Tribunas
08/08/2026
El Papa, Ceuta y la política
Antonio-Carlos Pereira Menaut
El Papa León XIV durante un encuentro con migrantes
en el Centro Las Raíces, a 12 de junio de 2026,
en San Cristóbal de La Laguna, Santa Cruz de Tenerife.
Foto: Alejandro J. Rosa/ACFI/Pool / Europa Press

Mes y medio después de estar León XIV en España recordándonos el deber general de acoger al inmigrante, se produjo la «invasión» pacífica de Ceuta: unos 72.000 marroquíes, incluso niños y niñas, que se dejaron 75 muertos en el intento, aunque las fuerzas armadas españolas no les impidieron nada.
Cierto que las palabras de León XIV en el Congreso de los Diputados habían sido muy medidas y matizadas, pero el sentir común que quedó flotando en el ambiente, el mensaje genérico —nunca rico en matices, por eso es genérico— fue, simplemente, acoger inmigrantes (de hecho, para muchos, Vox resultó vapuleado). Personalmente, me pareció un caso de moralismo: en un terreno debatible, se enuncia un sólo principio moral donde cabrían también otros —así, “salus populi suprema lex”; o bien desarrollo endógeno—, excluyendo así las demás líneas políticas. La clave está en la peculiar índole de la política: una actividad prudencial enjuiciable por la moral, pero no reducible a ella (Magnifica Humanitas, 218). No puede ser sustituida por el moralismo, ni por el mejor intencionado; como tampoco por el cientificismo o el economicismo.
Como siempre, hay mucho que hablar. ¿Nos alarmarían los 72.000 «invasores» si no viniesen de golpe sino por goteo, por el aeropuerto de Barajas?
¿Es la primera vez que entran grandes masas de marroquíes? Y éstos no huían del hambre, el caos o la guerra.
Pasado este susto, ¿es realista suponer que no se repetirá? ¿Acepta Marruecos (y otros) que Ceuta y Melilla son territorio español legítimo?
¿Y Gibraltar? ¿Nos imaginamos 50.000 andaluces entrando allí, y el ejército británico cruzado de brazos?
Lo de Ceuta —hasta un ciego lo ve— ha sido un parteaguas. Los políticamente correctos y pro-sistema están cuestionándose lo que hasta ahora sólo se cuestionaban los anti-sistema. ¿Se benefician, esos «invasores», del principio del deber general de acogida? Si la respuesta es que, de entrada, no, ¿cómo podría un gobernante moralmente recto acomodar tal principio con rechazar la «invasión»? Difícil, salvo con mucho sentido común. Si ya la economía es terreno de libertad, no de necesidad mecánica (la DSI es anticapitalista: yo también, pero no porque mi fe me obligue), más aún la política. Sólo el sentido común y el realismo captan lo que es la política, una actividad prudencial que tiene su específica índole —muy visible en Aristóteles— y que, aun aceptando principios morales, debe ponderar mil cosas que un Papa no tiene por qué conocer pero que también obligan moralmente al gobernante: lo bueno y lo malo de la inmigración; la sobrecarga de la sanidad, la difícil integración; posible delincuencia, bajada de salarios, sustitución de la población (a largo plazo), deber —primordial— de defensa de la propia sociedad y la propia cultura... Con todo eso presente, el político decidirá. Aunque pueda equivocarse (eso, seguro), decidirá él, y no el Papa.
Para esa decisión pensará no en la inmigración ideal —inofensivos inmigrantes huyendo del hambre y la guerra, que también los hay— sino en la inmigración real; como el fútbol real o la economía real. Está muy bien que el Papa marque un norte, para lo cual no tiene que pedirme permiso a mí, pero, explicablemente, ningún Papa va a decir con qué medidas concretas buscaremos nosotros ese norte.
El Papa, como la Doctrina Social de la Iglesia, está en su papel cuando nos señala un norte moral; nosotros, cuando, buscándolo, pisamos tierra. Ejemplo: poco sentido tiene que un país de emigración deba recibir inmigrantes (así, Perú; pero también muchas partes de España). Hay terrenos de naturaleza práctica y prudencial en los que lo mejor es que la DSI marque un límite, proteja los absolutos morales, y deje la ejecución a quien tenga que tomar la decisión. (En general, la DSI no da indicaciones sociopolíticas muy concretas; los Evangelios, menos). Ciertamente, este enfoque negativo no está nada de moda; por ejemplo, la UE gobierna regulando al detalle, prohibiendo y controlando.
En materia de inmigración, por claro que esté el norte (hemos obviado esto, pero no sé si realmente está tan claro), los factores a considerar son muchos y variarán de país a país e incluso dentro del mismo. Y habría que valorar también, en primer lugar, el daño a los países de origen; en segundo lugar, la opinión de la sociedad que recibe, hasta las ancianitas en cuyos pueblos se van a distribuir inmigrantes.
Siguiendo a Álvaro d’Ors, en materias prudenciales, mientras no se vaya contra el derecho natural, libertad. De momento —2026; no 2006 ni 1996— España apenas debería recibir inmigrantes, excepto reunificaciones familiares (la emigración es un rompe-familias) y casos, que también hay, de gente en estado lastimoso, a los cuales hay que curar, atender y después poner en su camino, como hizo el buen samaritano.
Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio