Tribunas
21/09/2026
Elogio del esfuerzo
Ernesto Juliá
La creación de Adán. Fresco de Miguel Ángel,
en la capilla Sixtina. Roma.

“Al Cardenal le costaba trabajo ser santo, cuando hacía calor”. Yo me supongo que al cardenal, como a cualquier otro cristiano - que en eso del trabajo para ser santos todos somos más o menos iguales-, le costaba también un buen esfuerzo seguir los pasos de Jesucristo los días lluviosos, las mañanas frías, los atardeceres templados además de las noches húmedas. Bruce Marshall sin embargo sólo hace referencia al calor, en la primera frase de una de sus novelas.
Pero no sólo la tarea de ser santo, ni únicamente a los cardenales en tiempos de calor; a todos los seres humanos nos cuesta esfuerzo cualquier tarea y en cualquier época del año.
No obstante esa ley general de la necesidad del esfuerzo, no es difícil encontrarse con personas que continúan tratando de engañarse pretendiendo que las cosas se resuelvan siempre por los caminos más fáciles y con el menor gasto de energía posible. Por desgracia, el soñar despierto está al alcance de cualquiera, y no cuesta demasiado alimentar ese escondido deseo, tan generalizado en la naturaleza humana, de que nos “toque la lotería”, y los problemas de la vida desaparezcan de un plumazo, sin el desgaste que suponen la paciencia y el esfuerzo ejercitadas a diario.
El afán de triunfar en seguida, a las primeras de cambio y venciendo apenas algún que otro obstáculo, parece un lema de muchas personas que comienzan su tarea de vivir. Y el triunfo, no sólo en la cuestión a veces agobiante de ganar dinero, sino en todos los demás campos del actuar humano. Hay estudiantes que desean pasar un examen detrás de otro sin apenas sentarse delante de los libros, y les cuesta después trabajo reconocer que han estudiado poco, y que el suspenso era la única calificación que merecía su ejercicio. Por no decir, tantos escritores que anhelan ver rellenas las páginas en blanco del próximo ensayo, del libro en preparación, sin necesidad de volver de vez en cuando la marcha atrás, corregir, tachar, añadir, rehacer una frase, cancelar palabras repetidas, etc., etc.
Y quien no conoce algún amigo que aspira al puesto de director, de jefe de empresa ya a los pocos meses de comenzar su trabajo; y tantos otros que se maravillan si no ganan las primeras oposiciones a las que se presentan.
“Tal vez es ya hora de rehabilitar el valor del esfuerzo, del dolor, de la disciplina, de la voluntad, ligada, para decirlo de una vez, no a aquello que place, sino a aquellos que displace”. No sé si Eugenio D’Ors escribió sus páginas sobre “aprendizaje y heroísmo” en un día caluroso de verano: da igual, su invitación al esfuerzo continuado: estudio, pruebas, experimentos, aprendizaje, es válida en todas las estaciones.
Las palabras de Dios a Adán: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, las podemos convertir en una bienaventuranza, el comienzo de la civilización humana, no una maldición; han sido un acicate a lo largo de la historia, y no un motivo de abatimiento. Lo corrobora le misma Sagrada Biblia –libro, por desgracia, poco leído-, cuando nos recuerda que “alegrarse con el fruto de su trabajo es, para el hombre, un don de Dios”. Y es cierto. Dios nos conoce bien, y desea que el hombre se goce en su esfuerzo.
¿Quién puede medir la alegría del descubrimiento científico, de la obra de arte terminada, de un nuevo hallazgo arqueológico, después quizá de meses, de años, al borde del desaliento y venciendo a diario la tentación de abandonarlo todo y no continuar poniendo unos esfuerzos que parecían condenados a la inutilidad, al fracaso?
¡Cómo habrá gozado el imaginado cardenal de Bruce Marshall al llegar al cielo, y descubrir el gozo de esas gotas de sudor del verano, en el esfuerzo de levantarse para rezar las oraciones y celebrar la Santa Misa con devoción y puntualidad!
Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com