Tribunas
03/08/2026
Lo que ha pasado en Ceuta y Melilla
José Francisco Serrano Oceja
Crisis migratoria en la frontera entre Marruecos y Ceuta.
(ANSA)

El Papa Léon XIV, ayer domingo, en el Ángelus se refirió a la entrada de más de cincuenta mil migrantes en Ceuta y Melilla con unas palabras medidas que hay que leer también en el lenguaje de la diplomacia de la Iglesia.
Dijo literalmente que “sigo con preocupación la alarmante situación en Ceuta pidiendo a Dios por medio de la intercesión de Nuestra Señora de África que se puedan encontrar soluciones de paz, de estabilidad, y de justicia”.
En la Doctrina Social de la Iglesia hay siempre dos polos que están en juego y que hay que compatibilizar: El de la dignidad de la persona y el del bien común.
En este caso, el Papa no se ha referido directamente al polo de la dignidad de la persona, sino al del bien común a la hora de citar tres elementos, la paz, la estabilidad y la justicia, que están en juego en la construcción del orden común.
Es cierto que no puede haber paz sin respeto a la dignidad de la persona, esa tranquilidad del orden clásico que parte del reconocimiento del otro. Y tampoco justicia sin dar a cada uno lo suyo.
Pero en este caso lo que está planteando el Papa son los principios sobre los que se tienen que sostener esas condiciones de vida para la correcta sociedad.
Lo que ha ocurrido trasciende un caso de flujo migratorio. Partiendo de la base de la perspectiva humanitaria, que es imprescindible tener en cuenta y a la que hay que dar una solución adecuada, estamos ante una avalancha de invasión que incide en la soberanía de España y de Europa, que sirve para alterar las relaciones entre Estados, además de desestabilizar a la sociedad.
En otro tiempo anterior, quizá el mensaje, como hizo Francisco, en 2021 cuando se dio la precedente avalancha, hubiera estado centrado en el polo de la dignidad, en la mirada a la persona de quien ha saltado la frontera. Ahora no.
Quizá porque lo que está claro es que los mensajes que nos dejó León XIV en España en estas horas pasadas han cobrado plena actualidad.
De entre sus palabras habría que destacar las que parece no se han oído en Marruecos, que ha tenido un ineludible papel en esta nueva forma de invasión híbrida de la soberanía de un país, España: “La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra. Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”.
Y recordemos, en la clave de lo dicho por el Papa ayer, que en su discurso en el Puerto de Arguineguín señaló que “este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante”.
Yare, paz, estabilidad y justicia. En el viaje de España, Paz, justicia y desarrollo. Principios a los que hay que dar respuesta.
José Francisco Serrano Oceja