Opinión
01/03/2026
Para lograr la paz
José María Alsina Casanova
Los tres pastorcitos de Fátima.

El pasado mes de diciembre comenzó en Pontevedra la celebración de un Año Jubilar con motivo del centenario de las apariciones de la Virgen María a la hermana Lucía en el convento de las Doroteas, donde vivía su vida religiosa.
Para conmemorarlo y profundizar en el contenido de estas apariciones —en íntima conexión con las de Fátima—, el “Aula de Teología desde el Corazón de Cristo” del Instituto Teológico San Ildefonso de Toledo invitó a quien fue postuladora de la causa de canonización de Francisco y Jacinta Marto y que actualmente desempeña la labor de vicepostuladora en la causa de la hermana Lucía: la hermana Ángela de Fátima Coelho, superiora general de la Congregación Alianza de Santa María.
Escuchar a la hermana Ángela ha sido una oportunidad preciosa para adentrarnos, de la mano de un testimonio de primera línea, en la profundidad teológica y en la permanente actualidad del mensaje de conversión y esperanza que la Virgen quiso ofrecer a la Iglesia y a la humanidad en medio de los trágicos acontecimientos que marcaron la historia del siglo pasado.
No deja de llamar la atención que la Virgen se apareciera a unos niños para ofrecer el remedio más eficaz con el que alcanzar el deseado milagro de la paz. El remedio —tan sencillo como exigente— es el rezo del Rosario. Esto es lo que la Madre de Dios confió a aquellas criaturas: si queremos obtener la paz en nuestros corazones, la paz en nuestras familias y la paz para una humanidad amenazada por guerras y destrucción, hemos de rezar el Rosario.
Una anécdota referida por la hermana Ángela me ayudó a tomar conciencia de la importancia de esta invitación. Hace unos años, un exorcista le pidió reliquias de segundo grado —objetos personales o prendas utilizadas por los santos—. Tenía especial interés en hablar con ella y, finalmente, lo consiguió. Le relató que, en el curso de un exorcismo, había invocado a los pastorcitos, Jacinta y Francisco, recientemente canonizados. En ese momento, el demonio se manifestó con violencia y gritó: “¡Francisco! ¡Detesto a ese niño! ¡Sus rosarios me han llenado de golpes! ¡Jacinta… es una bruja! ¡Su pureza…! ¡Si hubiera más como ella, me vaciarían el infierno de almas!”.
En sus conferencias, la hermana Ángela recordó también que en 1951y 1952 se procedió a la exhumación de los cuerpos de Jacinta y Francisco para trasladarlos a la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Fátima. El padre de Francisco había señalado con una cruz el lugar exacto donde fue enterrado su hijo. Sin embargo, al iniciar la exhumación, apareció primero el cuerpo de otro niño, más pequeño. Debajo había otra caja. Al abrirla, los presentes contemplaron los pequeños huesos de otro niño. El padre exclamó sin titubear: “¡Ese es Francisco!”. Lo que le dio la certeza definitiva fue el rosario —de quince cuentas— intacto entre los huesos de la mano de su hijo.
En la primera aparición, cuando Lucía preguntó a la Señora si irían al cielo, la Virgen le respondió que sus primos irían pronto: primero Francisco y después Jacinta. “Francisco tiene que rezar muchos rosarios”, indicó la Virgen a Lucía. Francisco murió con el rosario en la mano, fiel hasta el final a la petición de la Virgen.
Aquellos niños sabían que la Virgen es fiel a su palabra. Encontraron pronto la paz: la paz de los santos en el cielo. Y nos dejaron un mensaje que no pierde actualidad: si rezamos el Rosario, el mundo encontrará la paz; nuestro mundo podrá hallar la paz que no ha sabido conquistar, a pesar de tantos intentos y de tantas soluciones humanas… demasiado humanas.
El mensaje de Fátima sigue resonando con fuerza. A grandes males, remedios sencillos. En la humildad de quienes se hacen como niños, en la perseverancia de quienes desgranan el Rosario, se halla el camino para vencer el poder destructor del mal.
Tal vez convenga ampliar nuestra mirada sobre los caminos que conducen a lograr la paz, como sugería el entonces Cardenal Ratzinger “Nos parece que nuestro mayor error es pensar que solo las grandes acciones económicas y políticas pueden transformar el mundo; es la tentación, incluso entre cristianos, de pensar que la oración no tiene mucho valor y podemos perder nuestra interioridad. Pues bien, aquí en Fátima oímos hablar de cosas escondidas —conversión, oración, penitencia— que parecen no tener importancia política, pero son las cosas decisivas, son la fuerza renovadora del mundo” (Cardenal Ratzinger, Cartas sobre la Mesa, 12 de octubre de 1996).