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01/03/26 | Zenón de Elea
Susan Ostermann. Universidad de Notre Dame.
El reciente escándalo en la Universidad Católica de Notre Dame, (Indiana, Estados Unidos), que ha terminado con la dimisión de Susan Ostermann como directora de un instituto universitario, es un recordatorio contundente de que la coherencia importa, especialmente cuando se trata de instituciones con una identidad clara y definida.
Ostermann, profesora en Notre Dame desde 2017, contaba con un historial ampliamente conocido de defensa del aborto legal y críticas al movimiento pro vida, lo que hizo inevitable la controversia cuando se anunció su ascenso a un puesto de liderazgo.
Porque lo siento mucho, pero si eres pro abortista, liderar un puesto en una institución católica no es lo tuyo. El aborto no es un juego, por mucho que se haya normalizado. Es impedir que un niño, que una vida, salga adelante, y por lo tanto, es aberrante, es un crimen.
Como señalan varios medios, la presión de grupos provida fue decisiva. Y no es para menos. Repito, no se puede ser abiertamente pro abortista y, al mismo tiempo, dirigir un instituto en una universidad católica. La vida no es un tema de debate académico trivial: un aborto implica impedir que un niño nazca, es decir, detener una vida que ya ha comenzado. Negarlo o relativizarlo no es solo un error moral, sino un acto profundamente contradictorio con los valores que una institución católica se propone enseñar y defender.
Ahora va Ostermann y en su comunicado recogido por The Observer y citado en Religión en Libertad defendió su postura señalando que "se ha evidenciado que hay un trabajo que hacer en Notre Dame para construir una comunidad donde puedan florecer una diversidad de voces: nos lo exigen la investigación académica y la plena realización de la dignidad humana", y añadió que luchará para "construir una comunidad en el campus donde todos podamos hablar abiertamente" de los asuntos que interesan "a la mayoría".
Sin duda, el diálogo y la diversidad son esenciales en la educación. Pero hay límites: permitir que un líder académico promueva ideas que contradicen los principios fundacionales de la institución sobre la vida es irresponsable. Los alumnos pueden debatir, pueden cuestionar y pueden sostener opiniones distintas, pero no se puede poner a un defensor del aborto al mando de un instituto en una universidad católica.
Este caso subraya la importancia de la coherencia. La vida humana es sagrada, y una universidad católica no puede ni debe normalizar su eliminación. La dimisión de Ostermann no es un acto de censura, sino un acto de protección de la integridad institucional. Y la decisión de permitir que continúe como profesora, pero no en un puesto de dirección, es un equilibrio justo: garantiza la libertad académica sin comprometer la identidad y los principios de la universidad.
El episodio también sirve como lección para quienes creen que la neutralidad o el relativismo puede aplicarse en todos los contextos. Hay valores fundamentales que no admiten concesiones: la vida, la dignidad humana y la coherencia ética son pilares sobre los que se construye una comunidad educativa que no sea solo técnica, sino moral y formativa.
En última instancia, aplaudo la presión provida que provocó este cambio. No se puede permanecer de brazos cruzados cuando la dirección de una institución que profesa un compromiso con la vida se ve amenazada por la incoherencia ideológica. Que Susan Ostermann siga enseñando está bien; que no dirija, es lo correcto. Con la vida no se juega, y la Universidad de Notre Dame ha recordado que sus principios tienen peso y consecuencias.