Opinión

Temo que la Luz pase…

 

 

José Antonio García Prieto Segura

Epifanía pintura mural del monasterio de santa Clara de Toro.

 

 

 

 

 

Se han apagado ya las innumerables luces que antes, durante y después de Navidad hasta pasado Reyes, han brillado por doquier. Los encuentros familiares que en estas fiestas se han hecho más cercanos y vivos, vuelven a espaciarse; al fin, trascurrida la fiesta de Reyes todo parece retornar a la rutina habitual de los días monótonos y planos. También la luz de la estrella que condujo a aquellos tres personajes de Oriente hasta Jesús, Luz de Belén, ha dejado de brillar, y hasta el próximo año no se hablará de ella.

Terminados estos días pienso que un cristiano debería preguntarse: ¿tanto festejo y parpadear externo de luces y celebraciones, han dejado en mi vida, en mis disposiciones interiores, un algo nuevo? La Luz, esta vez con mayúscula, es decir, Cristo, cuya conmemoración de su nacimiento hemos celebrado y del que es deudor tanta iluminación artificial, ¿ha dejado en mí alguna huella, algún propósito de mejora en mi vivir ordinario? Y ya que la vida en general y la vida cristiana más todavía, están llenas de símbolos, la pregunta podría ser: ¿el amor de Cristo quien de sí mismo ha dicho que es la Luz del mundo, ha hecho brillar más intensamente su Luz de amor y servicio en esa otra luz que yo, como cristiano, debo ser e iluminar con ella a cuantos me rodean en este mundo?

No es un juego gratuito de cuento infantil o de hadas, eso de brillar como una estrella. Como hermanos de Cristo, Dios Padre desea que con el resplandor de nuestra vida manifestado en hechos concretos donde brillen las virtudes cristianas, otros muchos descubran y amen más a Dios. En los pasados días de Navidad, el simbolismo de la luz aparecía continuamente en innumerables textos de la sagrada Escritura leídos en las misas y en sus plegarias. Por citar un solo ejemplo, entre las docenas que cabría señalar, en la oración del segundo domingo después de Navidad, los fieles nos dirigíamos a Dios-Padre con esta petición: “Dios todopoderoso y eterno, luz de los que en ti creen, que la tierra se llene de tu gloria y que te reconozcan los pueblos por el esplendor de tu luz”.

Pero llegados a este punto, quizá más de un lector se pregunte: bien, de acuerdo, pero ¿qué sentido tiene y cómo encaja aquí el título de este artículo: “Temo que la Luz pase…”? Me lo ha suscitado un hondo pensamiento de san Agustín que, en cierta predicación decía: “Temo que Jesús pase” (Sermones, 88,14,13). Expresaba así su preocupación de que el activismo y ajetreo de nuestras vidas, nos impidieran reconocer la llegada y el paso de Cristo junto a nosotros. En más de una ocasión el papa Francisco se ha referido a esas palabras de san Agustín, para llamar nuestra atención con el fin de no dejarnos dominar por un excesivo dinamismo que nos dificulte recibir la Luz que Cristo, con su amor, desea comunicarnos.

Los días de Navidad siempre son momentos en los que el Señor vuelve a pasar nuevamente junto a nosotros. Lo hace al rememorar su nacimiento en Belén para el mundo entero: para los pastores miembros del pueblo judío y para los sabios de Oriente, representantes de cuantos no pertenecemos al pueblo de la antigua alianza. La Luz de Cristo ha venido para todos y a nadie se le niega; pero lo decisivo está en acogerla y dejar que entre plenamente en nuestras vidas.

Es bueno compartir ese temor de san Agustín que decía, y quizás más de una vez lo hayamos experimentado al dejar que Cristo pasara junto a nosotros, sin que su resplandor incrementase el brillo de la estrella divina que hemos de ser. Nos lo ha pedido con aquellas impresionantes palabras: “Vosotros sois la luz del mundo (…) Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 14.16). Es una llamada permanente que nos debe llenar de optimismo y esperanza, a pesar de los pesares, es decir, de las veces que no hayamos dejado que el amor de Dios iluminara nuestras vidas, orillando la luz de Cristo.

El Jubileo de la Esperanza ha concluido con la fiesta de la Epifanía el pasado 6 de enero; pero sigue en pie la virtud teologal de la esperanza que, apoyada en la fe nos dice, como recordaba Benedicto XVI, que somos definitivamente amados por Dios “suceda lo que suceda; este gran Amor me espera” (Enc. Salvados en la esperanza, n. 3). El comienzo de un nuevo año es buen momento para reemprender llenos de esperanza la navegación de nuestra cotidiana existencia; nos animará mirar las estrellas de luz que han sido las vidas de los santos que nos han precedido. Así lo sugería Benedicto XVI en este pasaje de la mencionada encíclica:

“La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía.” (Enc. n. 49).

Esta imagen tan sugestiva y real debe ser un acicate para luchar también por ser, con la gracia y la luz de Cristo, uno de esos pequeños astros. Lo quiere el Señor porque a todos nos llama a ser santos y, por tanto, estrellas de luz. Si Dios se sirvió de un brillo especial en aquella estrella que condujo a los Reyes hasta el Niño-Dios, mucho más hará con cada uno de nosotros que, además, con nuestra libertad podemos responder con amor, a quien por amor se ha hecho como uno de nosotros.

Un ejemplo maravilloso de ese proceder lo tenemos en la Virgen de Nazaret, como concluye Benedicto XVI:

“Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su «sí» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14) ”? (Enc. n. 49)

Que María a la que tantas veces invocamos como “Estrella de la mañana” y “Estrella del mar”, interceda ante el Señor y el feliz año nuevo, que a todo lector deseo, sea de verdad una navegación luminosa y llena de esperanza, aunque en algunos momentos el viento sople con fuerza y se encrespen las olas del mar.

 

 

 

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