Opinión

Alter Christus

 

José María Alsina Casanova


Prevost y Juan Pablo II.

 

 

 

 

 

Desde mis años de seminario hasta hoy, el eco de las cartas sacerdotales del Papa san Juan Pablo II ha sido para mí un verdadero tesoro espiritual. Recuerdo con gratitud aquella costumbre del Papa de escribir cada Jueves Santo a los sacerdotes. Gracias al cuidado y la preocupación que mi obispo, don Marcelo, tenía por su Seminario, también nosotros las recibíamos. A los pies del Monumento, en la noche del Jueves Santo, me gustaba leerlas y meditarlas.

Estaban llenas de unción, de amor al sacerdocio y de una exigencia evangélica que iluminaba nuestra futura misión, nos llenaban de ilusión y de esperanza. Esa tradición de lectura del jueves santo me acompañó durante los primeros años de mi ministerio, coincidentes con los últimos de la vida de san Juan Pablo II. Su última carta, de marzo de 2005, fue escrita pocos meses antes de su muerte. Yo llevaba 11 años de sacerdote.

En estos días he recibido el mensaje que el Papa León XIV ha dirigido a los sacerdotes de la archidiócesis de Madrid con motivo de la Asamblea sacerdotal Convivium. Se trata de una auténtica hoja de ruta no solo para el presbiterio madrileño, sino para toda la Iglesia, en la que el Papa expresa con claridad el tipo de sacerdotes que hoy necesita el Pueblo de Dios.

Al comenzar su lectura me sentí interpelado y quise detenerme un rato por la noche, ante la luz del sagrario, para rezar con la palabra del Papa, como lo hacía siendo seminarista y joven sacerdote. Me llamó la atención el modo en que León XIV se dirige a nosotros, los sacerdotes, con una expresión tan sencilla como elocuente: “queridos hijos”. El Papa es padre de todos los fieles, pero ejerce su paternidad de un modo particular con los obispos y con quienes hemos sido ordenados para colaborar con ellos en el ministerio sacerdotal. Hace bien escuchar al sucesor de Pedro con este tono de padre y pastor atento a la vida de sus hijos sacerdotes.

En breves trazos, el Papa describe el mundo en el que nos ha tocado vivir. Nos encontramos ante un verdadero “cambio de época”, marcado por la creciente secularización, la pérdida de referentes comunes, la marginación social del Evangelio, la interpretación ideologizada de la fe y la polarización en todos los ámbitos de la vida social. Sin embargo, junto a estas sombras, León XIV sabe reconocer una luz: la búsqueda sincera de quienes, desengañados por las promesas de la modernidad, siguen buscando en Cristo la respuesta a las inquietudes más profundas de su corazón. Ante esta situación, invita a los sacerdotes a educar la mirada y a ejercitar el discernimiento para ofrecer una respuesta fiel y una entrega generosa.

El corazón del mensaje se encuentra en la insistencia del Papa en volver al centro desde el que ha de edificarse toda la vida sacerdotal. Ante los desafíos actuales, no propone soluciones rápidas ni estrategias de urgencia. Su propuesta es más profunda: “no se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad recibida, sino de volver con renovada intensidad al núcleo más auténtico del sacerdocio, ser Alter Christus, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que se nos han confiado”.

En este contexto, León XIV subraya con particular claridad la centralidad de la Eucaristía en la vida del sacerdote. En ella se concentra el sentido de nuestro ser y de nuestro actuar. En el altar, por nuestras manos, se actualiza el sacrificio redentor de Cristo, y desde ahí se ordena toda la vida pastoral. Solo un sacerdote que vive desde la Eucaristía puede mantenerse interiormente unificado, libre del activismo estéril y capaz de una auténtica caridad pastoral. La relación personal y constante con Cristo eucarístico sostiene la identidad sacerdotal y da fecundidad a la misión.

Dos acentos del Papa revelan un profundo conocimiento del corazón del sacerdote de hoy. Por un lado, el sacerdote no vive para exhibirse ni para esconderse, sino para mostrar a Cristo. Por otro, la necesidad de huir del individualismo y de vivir una auténtica fraternidad presbiteral, dejándonos ayudar y sostener por los hermanos en el ministerio.

León XIV busca la unidad de la Iglesia y sabe que esa unidad comienza en cada uno, en la coherencia entre lo que el sacerdote es y lo que vive. Sacerdotes interiormente unificados, arraigados en Cristo, se convierten así en instrumentos de comunión en un mundo profundamente dividido.

Como buen hijo de san Agustín, el Papa León XIV ha sabido leer el cor inquietum del sacerdote de hoy: sus cansancios, sus búsquedas y sus tensiones. Y ha señalado con claridad la fuente donde saciar esa sed: la vivencia plena y gozosa de la identidad sacerdotal, ser Alter Christus, configurados con Cristo y viviendo desde el centro, para que nuestro corazón —y el corazón del mundo— encuentre descanso solo en Dios.

Ha entrado la noche y, cuando mis ojos empiezan a cerrarse, levanto la mirada hacia la luz del sagrario y guardo en el corazón la despedida que nuestro Padre, el Papa, nos dirige a los sacerdotes: “Os dejo el mismo consejo que vuestro compatriota san Juan de Ávila: “sed vosotros todo suyo”. ¡Sed santos!”. Estas palabras me devuelven a aquel amor primero que se encendía en mí en aquellas noches de Jueves Santo en la capilla del seminario de Toledo.