Colaboraciones
Leyenda Negra española. La visión negativa del Imperio español. Eduardo Galeano. La Leyenda Negra contra la Hispanidad
12 septiembre, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
Eduardo Galeano en 2012, en la Universidad de Deusto,
Literaktum.
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Se entiende por «Leyenda Negra» al conjunto de invenciones, descontextualizaciones, exageraciones, supresiones de pruebas y doble estándar de juicios contra un pueblo o nación; en este caso, el Imperio español. La Leyenda Negra se puede definir como la tradición acumulada de propaganda e hispanofobia, según la cual el Imperio español es considerado cruel, intolerante, degenerado, explotador y con una religiosidad por encima de la realidad.
El concepto de «Leyenda Negra» desarrollado en Imperofobia y Leyenda Negra de Roca Barea (2018) se resume en la intención de falsear y distorsionar la historia de un pueblo, de una sociedad, de una cultura, de una experiencia civilizatoria, con el claro objetivo de desarrollar una propaganda en contra. Con la llamada Leyenda Negra la experiencia de los reinos y virreinatos en Hispanoamérica fue reducida a conquista y exclusión de los pueblos originarios, haciendo casi imposible explicar que se trata de una de las mayores experiencias de mestizaje de la modernidad.
La Leyenda Negra creció a partir de intereses políticos y religiosos de potencias europeas (como Inglaterra, los Países Bajos y Francia) y de la propaganda protestante contra el catolicismo español.
La Leyenda Negra (una corriente de propaganda y descalificación difundida desde el siglo XVI) es, a la vez, anticatólica y antiespañola. Se generó y se desarrolló en Inglaterra y Francia: primera y principalmente en Inglaterra, en el curso de la lucha entre España y la Inglaterra de los Tudor. El antihispanismo llegó a ser parte integral del pensamiento inglés. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia española, y difundieron por Europa la idea de que España era la sede de la ignorancia y el fanatismo, incapaz de ocupar un puesto en el concierto de las naciones modernas. Tal idea se generalizó por la Europa secularizada y petulante del oscurantismo ilustrado y enciclopedista, señalando a la Iglesia como causa principal de semejante degradación cultural española. Esta idea se difundió después por todo el ámbito anglosajón y naturalmente entre los yanquis.
La visión negativa del Imperio español no responde solo a hechos históricos, sino a una tradición propagandística iniciada en el contexto de rivalidades geopolíticas y religiosas. Panfletos, crónicas y grabados amplificaron abusos reales, pero también los distorsionaron, omitiendo el marco legal y las instituciones creadas para proteger a los indígenas. Conceptos como el «mito del buen salvaje», la dialéctica marxista y la filosofía de la liberación fueron incorporados siglos después en la interpretación de la conquista y el virreinato, moldeando la enseñanza de la historia peruana, por ejemplo, bajo claves ideológicas, más que históricas.
Hay que remontarse al enfrentamiento entre Inglaterra y España, que se dio por múltiples razones. La primera de todas ellas fue la defensa de la reforma protestante y la religión anglicana frente al catolicismo español; y en segundo lugar se encuentra la ambición política de un imperio pujante, que veía necesaria la caída de España para su auge. En este periodo los panfletos ingleses de propaganda antihispanista se mezclaron con los panfletos similares holandeses. Similar situación sucedió en Países Bajos, que buscaba el desprestigio del hispanismo para dar fuerza a su movimiento de independencia. Guillermo de Orange, quien encabezó esta rebelión holandesa, fue quien sacó mayor provecho de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de las Casas, pues mandó publicar 62 ediciones en toda Europa, todas ellas hechas por impresores protestantes.
Estas ediciones estuvieron ilustradas por el grabador y editor Teodoro de Bry, quien ilustró a la Inquisición española como una institución salvaje, bárbara y llena de crueldades. Muchos de los dibujos relacionados a los «crueles castigos» que siguen rondando hasta el día de hoy son producto de la imaginación de Teodoro de Bry y han sido largamente desacreditados por la historia, pero aún no por la cultura popular. Incluso el mismo Voltaire, quien no era para nada simpatizante de la Iglesia, reconoció que Las Casas había exagerado sus números para llamar la atención de lo que consideraba una injusticia, en El ensayo sobre las costumbres, de 1756.
Henry Hawks escribió en 1572:
«Los magistrados del país favorecen mucho a los indios. Y si ocurre que algún español hace daño a alguno de ellos […] en alguna ciudad donde hay magistrado, al instante se le castiga, lo mismo que si lo hubiera hecho con un español» (Madariaga, 1979).
Charles Lummis (2025 [1893]), también señaló que:
«Algunas historias han pintado a esa heroica nación (España) como cruel para indios; pero la verdad es que la conducta de España en este particular a nosotros debería avergonzarnos. La legislación española referente a los indios de todas partes era incomparablemente más extensa, comprensiva, sistemática y humanitaria que la de la Gran Bretaña, la de las Colonias y la de Estados Unidos juntas.
»La preocupación por el respeto a la “propiedad conocida” y el buen trato, se aprecia en la real cédula del 7 de septiembre de 1537 (18 |Informe 1 | Colección Instituto de Estudios Americanos CEU CEFAS)».
