Diócesis
La diócesis de Santander no es precisamente una Iglesia de las denominadas históricas en la geografía de una península ibérica pronto evangelizada apostólicamente. De tardía romanización en su territorio, su constitución como organización eclesiástica autónoma se debe al Papa Benedicto XIV, en 1754. Una corta historia que se ha configurado, desde los inicios, en la sangre de los mártires.
08/11/26
- Ayer, la diócesis de Santander se vistió con sus mejores galas
- Un himno a los mártires de La Montaña
- Semeraro: "Es significativo que haya sacerdotes, seminaristas y laicos"
- Palabras de Acción de Gracias de Arturo Ros
- Un juez y un maestro
Mons. Arturo Ros, durante la beatificación.
Diócesis de Santander.
Sus patronos, cuyas reliquias se conservan en la santanderina Iglesia del Santísimo Cristo, son los Santos Emeterio y Celedonio, víctimas de la persecución de Diocleciano.
En la época contemporánea, a partir del 18 de julio de 1936 y hasta el mes de agosto de 1937, la sangre de los testigos de la fe se fue derramando por los cuatro puntos cardinales de La Montaña.
Ayer, la diócesis de Santander se vistió con sus mejores galas
La catedral, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, los laterales del claustro anejo, que rememora su identidad como antigua abadía, se llenaron de fieles para asistir a la ceremonia de la beatificación del sacerdote, párroco de la localidad de Santoña, Francisco González de Córdova y 79 compañeros mártires, que, como diría en las Letras Apostólicas el Papa León XIV, “fieles a la vocación recibida en las diversas circunstancias de su vida, no temieron derramar su sangre por amor a Cristo Señor, resucitado de entre los muertos y dador de la vida eterna, sean llamados en adelante beatos y que su memoria pueda celebrarse cada año, el seis de noviembre, en los lugares y según las normas establecidas por el derecho”.
La ceremonia de beatificación, presidida por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio de la Causas de los Santos, contó con la asistencia de una veintena de obispos españoles, entre los que se encontraban los arzobispos de Oviedo, Burgos, Santiago de Compostela y Pamplona.
También acompañan al obispo de Santander, monseñor Arturo Ros,los obispos que han estado en esta diócesis en los últimos años, monseñor José Vilapalna Blasco, monseñor Vicente Jiménez Zamora, y monseñor Manuel Sánchez Monge. No podía faltar el cardenal oriundo de Cantabria, Carlos Osoro.
El cardenal Marcello Semeraro presidió la beatificación.
Diócesis de Santander.
Un himno a los mártires de La Montaña
La ceremonia litúrgica, cantada por el Coro A Capella, cuyo director Manuel Galán ha compuesto un himno a los mártires de La Montaña, que se interpretó en la procesión de salida, tuvo un momento culmen cuando se leyeron las Letras Apostólicas y se descubrió el precioso cuadro de los mártires, obra del pintor Indalecio Sobrio.
En la homilía, el cardenal Semeraro señaló que “durante la audiencia general del pasado miércoles, el Papa recordó que “estos nuevos Beatos hacen visible una nueva pieza de la “multitud inmensa” de los amigos del Señor”. ¡Es especialmente hermosa, ante todo, la palabra amigos! Ella nos dice que, estos hermanos nuestros, tocados por el amor de Cristo, se han hecho capaces de permanecerle fieles incluso en la hora de la prueba. En la tradición de la Iglesia, de hecho, el mártir es aquel que sufre la muerte a causa de su fidelidad a Cristo. Pero hay algo más. A la luz del Evangelio que hemos escuchado, el testimonio del mártir debe entenderse precisamente a partir del de Cristo, que en la cruz oró por sus perseguidores”.
Imagen de la Catedral durante la beatificación.
Diócesis de Santander.
Semeraro: "Es significativo que haya sacerdotes, seminaristas y laicos"
“La referencia del Papa a la “multitud inmensa” -dijo el cardenal Semeraro- me sugiere otra reflexión. La santidad no es un fenómeno circunscrito a una época, a un lugar o a una condición de vida concreta: es una realidad que atraviesa la historia y que, en la historia, sigue manifestándose. Estos últimos días he estado en Ibiza para presidir otro rito de beatificación y volveré a España para celebrar otro más en Madrid. Cada vez es como añadir una pieza a un mosaico que aún no está terminado, porque la multitud de amigos del Señor sigue creciendo y haciéndose visible a través de hombres y mujeres que, en circunstancias diversas, han acogido su llamada”.
