Opinión

Medjugorje: el demonio no se toma vacaciones

 

 

José Antonio García Prieto Segura

Peregrinos de todo el mundo rezando
en la explanada del Santuario de Medjugorje.

 

 

 

 

 

La noticia llegó a todas partes: en la noche del 27 al 28 del pasado mes de julio, el santuario mariano de Medjugorje sufrió un ataque que cabría calificar como “demoníaco”. El altar exterior de la iglesia de san Andrés fue incendiado, y previamente profanada la estatua central de la Virgen María en la Colina de las Apariciones, con mensajes ofensivos. El rostro y las manos de la imagen fueron mancillados con pintura negra; y en el pedestal de piedra blanca de la estatua aparecía la firma del responsable, con estas inscripciones en inglés: «Devil in a skirt» y «Evil»; es decir, remitían al «Demonio con falda» y al «Mal».

La limpieza de la estatua se realizó enseguida, y la policía pudo arrestar al sospechoso de la profanación: un joven de 31 años que, según exámenes posteriores, tenía perturbadas sus facultades mentales. Las reacciones de los fieles y de los responsables del santuario, han sido serenas y espirituales. En un comunicado invitaban a responder con oración, ayuno y perdón: «Oramos por la conversión de los corazones de quienes cometieron este acto, para que el Señor los toque con su gracia y los guíe por el camino del bien». Y agradecían a cuantos trabajan para asegurar «que el santuario siga siendo un lugar de encuentro con Dios, un lugar de paz y un lugar donde se honre a la Santísima Virgen María, Reina de la Paz». Semejante reacción parece como un eco de las palabras de Jesús en la Cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

Es evidente que el presunto autor no es ningún demonio y que el último juicio moral de su acción corresponde a Dios, único que ve en lo más íntimo de las conciencias. Sin embargo, esto no quita intuir que en el origen último de semejante profanación haya intervenido el mismísimo demonio. Experiencias históricas similares a lo sucedido en Medjugorge, la tradición cristiana las ha visto como actos de odio hacia lo sagrado por parte del Maligno. Ofreceré ahora algunas reflexiones de carácter trascendente y más aún, abiertamente inspiradas en la fe cristiana, que fundamenten que estamos ante un nuevo caso de ese odio.

Todo cristiano sabe que, en el mismo inicio de la Biblia, junto a la primera pareja humana del varón y la mujer, apareció en escena un ser espiritual enemigo del Creador. Este ser maligno de modo insidioso y mintiendo, hizo que Adán y Eva se rebelasen contra Dios. Así lo explica el Catecismo de la Iglesia en su número 391:

«Tras la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24). La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf. Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. (…) El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos».

Justo a continuación de aquella rebeldía de Adán y Eva, la misericordia divina prometió la redención. Dirigiéndose al demonio que había hecho prevaricar en primer lugar a la mujer, Dios le increpa así: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón.” (Gen. 3, 15). La Iglesia siempre ha entendido este pasaje en sentido mesiánico referido a Cristo; y en la mujer mencionada ha visto a su Madre María, como nueva Eva; y Madre también, por querer divino, de todos los seguidores de su Hijo.

La batalla del demonio contra cuantos deseamos vivir como hijos de Dios, no había hecho más que empezar y llega hasta nuestros días. Una batalla que “el padre de la mentira y príncipe de este mundo” como le llama Cristo, combate en todo el planeta de modo silencioso.

Es una batalla que el mismo Cristo combatió y venció definitivamente al morir en la Cruz. Sin embargo, nos dejó muy claro que el demonio hará su guerra hasta el fin del mundo. En efecto: cuando Jesús declara que, sobre la roca de la fe en su divinidad confesada por Pedro, edificará su Iglesia, añade: “y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Por tanto, los demonios moradores del infierno siempre batallarán mientras viva la Iglesia, es decir hasta el fin del mundo. Y descendiendo al terreno personal, el Señor promete su ayuda para vencerlos: por eso le dirá a Pedro: “mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos”. (Lc 22, 31). En estas palabras todos, de algún modo, estábamos incluidos.

Ciertamente, en esa afirmación de Jesús hay una singular gracia carismática para Pedro, como Vicario de Cristo, y para sus sucesores. Pero hay también un plural que va más allá de los apóstoles y nos alcanza a todos: Satanás no solo zarandeó a los primeros doce, sino que busca hacerlo con cada uno de nosotros. Por eso, el Señor enseña que en la petición final del Padrenuestro roguemos a Dios Padre que nos libre del «mal»: sí, justamente de ese «Evil» que ha estampado su nombre en el pedestal de la Virgen de Medjujorge. Lo explica así el Catecismo de la Iglesia:

«La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: "No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno" (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el "nosotros", en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia humana” (CEC 2850)». Y: «En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El "diablo" ["dia-bolos"] es aquél que "se atraviesa" en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo. (2851)».

No es casualidad que el odio demoníaco se haya manifestado en Medjugorje días antes del encuentro anual que, del 1 al 6 de agosto, reúne allí a más de 50.000 jóvenes de todo el mundo. Son miembros del linaje de la Mujer, hijos de María; se diría que el intento del Maligno hubiera sido disuadirlos de acudir a la Madre. También a cada uno de nosotros nos ataca de mil formas sutiles para apartarnos de Ella y de su Hijo Dios. Su maligna actividad no cesa, y lo expresaré con las palabras de un santo a quien se las oí directamente, en Roma, en Navidades de 1972. Me refiero a san Josemaría de quien he tomado inspiración para el título de este artículo.

Nos hablaba de los buenos frutos que, a veces, el Señor permite que veamos en nuestra lucha por ser santos, y que se lo agradezcamos como algo suyo y no propiamente nuestro. Aunque también cabe el peligro de la soberbia, y por eso añadía: «Pero, en otros momentos, quizá sea el demonio -que no se toma nunca vacaciones- el que os tiente, para que os atribuyáis unos méritos que no son vuestros. Cuando percibáis que los pensamientos y deseos, las palabras y las acciones, el trabajo, se llenan de una complacencia vana, de un orgullo necio, habéis de responder al demonio: sí, tengo fruto, ¡gracias a Dios!» (En diálogo con el Señor, pág. 371).

El padre de la mentira que tiene el copyright de todos los bulos y “fake news” que diríamos hoy, nos tienta también en otros campos, como el de la pereza, la sensualidad, la avaricia…Y a diferencia de Medjugorje, lo hace de modo insidioso y sin aspavientos. Vale la pena hacerle frente con la gracia del Señor y la intercesión de nuestra Madre, para derrotar así al malicioso todoterreno que nunca se toma vacaciones.

 

 

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