Tribunas

El liderazgo eclesial en los primeros siglos, ¿cómo ahora?

 

 

José Francisco Serrano Oceja


San Ignacio de Antioquía.

 

 

 

 

No negaré que si hay un período de la historia de la Iglesia que me interesa especialmente es el de la Iglesia antigua. Las lecturas de estos días pasados me han hecho confirmar algo que intuía sobre un aspecto clave de ese período.

El liderazgo en la Iglesia antigua, para ser más precisos, el liderazgo episcopal, estaba ligado a la capacidad de preservar la “regla de fe”, de proteger a la comunidad cristiana de amenazas y desviaciones.

Dado que me he referido a la “Regla de fe” debo definir qué significa este concepto.

Desde muy pronto en el cristianismo hubo un consenso más que amplio respecto a las líneas esenciales de la predicación de la Iglesia vinculadas al ministerio apostólico.

Estamos hablando, cuando nos referimos a la “Regula fidei”, por tanto, de lo que era la enseñanza apostólica original. Una regla que fue eficaz en la lucha contra los herejes y en la presentación del contenido doctrinal, relacionado con la forma en la que uno es cristiano. Es decir, lo que la Iglesia debía preservar y transmitir, lo que permitió preservar el carácter narrativo del Evangelio.

Ignacio de Antioquía tenía claro que la salvación es de aquellos que “creen en Él (Jesús)” y que apartados de Jesús “no tenemos el verdadero vivir” (Tral. 9,2).

Pues bien, quienes ejercían el liderazgo, episcopal, o si quieren añadir por ampliación el presbiteral, eran personas que estaban asociados a la norma ortodoxa de la preservación y transmisión de la Regla de fe.

Como en los dos primeros siglos, no había poderes exteriores y superiores que nombraran o impusieran a esos obispos, dado que era frecuente que las comunidades eligieran a sus líderes, no se puede decir que el episcopado de entonces cumpliera otras funciones, ni respondiera a otros intereses.

Su interés principal era defender esa “regla de fe”, es decir, el depósito de la Revelación que se transmitía en medio de complejas y difíciles circunstancias, en medio de persecuciones externas y de amenazas de disolución de la verdad interna, a través de las herejías. No hay que olvidar que dentro del catálogo de las amenazas del cristianismo antiguo, una que estuvo a punto de acabar con él fue el gnosticismo. ¿Acaso la insistencia en la predicación de determinadas proposiciones social-humanistas no es una nueva forma de gnosticismo?

La función principal del obispo era preservar y transmitir esa “Regla de fe”, el contenido de lo que se creía y de lo que se celebraba, y presidir el culto y explicar las Escrituras. Esa Regla también era una reformulación de la historia de la salvación, creación-caída-redención-consumación.

Si el Concilio Vaticano II pidió volver a las fuentes, yo me pregunto, eso que hacían los líderes eclesiales de los primeros siglos, ¿es lo que se está haciendo ahora?

 

 

José Francisco Serrano Oceja