Tribunas
29/06/2026
¿Por qué algunos curas “influencers” cuelgan los hábitos?
José Francisco Serrano Oceja
Damián María Montes anuncia que abandona el sacerdocio
en su perfil de Instagram.

La decisión del famoso P. Damián de colgar los hábitos y abandonar el sacerdocio ha provocado una intensa marejada de comentarios en las redes. No es el primer caso. Esperemos que sea el último.
Por cierto que este fenómeno del abandono, que encierra cierto fracaso, parece darse más en sacerdotes que no en religiosas o monjas influencers, que también las hay.
¿Influencers o creadores de contenido? ¿De qué contenido?
Desde hace tiempo, con conocimiento de causa próxima, vengo observando esta modalidad de ejercicio de la misión, -hay quien habla ya de una vocación-, como si fuera la clásica vocación a la literatura o al periodismo en los consagrados, sobre todo en los jóvenes.
Hay quien, me consta, se dedica a este tipo de presencia con un tiempo y unos recursos en detrimento de otro tipo de presencias, como puede ser la de atención personal a los inmediatos, que se quejan de que el cura está todo el día ocupado con el móvil y el ordenador.
Incluso me dicen que en esos casos cualquier propuesta que se les hace tiene que pasar por una exposición pública que ya algunos jóvenes huyen de ella.
Me pregunto si este tipo de sacerdotes abandonan el sacerdocio en mayor número que el de sus congéneres y por qué causas. O el hecho de que sean personas reconocidas genera una percepción distorsionada del fenómeno.
También me he preguntado si se da un abandono mayor en sacerdotes, digamos, calificados de progresistas que en los denominados conservadores.
Por cierto que en el conjunto del doble discurso de algunos en la Iglesia sobre la trasparencia, la visibilidad, la sinodalidad, etc. se echan en falta muchos datos, también los de los abandonos de sacerdote por diócesis.
La decisión de abandonar el sacerdocio no tiene por qué estar directamente relacionada con la presencia y exposición en las redes. También podría decir que la presencia y exposición en las redes no parece contribuir a clarificar esa vocación.
Cuando históricamente se dieron casos de sacerdotes periodistas que abandonaban el sacerdocio, el sustrato último causante no estaba en el ejercicio más expuesto al periodismo, que ya de por sí es complicado, sino en la base personal, psicológica, espiritual y relacional sobre la que se fundamentaba ese ministerio.
Es posible que, antes en el periodismo -y casos no muy alejados en el tiempo conozco-, y ahora en el mundo de las redes, la sobreexposición genere una tensión psicológica que sea difícil de gestionar si uno no está bien enraizado en la vida en Cristo, en la vida en el Espíritu. Una percepción de compañía que no es compañía, que es ilusión de masa.
Aún no ha pasado suficiente tiempo para que percibamos los nefastos efectos que las redes están produciendo en la sociedad y en la mente de las personas, y en la forma de relacionarnos y de entender el mundo, incluso de responder con determinadas actitudes vitales a las circunstancias.
Comenzamos a saber el efecto en segmentos de edad limitados. De forma directa en la política. Y la verdad es que las conclusiones no son nada buenas.
No pensemos que las nuevas redes y los nuevos medios son medios solos. No, son fines, o tienen la vocación de convertirse en fines. La fe se transmite “ex auditu”, por contagio. Y la experiencia de la fe es personal. En no pocas ocasiones la dinámica de la influencia en las redes y nuevos medios es la de una experiencia condicionada por la naturaleza de esos medios y redes, por lo tanto, reduccionista.
Esa afición, que no moda, por la evangelización o misión en las redes, que es necesaria, pero que está sobredimensionada, no puede convertirse en una escapatoria de las situaciones reales de las personas, también de los sacerdotes.
Es cierto que la fama, el reconocimiento, la aceptación social, en un universo de confrontación reduccionista, son consustanciales a ese mundo de exposición de cámaras eco, con efectos psicológicos y espirituales nefastos.
Los sacerdotes influencers viven, como es la propia dinámica de las redes, en la inmediatez, en la novedad, en la estrategia de captar la atención, en cierta búsqueda de ruptura de la normalidad, del impacto.
La dinámica maestra de las redes y de los nuevos medios es la de la atención, el impacto, de ahí la necesidad de lo que se dice y se matice y se polemice, imágenes incluidas, capten, atraigan. Una atención fugaz que es autorreferente y que no remite a otra realidad que la del propio medio y la mediación.
Es necesario que el Evangelio esté ahí. Nada debe sustraerse a la gracia. Pero, ¿cómo estar ahí y para qué estar en ese mundo?
Esa pretensión de estar en todo momento llamando la atención para captar la atención genera una forma de entender la realidad y de responder a ella que hace complejas las formas de vida en las que el silencio, la intimidad con Dios, el servicio al otro, al pobre y al necesitado, la entrega del tiempo, la generosidad de la acogida y la mirada, sean el centro de la vida. Cada vez estoy más convencido del potencial de signo de contradicción del Evangelio y del seguimiento de Cristo.
No digamos nada del caso de quienes han querido utilizar las redes y los nuevos medios o para proponer otra doctrina distinta a la de la Iglesia o para hacer avanzar la doctrina de la Iglesia, como si fuera una plataforma del disenso teológico que legitima el mismo disenso. No por más extendida la desviación doctrinal deja de ser desviación doctrinal, como el error en lógica, ni se legitima como tal.
Que haya sacerdotes que libremente abandonen el sacerdocio es una decisión personal que no tiene una sola causa. El problema son los potenciadores de determinadas causas.
José Francisco Serrano Oceja