones técnicas ni de autoridad impuesta. Es una formación con memoria, con carácter, con una tradición viva que solo responde al reconocimiento mutuo y no tolera la impostura.
Nézet-Séguin lo comprendió desde el primer gesto. No empuñó la batuta como un símbolo de poder, sino como una prolongación de sí mismo. No impuso: propuso. Todo en él era música antes de que la música sonara. Cada mirada, cada respiración, cada movimiento del cuerpo estaba al servicio de una sensibilidad compartida. No hacía falta autoridad cuando había convicción y el director supo cuando había de dejar la batuta para no molestar a la orquesta.
Así logró transmitir la mayor riqueza de la música, que no reside únicamente en su realidad sonora, sino en su capacidad para despertar las sensaciones más profundas. Incluso los silencios —esos instantes que muchos temen— quedaron cargados de sentido y se integraron como parte viva del discurso musical.
Yannick Nézet-Séguin consiguió que los espectadores, presentes y en la distancia, vivieran la música de los Strauss no solo como belleza sonora, sino como expresión de una forma de vivir: la de un pueblo con alma que canta, baila y se reconoce a través de su música.
Ahí reside la verdadera grandeza de este arte: no en dónde suena mejor ni en su ajuste perfecto, sino en lo que provoca dentro de cada uno de nosotros. La música alcanza su plenitud cuando deja de pertenecer solo al escenario y empieza a resonar en el interior del oyente, cuando algo se mueve sin saber muy bien por qué.
Eso no se enseña. No se explica. Solo se transmite.
Y cuando ocurre, la música sigue sonando, pero el oyente deja de permanecer al margen: deja de escuchar desde fuera y empieza, por fin, a vivirla desde dentro.
Ahí es donde sucede el milagro de la música.
César Valdeolmillos Alonso