Tribunas
06/06/2026
León XIV. Un viaje bien acompañado
Ernesto Juliá
Papa León XIV celebrando su primera misa de Navidad.
Vatican News.

Son muchos los corazones y las cabezas que en estos días están elevando la mirada al Cielo y, a ese Cielo que es el Sagrario, rogando a Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo, que acompañe al Papa en su estancia en nuestro país.
“Señor, bendice al Santo Padre León XIV, derrama Tu Santo Espíritu para que su visita apostólica de muchos frutos, ilumine muchas almas y así puedan descubrir el amor de tu Corazón misericordioso”.
Con esta oración, que un buen creyente ha estampado en miles de estampas puestas a disposición de todos en estos días, no ha hecho más que hacerse eco de las palabras del Señor al apóstol san Pedro, indicándole la misión para la que había sido elegido: “Apaciente mis ovejas..., apacienta mis corderos” (Juan 21, 15-20). “Pero Yo he rogado por ti para que tú fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos (Lucas, 22, 31).
León XIV desde el comienzo de su pontificado ha recordado en no pocas ocasiones la centralidad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero; la seriedad de la liturgia, en la que Cristo está siempre presente; la necesidad de vivir los Sacramentos, recordando a la vez, que el pecado está ahí y animando a todos a vivir el arrepentimiento y la Confesión para recibir el perdón. Y tampoco ha dejado de recordarnos la realidad de la Vida Eterna, que Cristo nos transmite con su Resurrección, y que nosotros vivimos con la muerte y el juicio, y podemos – todo depende de nuestra libertad-, vivir en el infierno o en la Gloria del Cielo.
El Papa es muy consciente de la debilidad de la Fe en nuestro país, y en no pocas naciones europeas, como lo ha recordado en un discurso reciente:
“No podemos subestimar que, sobre todo en los países de Occidente, la crisis de la fe, junto con otros factores socioculturales, ha dado lugar a una indiferencia religiosa generalizada. A muchos, la fe les parece que ya no es relevante para su vida. El peligro subyacente, que no siempre se percibe en toda su gravedad, es que se pierda el aliento de lo que hay de más propiamente humano, es decir, la búsqueda del sentido. Las grandes cuestiones existenciales quedan sin respuesta, mientras se extiende una cultura tecnológica que debería satisfacer todas las necesidades. (León XIV, Discurso 28 mayo 2026, a los participantes en la plenaria del Dicasterio para la Evangelización).
¿Cuáles son esas “cuestiones existenciales” que preocupan al Papa?
Dejando que cada lector señale las que le parezcan más patentes, me limito a recoger estas cuatro que me vienen enseguida a la cabeza, y que pueden suponer una auténtica conversión de muchos creyentes: la necesidad de que las familias cristianas se abran a la natalidad y quieran engendrar hijos para gloria de Dios, y la alegría de la familia; que los bauticen en las primeras semanas de vida, bien conscientes de que le mejor regalo que le pueden hacer a las criaturas, además de darles la vida, darles una nueva vida de “hijos de Dios en Cristo Jesús”; y que, en la formación de las familias, el hombre y la mujer que van a formarlas, comiencen a vivir juntos desde el primer día – no antes- en que se unen en Matrimonio, y para toda la vida. Y, “vocaciones sacerdotales” que, sin ningún miedo al ambiente en que vivan, no caigan en la tentación de acomodar a Cristo, “Camino, Verdad y Vida”, a la “ideología del tiempo” en la que viven.
León XIV nos lo ha recordado en la misma ocasión, y con palabras que no dejan ningún lugar a cualquier tipo de acomodación y de rebaja doctrinal:
“La transmisión de la fe, en tal contexto, pasa necesariamente por el encuentro con personas y comunidades que expresan la alegría de la fe cristiana y la coherencia de un estilo de vida evangélico. Ciertamente, no es diluyendo los contenidos y suavizando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo, sino dando testimonio con humildad y valentía de «el camino, la verdad y la vida» que ha convertido y santificado a tantas personas. Como afirmaba Benedicto XVI: «Lo que necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan creíble a Dios en este mundo. […] Necesitamos hombres que mantengan la mirada fija en Dios, aprendiendo de Él la verdadera humanidad. Necesitamos hombres cuyo intelecto esté iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de los demás. Solo a través de hombres que han sido tocados por Dios, Dios puede volver a los hombres» (La Europa de Benedicto en la crisis de las culturas, Siena 2005, 63-64). La santidad de la vida, por lo tanto, sigue siendo siempre la forma más convincente de la belleza de la fe cristiana que trasciende los tiempos y se propone a toda cultura”. (Ibidem).
Estoy seguro que muchos creyentes rezan a la Virgen María para acompañar al Papa en estos días; y es el mismo Papa el que nos agradece esa comunión espiritual con su persona y sus intenciones.
“Queridísimos, les agradezco su servicio a mi ministerio y a toda la Iglesia y, encomendándolos a la Virgen María, perfecta discípula y misionera de Evangelio, les acompaño con mi bendición. ¡Gracias!” (ibídem).
Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com