Opinión
18/06/2026
Brisa suave
José María Alsina Casanova
El pasado 9 de junio, en Barcelona, al finalizar la Santa Misa y el acto de bendición de la torre de la Cruz de la Sagrada Familia, los obispos y sacerdotes salimos por la fachada de la Pasión. Caminé unos metros por la calle Cerdeña en dirección al mar, saludando a varios obispos españoles. Compartíamos la alegría y la esperanza que despertaba entre nosotros la visita del Papa León XIV.
Me detuve unos instantes a conversar con un arzobispo. Comentando la experiencia que acabábamos de vivir, me dijo una frase que quedó grabada en mi memoria: «Juan Pablo II fue un huracán... León XIV es una brisa suave... pero brisa». Me pareció una observación muy sugerente.
Continué mi camino hacia la avenida Diagonal en busca de una estación de metro abierta. Apenas me había separado de la comitiva episcopal cuando una mujer de mediana edad se acercó para preguntarme cómo llegar al metro. Le propuse acompañarme, pues nos dirigíamos al mismo lugar.
Durante el trayecto le pregunté de dónde era. Mi sorpresa fue grande cuando me respondió que era peruana y natural de Chiclayo. Le comenté enseguida que aquella era la diócesis tan querida por el Papa. Sonrió y me dijo: «Yo conozco mucho al Papa, y especialmente a su secretario, el padre Edgar».
Sacó entonces su teléfono móvil y me mostró una fotografía en la que aparecía junto al entonces obispo de Chiclayo y a su secretario.
Le pedí que me describiera al hombre que hoy ocupa la sede de Pedro. Su respuesta fue breve y clara: «Es un hombre de Dios; un hombre de paz».
Ya en el metro, contemplando el farolillo que nos habían regalado en la celebración, seguía pensando en lo vivido aquella tarde en Barcelona. Había recibido el regalo de concelebrar con el sucesor de Pedro y de estar presente en un momento histórico: la bendición de la torre más alta de la cristiandad. Sin embargo, lo que volvía una y otra vez a mi mente eran aquellas dos expresiones: «una brisa suave» y «un hombre de paz». Ambas parecían referirse a una misma realidad.
La brisa no hace ruido. Refresca el ambiente, alivia el cansancio y hace más llevadero el camino. Su fuerza no está en el estruendo, sino en su capacidad para transformar discretamente cuanto toca. La brisa crea un clima de paz.
Durante estos días he escuchado numerosos comentarios sobre el Papa, no solo entre creyentes, sino también entre personas alejadas de la Iglesia. En muchos de ellos se repite una misma impresión: la de un hombre sencillo y cercano, humilde en las formas, atento a las personas, capaz de escuchar antes de hablar y de comunicar con claridad y serenidad. Un hombre que pide la paz que él mismo transmite.
San Agustín define la paz como «la tranquilidad en el orden». León XIV se nos ha mostrado precisamente así: como un hombre sereno, cuya palabra y presencia transmiten esa tranquilidad. Se percibe en sus encuentros con jóvenes, familias, enfermos, artistas, presos, migrantes y responsables políticos. También en un discurso cuya nota característica es la unidad en Cristo, la coherencia y esa «catolicidad» a la que se refería don Luis Argüello en su valoración de la visita.
En una época marcada por la fragmentación, la confrontación y la dialéctica, León XIV ha ofrecido un mensaje integrador. Nos ha invitado a alzar la mirada a Cristo y a contemplar la realidad de un modo que no enfrenta, sino que armoniza; que no separa, sino que une. En sus palabras aparecen reconciliados lo divino y lo humano, la gracia y la naturaleza, la fe y la razón, lo privado y lo público, la verdad y la caridad. Y donde hay unidad y orden, nace la paz.
Durante la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, citando a san Agustín, el Papa recordó unas palabras que parecen iluminar cuanto hemos vivido estos días: «Donde está la caridad está la paz, y donde está la humildad, allí está la caridad».
Quizá esa sea la huella más profunda que deja su visita. León XIV ha pasado por España como una brisa suave. No con la fuerza del huracán, sino con la de la paz que penetra poco a poco en los corazones y acaba transformándolo todo. Tras su paso queda una esperanza renovada y la certeza de que la caridad de Cristo sigue abriéndose camino en medio de nuestra historia.