Para el Prefecto del Dicasterio de las Causa de los Santos, “es significativo, además, que entre los nuevos Beatos a los que hoy honramos aquí en Santander haya sacerdotes, seminaristas y laicos. Su diferente condición eclesial nos recuerda que la santidad no es privilegio de unos pocos, ni está ligada a una forma particular de consagración: es la vocación común de todos los bautizados. La persecución los alcanzó en situaciones diferentes, pero todos encontraron en la pertenencia a Cristo la razón última de su fidelidad”.
La beatificación no se limita a recordar una página dolorosa de la historia de la Iglesia. “Nos permite reconocer, - continúa el cardenal Semeraro-, en el seno de esa misma historia, la presencia activa de la gracia; nos devuelve el recuerdo de un testimonio y, al mismo tiempo, nos lo confía como responsabilidad. Los nuevos Beatos no pertenecen solo al pasado: entran en la vida de la Iglesia como amigos del Señor y como testigos que siguen indicándonos el camino de la fidelidad”.
“Los nuevos Beatos -concluyó- nos recuerdan que la santidad no es solo una meta que admirar en los demás, sino una vocación que hay que acoger personalmente. Su testimonio, por tanto, no nos deja simplemente como espectadores de su grandeza: nos interpela y nos invita a vivir, en las circunstancias de nuestra existencia, la misma fidelidad a Cristo”.
Los nombres de los 79 mártires en la Catedral de Santander.
Diócesis de Santander.
Palabras de Acción de Gracias de Arturo Ros
Monseñor Arturo Ros tuvo, al final de la ceremonia, unas palabras de Acción de Gracias en la que señaló que “nuestros mártires fueron experiencia de la fuerza del amor que les empujaba a ofrecerse, pues habían plantado el árbol de la cruz en el centro de su corazón. Ellos habían aceptado compartir su cáliz y quisieron ir hasta el extremo de don de sí mismo como Jesús”.
“Gracias, Padre bueno y misericordioso, -continuó diciendo el obispo de Santander- por los beatos Francisco González de Córdoba y compañeros mártires. Ellos son testimonio de Cristo Salvador. Lo muestran con su vida. Ellos no quisieron ser héroes ni sabios ni tan siquiera llamar la atención. Ellos quisieron ser santos, es decir, apasionados de Jesucristo, desconcertados por la locura de la cruz. Sin el verdadero conocimiento de Dios culmina en la voluntad de sacrificio y entrega, pues Dios es esencialmente amor y don”.
Por último, el obispo de Santander dio gracias “al Papa León por habernos concedido este hermoso regalo” y pidió “a nuestros mártires que intercedan por nosotros para que seamos sembradores de semillas del reino, de concordia, de reconciliación, de paz y que anunciemos con nuestra vida la alegría del Evangelio”.
Relicario.
Diócesis de Santander.
Arrojados al mar con una piedra
En este numeroso grupo de siervos de Dios se encuentran 67 sacerdotes, 3 religiosos carmelitas descalzos, 3 seminaristas, y 7 laicos (entre ellos, encontramos a miembros de la Acción Católica, un juez y un maestro).
La edad media de los siervos de Dios hoy beatificados es de 43,9 años. Es preciso recordar que en la diócesis de Santander fue muy alto el porcentaje del clero asesinado en la persecución religiosa entre los años 1936-1939. De 505 sacerdotes incardinados en 1936, murieron 77, con un porcentaje de víctimas de 15,2%. Además, fueron asesinados: 16 monjes cistercienses, 14 seminaristas, 14 dominicos, 9 claretianos, 8 jesuitas, 5 agustinos, 5 escolapios, 4 maristas, 3 capuchinos, 3 carmelitas, 1 salesiano y 1 hermana oblata.
Los 80 mártires fueron asesinados en diferentes lugares de la geografía cántabra. El grupo más numeroso (22) es el de los que fueron arrojados al mar con un piedra atada al cuello frente a la entrada de la bahía de Santander.
El segundo grupo está formado por 12 mártires asesinados en el Barco-prisión Alfonso Pérez. Se trató de una masacre cometida después del bombardeo de la ciudad el 27 de diciembre de 1936. En la Barco-prisión también fue asesinado el sacerdote que encabeza este grupo de beatos, don Francisco González de Córdova.