Opinión
01/04/2026
Jueves Santo: las excelencias del Amor
José Antonio García Prieto Segura
Comunión de los Apóstoles 1441. Fra Angelico
Convento de S. Marcos (Florencia).

Un Amor, con mayúscula, como el del título y el que aparecerá a lo largo de estas líneas, solo puede ser el de Dios, Trinidad de Personas. En estos días de Semana Santa -también con mayúsculas-, la fe nos recuerda ese Amor llevado hasta sus últimas consecuencias: el de Dios-Padre que nos ha entregado a su Hijo-Dios hecho hombre en el seno de María, por obra del Dios-Espíritu, para reconciliarnos con Él mediante su muerte y resurrección gloriosas. Apenas escrito el título, me pareció pretencioso confinar las excelencias del Amor en un solo día, aun tratándose del Jueves Santo, y esto despertó en mi memoria una conocida historia medieval referida a san Agustín.
Esa tradición cuenta que, paseando Agustín a orillas del mar, trataba de comprender el misterio de la Trinidad. Observó a un niño que, con un pequeño cubo y en repetidos viajes, sacaba agua del mar y la vertía en un orificio hecho en la arena. Al aproximarse y preguntarle el porqué de su proceder, recibió esta respuesta: “Quiero sacar toda el agua el mar y meterla en este hoyo”. Y ante el lógico comentario del santo: “Pero, eso es imposible”, el niño respondió: “Pues más imposible es que comprendas con tu limitada mente el misterio infinito de Dios”.
Algo análogo sería pretender hablar de las excelencias del Amor en poco más de mil palabras que tendrán estas líneas. La fe nos revela que la institución de la Eucaristía fue como un concentrado de ese Amor infinito, que estuvo precedido por un “antes” y perpetuado por un “después” hasta el fin de los tiempos. Veremos en apretada síntesis, esos tres momentos separados en el tiempo, pero siempre vivos y actuales en el “ahora eterno” del Amor de Dios.
Aquel Jueves Santo, concluida la cena pascual judía, Jesús inaugura la Pascua cristiana, convirtiendo el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, para entregarse como alimento de nuestras almas. Además, como el mismo Jesús señaló, era un anticipo sacramental de su sacrificio redentor en la Cruz al día siguiente. Aunque san Juan no narra la institución, las palabras con que introduce aquellos acontecimientos testimonian que había penetrado a fondo en el Amor divino de Cristo; escribe: “La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1); o, “hasta el extremo”, según otras traducciones. Junto al “ahora” de aquellos momentos, aparecen un “antes” y un “después” de Amor.
El “antes” referido al amor que Jesús había tenido ya con los apóstoles hasta entonces, y el “después” al que nos mostró a todos hasta el fin. Y esto, a pesar de saber lo que iba a suceder aquella noche y hasta el fin del mundo: la traición de Judas, el abandono de sus discípulos, las negaciones de Pedro…, mis pecados y los de lector de estas líneas.
Otro aspecto de las excelencias de su Amor es el adverbio de modo que pone san Lucas en labios de Cristo al instituir la Eucaristía, porque revela sus íntimos sentimientos; escribe: “Cuando llegó la hora, se puso a la mesa y los apóstoles con él. Y les dijo: ‘Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22, 15). No era un modo cualquiera de celebrar aquella Pascua, sino vivida con un Amor eterno, por ser Dios, y ardoroso por ser hombre. Un amor que en pocas horas llegaría hasta el extremo en la Cruz y, con su Resurrección, se prolongaría hasta el fin de la historia.
Aquel Amor del Jueves Santo, previsto y querido eternamente por la Trinidad, lo realizó Jesús en el tiempo, para proyectarse y renovarse sin fin, cada vez que celebramos la Eucaristía. Así lo confesamos en la Misa, al decir después de la consagración: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven, Señor Jesús”. Revivimos el pasado, en un hoy que mira al futuro anhelando la Pascua definitiva, que Jesús quiso tener presente al instituir la Eucaristía: “os digo que no la volveré a comer hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios” (Lc 22,16).
Resumiré las precedentes consideraciones en tres ideas, que nos ofrecen la sagrada Escritura y el magisterio de León XIV y Benedicto XVI.
Por lo que mira al Amor irrevocable, Jeremías testimonia: “Con amor eterno te amo, por eso te mantengo mi fidelidad” (Jr 31, 3). Las excelencias de ese Amor han brillado en la encarnación del Hijo, con la institución de la Eucaristía y con su sacrificio del Calvario. Y conviene no olvidarlo: todo lo hizo por cada uno de nosotros; el creyente deba personalizar y referir a sí mismo ese Amor infinito, como hacía san Pablo, cuando escribe: “La vida que vivo ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20). Después, la libertad de cada uno dirá si acoge, o no, ese Amor.
León XIV, refiriéndose a la pasión, muerte y resurrección de Jesús, destaca que su amor lo había previsto todo. Por eso, ante la pregunta de los apóstoles sobre dónde quería que preparasen la cena pascual, comenta el Papa: “La respuesta de Jesús parece casi un enigma: ‘Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidle y allí donde entre decidle al dueño de la casa…’ (Mc 14, 13). Los detalles se vuelven simbólicos; un hombre que lleva un cántaro (…), una sala en el piso superior ya preparada, un dueño de la casa desconocido. Es como si todas las cosas hubieran sido preparadas de antemano. De hecho, así es” (León XIV, Ciclo de catequesis, 6-VIII-25).
Ante el amor previsor de Cristo que todo lo sabe y se nos adelanta, León XIV hace esta llamada al creyente: “El amor verdadero se da incluso antes de ser correspondido. Es un don anticipado. No se basa en lo que recibe, sino en lo que desea ofrecer. Es lo que Jesús vivió con los suyos; mientras ellos aún no entendían, mientras uno estaba a punto de traicionarlo y otro de renegar de él, Él preparaba una cena de comunión con todos”. Y prosigue: “…también nosotros estamos invitados a ‘preparar la Pascua’ del Señor. No sólo la litúrgica, sino también la de nuestra vida. (…) Podemos entonces preguntarnos ¿qué espacios de mi vida necesito reordenar de modo que estén listos para acoger al Señor? ¿Qué significa para mí hoy ‘preparar’? Quizás renunciar a una pretensión, dejar de esperar a que el otro cambie, y dar yo el primer paso. Quizás escuchar más…”
Concluyo con unas palabras de Benedicto XVI que merecen honda meditación. Están tomadas del n. 12 de su encíclica “Dios es Amor”. Bajo el epígrafe “Jesucristo, el amor de Dios encarnado”, escribe: “En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar.”
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