Tribunas
02/02/2026
Un funeral laico, ¿qué es?
Ernesto Juliá
Liliana Sáenz, hija de una de las víctimas onubenses del accidente de Adamuz,
interviene en la misa funeral junto a su hermano Fidel
en nombre todas las víctimas.
Clara Carrasco / Europa Press

Hablando con amigos, después de rezar un responso por el eterno descanso de los que han perdido la vida en el desastre ferroviario de Adamuz, me vino a la cabeza el primer párrafo de las Confesiones de san Agustín, que sigue tan actual como el día en que el santo lo dejó escrito.
“Grande eres Señor, y laudable sobremanera; grande tu poder, y tu sabiduría no tiene número (Salmo 144, 3). ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación, y precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado (Salmo 146, 5) y el testimonio de que resistes a los soberbios? (...) Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
Y le pedí a Dios misericordioso que el corazón de los difuntos y el de sus familiares vivos, descansara ya en Él. Y enseguida me vino a la cabeza ese “funeral laico” que las autoridades habían preparado para acompañar a las familias de las víctimas.
Un “funeral laico”, ¿qué es? ¿Una reunión de hombres y mujeres no creyentes en la vida eterna, que toman unas copas en memoria de los muertos? ¿Un conjunto de conocidos que hacen elogios de que han visto en la vida de un difunto; vida que ya no existe? ¿Se aquieta el corazón después de una reunión semejante en la que no se nombra a Dios, en la que no se menciona tampoco la vida más allá del cementerio? ¿En qué manos dejan a sus familiares muertos los que no creen en nada más que en este frío universo?
En momentos de luto semejantes, hasta los creyentes que menos viven la fe, echan en falta la cercanía de un padre, de una madre, de un hermano, de un amigo del alma, que les invite a rezar un poco, aunque haga mucho tiempo que no rezan, que no se acuerdan de elevar el corazón a Dios Padre, a Jesucristo Dios Hijo, a la Virgen María.
“Hasta que no descanse en Ti”, señala san Agustín, y acierta.
El ser humano tiene algo de divino en las más profundas entrañas de su ser y de su existir. Es una criatura de Dios, lo quiera o no lo quiera aceptar; y en los momentos más duros del vivir pretende encontrar refugio en el corazón de Cristo que ha muerto por todos nosotros, para redimirnos del pecado, y darnos la paz. Esa paz que anhela, aunque no lo manifieste, todo ser humano que sufre la pérdida de sus seres más queridos.
Las familias de las víctimas de esta tragedia ferroviaria han rechazado, y con toda razón, ese simulacro de funeral –“funeral laico”- que les ofrecía el gobierno. Y han preferido, con piedad y amor, con plena confianza, y de la mano de la Santísima Virgen –que tanta devoción encuentra en tierra onubense-, que se celebre la Santa Misa por el eterno descanso de sus seres queridos.
Han rezado al que ha vencido la muerte, al que ha dado sentido al vivir y al morir, su corazón ha encontrado la quietud, la paz, en Dios Padre, y han dejado a sus familiares muertos, en las manos de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, muerto y Resucitado.
Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com