El mito del esclavismo colonial también se derrumba al revisar las leyes de la época, las cuales prohibían la esclavitud indígena. Si bien esta fue reemplazada por mano de obra proveniente de África, sus números también fueron mucho menores comparados a los de las colonias inglesas y francesas.
Según los pasajes citados en el libro Los reinos del Perú, llevan a su autor a afirmar que España «no fue dueña ni dominadora de las Indias», sino que más bien su imperio conformaba una colectividad de pueblos, una colectividad que daría forma a lo que se conoce hoy en día como la hispanidad, que une a un conjunto de naciones, pueblos y etnias a través del idioma, la cultura y la fe. Una hispanidad que se resume en la frase «distingue sin separar, para unir sin confundir».
El autor cita finalmente a Stradling para plasmar su conclusión: «La Monarquía española era, por tanto, un imperio de imperios, la mayor unión de pueblos, jurisdicciones y riquezas que se había conocido en el mundo» (Altuve-Febres, 1996).
Esta literatura, a pesar de que tiene más de ficción que de realidad, ha calado en el imaginario latinoamericano, al punto de identificar la llegada de la corrupción, la desigualdad, la violencia y demás males de la sociedad moderna, con la llegada del Imperio español. Una afirmación que carece de evidencia, pues la ciencia histórica nos demuestra que los nativos americanos tuvieron vestimenta, armas, guerras, luchas de poder, sublevaciones y vicisitudes, tal cual todos los pueblos de la humanidad.
Afirma Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015. Escritor y periodista. Fue jefe de redactores en el semanario Marcha, donde colaboraban, entre otros, Mario Vargas Llosa y Mario Benedetti, y director de Crisis. Del mismo modo, se encargó de dirigir el diario de izquierda independiente Época. Con el golpe de Estado del año 1973, resultó encarcelado, censuraron sus libros y tuvo que exiliarse (a Argentina y a España, entre otras localizaciones):
«En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que debían obediencia a un rey y una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo, y que ese dios había inventado la culpa y el vestido, y que había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja» (Galeano, 2012).
Dice don Eduardo (en una entrevista publicada en La Nación, Argentina, 31-XII-2013): «La verdad única no existe. Nada más en las cabezas de los nostálgicos del estalinismo, el dogmatismo que te dice que hay una única manera de entender la política o la solidaridad humana. O los que creen que este sistema que el mundo está soportando es el único posible».
Una frase común cuando se discuten opiniones, posiciones ideológicas y diversos temas, es la de que «nadie tiene la verdad absoluta». También aparece la frase cuando se discute de historia y de vida política, y en especial discutiendo asuntos de doctrina, con la intención de implicar una duda obligatoria.
El alegado relativismo de la verdad permite a muchos suponer un derecho a poner en duda argumentos ajenos, contrarios a los suyos. Se trata de interpretación de datos, dichos y hechos. Tratándose de este tipo de análisis, decir que nadie posee la verdad absoluta puede tener algo de verdad, pues el ver las mismas cosas de diverso ángulo u óptica nos da diferentes percepciones de un hecho o cosa. Como dijo Calderón de la Barca: «Todo es según el color del cristal con que se mira».
En el caso de la trayectoria histórica, y pasado algún tiempo, se dice que, de las guerras, la historia la escriben los triunfadores, y en eso hay mucho de cierto. Cuando se trata de dichos de personalidades o hasta de miembros de un mismo grupo o familia, de lo cual no existe registro alguno, también se alegan diferentes versiones «de la verdad de los hechos». Hasta aquí, la verdad es cuestión de interpretaciones o versiones, sobre todo, cuando son de segunda o tercera mano.
También se aplica a interpretaciones científicas, por ejemplo, en donde se dan diferentes hipótesis sobre cuestiones discutibles. Y allí también resulta que, en lenguaje casero, «cada quien tiene su verdad». Pero todo esto es una manipulación lingüística, ya que NO es la verdad, es la suposición, la creencia, la convicción. Y cuando se habla de verdades a medias, no se trata de medias verdades, sino de mezcla de verdad y falsedad.
Hay otro mundo en donde la verdad es única, y lo que cambia es la aceptación, negación o duda personal sobre la misma. La «verdad» sobre la existencia de Dios, por ejemplo, lo es, y es «única y absoluta», guste o no. Quienes niegan la existencia de la Divinidad creadora, no tienen otra verdad; no, tienen otra opinión, que es diferente. Porque la verdad no es cuestión de opiniones, o es o no es.
La llamada Leyenda Negra contra la hispanidad tiene un efecto devastador sobre el pasado, el presente y también con respecto al futuro de toda Hispanoamérica. De alguna manera, define la posibilidad —o no— de construir sociedades tolerantes, promover el desarrollo y recuperar la grandeza que alguna vez caracterizó a los reinos y virreinatos de las Españas de los siglos XVI, XVII y XVIII. Hoy las amenazas a la libertad en las sociedades hispanoamericanas no se pueden desvincular de la negativa influencia de estas tendencias negrolegendaristas.