Tribunas

Contemplando a Cristo

 

 

Ernesto Juliá


Cristo crucificado - Velázquez.
Museo del Prado.

 

 

 

 

 

Para todos los cristianos, estos días son momentos muy especiales para encontrar al Señor, para contemplar a Nuestro Señor Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que anhela manifestarnos el Amor con el que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos ha creado a cada ser humano. Y el Amor que Dios Hijo, Él, nos está transmitiendo mientras sufre las injurias de la plebe manipulada por los escribas y fariseos de turno, mientras camina con la Cruz a cuestas y cae aplastado bajo su peso.

Mientras unos le insultan y otros le desprecian; hombres y mujeres lloran en silencio contemplándole abofeteado por un esclavo de Herodes, clavado en la Cruz por soldados romanos que no saben lo que están haciendo. Y, a la vez, recuerdan los milagros que ha hecho con ellos, curándoles de sus enfermedades, haciendo andar a cojos, ver a ciegos, hablar a mudos, y resucitar muertos.

Son muchos, también, los que en estos días se recogen de sus actividades profesionales, y en grupos, o personalmente viven en silencio la lenta agonía de Cristo –el Via Crucis-, escuchan y meditan sus últimas palabras desde la Cruz,  sabiendo que también se las dirigía a ellos, a cada uno de nosotros, seres humanos, que caminaremos por la tierra hasta que Dios cierre definitivamente la historia que vive con el hombre, y que el hombre vive con Dios en su cuerpo humano, mortal y ya eterno: Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Soy conscientes de que nunca llegaremos a penetrar en toda su hondura la realidad de la Pasión, Muerte y Resurrección, de Jesucristo.

Son incontables los hombres y las mujeres que han descubierto el sentido de sus vidas contemplando a Cristo clavado en la Cruz. Y, hasta el fin del mundo contemplaremos al Señor crucificado, le pediremos perdón por nuestros pecados que lo han clavado en el madero; y le daremos gracias porque sus sufrimientos, que ha querido vivir para redimirnos de nuestros pecados, nos han manifestado su Amor, viviendo en la Cruz la muerte en su humanidad.

“Cuando me sobrecoge el temor de Dios, la cruz es mi protección; cuando tropiezo, mi auxilio y mi apoyo; cuando combato, el premio; y cuando venzo, la corona. La cruz es para mía una senda estrecha, un camino angosto: la escala de Jacob, por donde suben y bajan los ángeles, y en cuya cima se encuentra el Señor” (homilía pascual del siglo II. PG. 59, 793).

Y podemos decir con san Pedro: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final” (1 Pedro 1, 1-5).

Estas palabras quieren ser una invitación para que, allá en lo hondo de nuestra alma, contemplando a Cristo en la cruz, reflexionemos sobre nuestra vida de cristianos, y renovemos nuestro deseo de vivir con Cristo su Pasión, dándole gracias porque haya querido unirnos a sus sufrimientos en su tarea de redimir al mundo.

“Ahora, situados ante ese momento del Calvario. Cuando Jesús ya ha muerto y no se ha manifestado todavía la gloria de su triunfo, es una buena ocasión para examinar nuestros deseos de vida cristiana, de santidad; para reaccionar con un acto de fe ante nuestras debilidades, y confiando en el poder de Dios, hacer el propósito de poner amor en las cosas de nuestra jornada. La experiencia del pecado debe conducirnos al dolor, a una decisión más madura y más honda de ser fieles, de identificarnos de veras con Cristo, de perseverar, cueste lo que cueste, en esa misión sacerdotal que Él ha encomendado a todos sus discípulos sin excepción, que nos empuja a ser sal y luz del mundo (Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 96).

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com