Tribunas
21/03/2026
Familias 2026: ¿Gente buena haciendo lo malo? (3)
Antonio-Carlos Pereira Menaut
El Papa saluda a una anciana durante la Misa
del Jubileo de las Familias, los Niños, los Abuelos y los Ancianos
(@VaticanMedia).

Mucho de lo que venimos comentando en los artículos anteriores será difícil de evitar a corto plazo. La prudencia de cada matrimonio navegará entre Escila y Caribdis. Mientras el norte no se pierda, vamos bien. El desarraigo, el desapego, no es sólo distancia física; puede haberlo a 5 o a 5000 kms., aunque, en general “el roce hace el cariño”. S. Josemaría y S. Juan Pablo II, aragonés universal y polaco universal, honraron sus terruños hasta el final.
Para que haya valor divino de lo humano (Urteaga), tendrá que darse primero lo humano: hombres y mujeres enteros, con raíces, con sentido común, plurales pero vinculados, independientes de los poderes de este mundo (si pueden) pero interdependientes de familia y amigos. Nunca átomos fungibles, homologados globalmente, relacionados con las antípodas pero no con sus mayores. La actual tecnoeconomía genera tristeza, incomunicación y soledad, ésta ya reconocida como pandemia. No la fomentemos, pues, aunque la familia haya de ir contra corriente; no será la única vez.
Hemos dicho que antes veíamos esto sólo en las películas americanas. Viejos que no envejecían en familia aunque ellos hubiesen formado una; niños y adolescentes que no son plenamente lo uno ni lo otro, educados por padres sustitutorios (la guardería, el colegio); habituados a llegar a casa y que no esté su madre ni, a veces, nadie. En 1942 escribía Schumpeter que el capitalismo disolvería la familia, la natalidad y todo lo sagrado y permanente. ¿Cuándo viste por última vez un negocio rotulado “Fulano e Hijos, S.L.”?
Muchos buenos hijos que trabajan lejos (cuanto más lejos, más mérito) no se preguntan con quién vivirán sus padres mayores; ni tampoco con quién vivirán ellos de mayores porque les queda muy lejos. Con el actual desapego ambiental, no se les inculca esa obligación. Se les inculcan otras mil —sobre basura, semáforos, leyes, impuestos, todo— pero no esa, aun siendo el orden natural de las cosas. La existencia de las obligaciones específicas del hijo mayor, indiscutida desde Atapuerca, está hoy muy diluida.
Una vez constatado el problema, toca recordar, con los clásicos, que «lo contrario se cura con lo contrario»; por lo menos, si se puede. Y si no, se hará lo que se pueda, fomentando puntos de encuentro familiar, conversaciones con cervezas 1906, cantar juntos, etapas del Camino de Santiago, fútbol en el pasillo sin que lo vea el alto mando, o lo que cada familia haga. Decíamos que habrá que ir más o menos contra corriente incluso aunque viviéramos en la sociedad ideal, la cual, para empezar, nunca existirá. “No os amoldéis a este mundo” (S. Pablo a los romanos).
Dejemos de vivir como viven todos, dijo Benedicto XVI. Pero es que lo mismo sucederá en otros campos, por ejemplo, si queremos formar hijos cultos. Las familias cristianas saben que van contra corriente en cuanto a pudor, por ejemplo, pero no en estas cuestiones profesionales, económicas o tecnológicas porque, en primer lugar, no son malas a priori, y su peligrosidad, aunque seria, es indirecta y poco visible. El scroll infinito no es ningún crimen, por tanto, adelante: cuando nos damos cuenta, ya está en la sociedad; el daño ya está hecho.
La razón de que todo esto haya penetrado tanto en la gente buena no son sólo las condiciones que imponen la economía y la tecnología. Tampoco es sólo la actual corrección política, desfavorable a la familia. La razón es que estamos ante cosas en principio buenas, pero hoy exageradas, desequilibradas, descompensadas; al final, todas locas. Hay un piso barato en Dubai, ¿lo compramos, why not? (ejemplo real, y lo compraron). Por eso el mundo actual está lleno de gente buena —alguna, muy buena— contribuyendo al mal.
Ya lo vio Chesterton: “el mundo está lleno de virtudes cristianas que se han vuelto locas”. Pero no es sólo un revuelto de virtudes locas y desnortadas sino una entera “Sociedad del Delirio”, con todo desproporcionado y llevado al límite en cualquier terreno: vacunas, microidentidades, seguridad, sanidad, control de la gente, ahorro energético, cambio climático, hablar inglés, viajes innecesarios a lugares estrambóticos o fomento del deporte. Chesterton también captó el desequilibrio y el desnorte aun partiendo de algo bueno: un loco no es quien ha perdido la razón, sino quien ha perdido todo menos la razón.
Terminemos. Es sabido que las familias Amish se ahorran la descomposición social. Las de etnia gitana, también. Ante nuestra descomposición social algunos buscarán la «opción benedictina» o similar. Quien quiera, hágalo; enhorabuena; iré a visitarle. Personalmente me inclino más por planteamientos estilo “Ciudadanía”, de Surco.
En todo caso, algo siempre se podrá hacer, y no poco. “Olla que hierve, no le entran moscas”, dice el refrán. Familias-cooperativa, centrípetas, dando responsabilidades desde muy pronto, familias exportadoras de su visión y que, al exportarla, influyan en las profesiones y la estructura social más que al contrario. La olla hirviendo lanza su vapor hacia fuera. ¿No ocurre eso ya cuando los hijos únicos quieren ir a casa del compañero que tiene muchos hermanos?
Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio