Tribunas

Navidad: luz del Misterio

 

 

Ernesto Juliá


Un fresco recuerda en el santuario de Greccio
el primer nacimiento interpretado por San Francisco de Asís.

 

 

 

 

 

Una vez más llega en estos días el mensaje que viene de "más allá". En un artículo hablando también de la Navidad, Gerardo Diego se dolía de quienes "ya no juegan con hijos o nietos a armar nacimientos de figuras de barro", porque no se preparan a descubrir en esta venida de Cristo "la armonía del tiempo usadero, erosionante, irreversible, que vivimos los seres humanos, con el otro sentido del tiempo, el extático de la eternidad, que no nos podemos imaginar, pero que sentimos con la luz de la fe".

En Navidad, el Eterno llega al tiempo que pasa, y lo vive. En vivirlo, lo llena de sentido, de Eternidad; y al vivirlo con nosotros, en nosotros, nos llena el alma de Eternidad.

Hay hombres que no aceptan esa eternidad, que no es suya, y quieren fijar su tiempo en el puro "pasar. Es el empeño de convertir estos días en una época más de vacaciones: playas, montaña, fiestas, encuentros de sociedad. Al llegar a la parada del autobús un día cercano a la Navidad, hace ya algunos años, me encontré tirado en la acera, algo desfigurado por la lluvia, el anuncio de un concierto rock: tendría lugar precisamente en las horas de la Nochebuena.

Las grandes avenidas, los rascacielos, el rumor de los coches y de los aviones, las luces de las pantallas de televisión, el ritmo de las canciones rock ¿conseguirán lo que no han logrado años de persecución religiosa en tantos países del mundo?, ¿serán capaces de ahogar el leve fulgor que proviene del portal de Belén?

La invitación a la Navidad continuará oyéndose hasta que el tiempo abrace la eternidad. Las figuras del portal son como el deseo de hacernos participar, en nuestra personal historia concreta, de ese acontecimiento que divide en dos la historia de los hombres.

Al amparo de un abeto de veinte, treinta metros de altura, la representación ocupa cada año su lugar en la plaza de San Pedro de Roma; otros portales, otras figuras, encuentran su rincón en hogares de todo el mundo. Hombres y mujeres, creyentes y no creyentes se acercarán, en el silencio del espíritu, a este misterio del Hijo de Dios hecho hombre, quizá con el amoroso temblor de siglos que movió la pluma de Juan Ramón Jiménez; en su camino, encontrarán alguien -hombre, ángel- que descorra el velo:

 

Me desvelé.
Salí.
Vi huellas
celestes por el suelo
florecido
como un cielo
invertido.
...
Abrí el establo
a ver si estaba
El allí.
-Estaba!

 

Reconozco que en estos días dispongo mi espíritu para saborear la noticia de un hecho histórico, temporal y eterno, que estamos celebrando: la novedad de la Navidad, el acontecimiento que descubrió a los hombres el sentido del mundo, el sentido de su propio vivir.

En el pesebre de Belén está la más asombrosa realidad hecha Carne, hecha Misterio; el más asombroso Misterio escondido en la realidad de la Carne. Y no sólo la de un “hombre que cambió la historia del mundo”; sino la de “Dios hecho hombre, nacido de mujer”, que dio sentido a la historia de los hombres.

En estos días, aquí y allá algunos dirigentes locales levantan la voz para quitar los nacimientos de algún rincón visible de la ciudad. ¿Tienen miedo a que el Niño Jesús, desde la cuna, difunda un espíritu contagioso que ponga en peligro sus puestos de mando? Pretenden llenar el silencio de la Nochebuena con olas de ruido insulso y desacorde: ¿tienen temor al silencio del portal de Belén?

En el silencio y en el Misterio del Nacimiento de Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, revive el silencio y el misterio del primer día de la creación del mundo; de la “incomprensible” Luz que queremos que nos ilumine para descubrir al Creador. Los Reyes Magos lo entendieron bien: la luz de la creación, la estrella, les guio para llegar a Belén, y descubrir al Creador.

Para ser “iluminado” por esa Luz “incomprensible” -realidad que supera cualquier “concepto” de nuestra mente- en estos días de Navidad, quizá el hombre necesita vaciarse de información, de anuncios, de curiosidades más o menos inútiles, y recogerse en sí mismo, aun sumido en preocupaciones, en alegrías, en angustias, para comenzar un diálogo. Un diálogo que no sea un monólogo consigo mismo, aunque comience por una pregunta que a veces no nos atrevemos a hacer: ¿Quién soy yo? La pregunta tendrá respuesta si da lugar a un diálogo en el silencio sonoro de nuestro espíritu con ese Niño “envuelto en pañales”; que tendrá lugar en la soledad acompañada del hombre y del Hijo de Dios hecho hombre, y será movido por el deseo de compartir con Dios el misterio de la creación, el misterio de la existencia humana aquí y más allá de la muerte.

Conscientes de su poder sobre la naturaleza, de la capacidad técnica que les permite el domino de amplias zonas del mundo, muchos hombres contemporáneos se resisten a vivir un “diálogo” semejante, porque no quieren admitir la realidad de algo que no les cabe en la cabeza. Ya ni se preguntan por el sentido de su vivir; por el sentido de su libertad; por el sentido de su capacidad de amar; por el sentido del sufrimiento de la que persona que ama. Lo califican de “inconcebible”, y pretenden que lo sea -quizá porque no apareció en ningún “periódico” de la época-, para quitarle enseguida el derecho a existir, como se lo quitan a un feto que presenta “problemas”.

Siempre se encontrarán hombres y mujeres que cierren los ojos para no ver el Misterio de Dios hecho realidad, y realidad tangible, escondido en un Niño que llora y sonríe en el Portal de Belén. Siempre podremos encontrar hombres y mujeres que se obstinan en no preguntarse nunca por el sentido de su vivir, por saber: ¿Quién soy yo?

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com