Tribunas
16/07/2026
¿Es viable la teología política de Argüello?
José Francisco Serrano Oceja
Mons. Luis Argüello.
Foto: Fundación Pablo VI.

Llevo varios días dándole vueltas a lo que pudiéramos ya denominar “el caso Argüello”, es decir, el de un Presidente de la Conferencia Episcopal que en el ejercicio de lo que considera su misión, en conciencia, como obispo de la Iglesia católica desarrolla, mediante una práctica de libertad personal y eclesial no frecuente en una actividad pública, pone en evidencia las contradicciones de una política y de una forma de cultura dominante.
Lo que está haciendo monseñor Argüello es proponer una forma actualizada de teología política como teología social. Que sí, que hay que leer “Catolicismo. Aspectos sociales del dogma”, de Henri de Lubac, queridos amigos y amigas.
Es éste el concepto que me trae de cabeza en cuanto a lo que tenemos que entender hoy por teología política, teniendo en cuenta que ya no estamos en la época de J. Moltmann et alii -entre los que incluyo lo que suponía de superación de esa forma histórica la tesis doctoral de mi recordado don Adolfo González Montes-.
Creo que estamos más en una época de teología política benedictina, por Benedicto XVI, que lo es agustiniana, León XIV. En este sentido un reciente curso de verano del CEU, en el que participé, dirigido por los profesores Julio Borges y Juan Carlos Valderrama, me han confirmado en esta dirección.
Hacía, no sé si mucho, poco o bastante tiempo, que en la Iglesia en España no emergía un líder que propusiera una forma de discurso basado en la teología política, es decir, un discurso, con ribetes de metadiscurso, con un planteamiento de propuesta de fe para la vida social desde las claves de la relación entre antropología, política y economía o antropología, economía y política según el magisterio de la Iglesia, que también lo es moral.
Una teología política, superadora de las insuficiencias de la que es fruto de la modernidad, nacida de un adecuado análisis del contexto. Véase el vídeo de la intervención de Argüello en la presentación del libro de M. Borghessi “El desafío Francisco” en la Fundación Pablo VI cuando contextualiza la propuesta del Papa Francisco ante los desafíos de las mutaciones del eje histórico.
Por cierto que ya se ve que la Fundación Pablo VI es el espacio vital del arzobispo de Valladolid cuando formula su metodología de contraste, que le lleva, con frecuencia, a poner en evidencia las contradicciones del Mainstream.
En este contradictorio clima de asentada libertad de expresión, como hagas afirmaciones que toquen la fibra sensible del sustrato antropológico político, véase políticas de autodeterminación de género frente a terapias de conversión, confesionalismo estatal antropológico, los delitos de odio, etc., te cae la del pulpo, efecto de las mareas de lo woke.
Sobre todo si el actor interlocutor es el Gobierno, el legislador identitario in fábula, que utiliza los medios sincronizados para montarte una campaña sin parangón. ¿Acaso pensaba alguien en Moncloa que porque los chicos y las chicas de Sánchez hubieran firmado el cheque en blanco del viaje del Papa a España la Iglesia iba a entrar en la espiral del silencio? Qué poco conocen algunos a la Iglesia.
Que nadie se preocupe que la propuesta de teología política, concepto este denso o fuerte, que diría D. Wolton, no es la misma teología política de Peter Thiel, por más que algunos en la Iglesia quieran dar a entenderlo.
Siguiendo al profesor Francesco Galofaro, de la Universidad IULM, Milán, en su reciente artículo “Cómo identificar al Anticristo”, considero que la forma de responder a la teología política de los nuevos tecnoplutócratas es elaborar un corpus de teología política como teología social, de raíz antropológica, en la sinfonía de la fe hecha cuerpo de pensamiento, en la que como método no se identifique a los adversarios con el Anticristo sino que recupere el diálogo, la mediación y el compromiso. Bolaños, ¿qué le parece? Argüello dialogó con Illa, con Cayetana, con Abascal, ¿se anima?
“Si eliminamos la posibilidad de síntesis de la dialéctica, imposibilitamos la política misma. En la raíz de su negación reside una incomprensión del significado mismo de la teología política”, escribe Galofaro. Pues eso es lo que está haciendo el arzobispo de Valladolid, recuperando y actualizando la teología política.
He aquí un párrafo eje del escrito del profesor de Milán: “Por lo tanto, no se practica una buena teología política atribuyendo el papel de Anticristo a Zelensky o Putin, sino más bien describiendo un código que la cultura emplea para describirse a sí misma, con el fin de su propia autocomprensión. No sorprende que este código sea religioso y contemple el enfrentamiento final con el Adversario a la hora de justificar la guerra o, cuando se trata de luchar por una causa, el mesianismo, el enano idealista oculto en el autómata del materialismo, como escribe Walter Benjamin. La secularización afecta solo la superficie del discurso político, no sus profundas estructuras narrativas”.
No dudo que lo que monseñor Argüello, llámese como se llame, está proponiendo como teología política, teología social, teología basada en la DSI, hay que entenderlo en la descripción del código de la cultura actual y sus contradicciones.
Podemos discutir si algunas expresiones de este discurso episcopal se pueden formular de otra manera, imponderables del director, que dicen. Podemos recordar aquí, como me dijo un relevante político, que el problema de este prelado es de estilo. Es decir que si en lugar de escribir en negativo lo hubiera hecho en positivo, por ejemplo citando a Montesquieu, “una república vale lo que vale la virtud de sus ciudadanos”, y de sus gobernantes, podría estar en mejor posición de salida y recepción.
Pero lo que es innegable es que en este momento a una teología política, social, a lo Carl Schmitt, que en español diría a lo Donoso Cortés, ante la insuficiencia de una teología política eclesial que se ha agotado, de raíz horizontal y humanitarista, le corresponde una teología política benedictina, agustiniana, la de Argüello.
José Francisco Serrano Oceja