Colaboraciones

 

Cinco notas que caracterizan la Escuela de Salamanca, según la historiografía tradicional

 

 

 

13 julio, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


La escuela de Salamanca
Juan Belda Plans
BAC. Madrid, 2000
1024 páginas

 

 

 

 

 

Para Juan Belda Plans (Doctor en Filosofía y Doctor en Teología. Profesor jubilado de Historia de la Teología en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, Pamplona y en la Facultad de Teología de la Universidad Eclesiástica «San Dámaso» de la Archidiócesis de Madrid. Secretario del Simposio Internacional de Teología, Facultad de Teología, Universidad de Navarra, 1980-1984. Miembro fundador de la Academia de Historia Eclesiástica de Valencia, España. Miembro del Instituto de Estudios Hispánicos de la Modernidad, IEHM. Colaborador con el Max-Planck-Institut für Rechtsgeschichte und Rechtstheorie. Frankfurt, am M. Entre sus libros figuran La Escuela de Salamanca y la renovación de la teología en el siglo XVI, BAC maior, Madrid 2000; Historia de la Teología, ed. Palabra, Madrid 2010; Grandes personajes del Siglo de Oro Español, ed. Palabra, Madrid 2013 y la ed. de Melchor Cano, De locis theologicis, BAC maior, Madrid 2006), cinco notas que caracterizan la Escuela de Salamanca, según la historiografía tradicional:

 

1) En primer lugar, es generalmente aceptado que el Maestro Francisco de Vitoria, catedrático de Prima de la Facultad de Teología de Salamanca, fue el origen y primer impulsor de este movimiento cultural. Es decir, se trata de un grupo de intelectuales en torno al Maestro Vitoria, que él formó y a los cuales transmitió unas pautas científicas concretas.

2) En segundo lugar, cabe señalar que no se trataba de una «Escuela» en el sentido medieval del término; i.e., una Escuela compuesta por un gran Maestro, jefe de filas, cuyos discípulos seguían fielmente sus doctrinas y las defendían a ultranza frente a otras posturas. Son las famosas Escuelas Tomista, Escotista y Nominalista, que generalmente coincidían con determinadas Órdenes Religiosas a la que pertenecía el Maestro principal. Los debates ocasionados en defensa de una u otra tesis de la Escuela eran cerrados, y a veces no exentos de cierta obcecación. En el caso que nos ocupa no es así. Vitoria no inicia una Escuela al estilo medieval; no se trata tanto de contenidos concretos, cuanto de un «espíritu científico común» de hacer teología; o si se quiere, un estilo de trabajo teológico que no sigue a un autor determinado, sino que busca la verdad, allí donde esta se pueda encontrar. Por eso el Maestro Vitoria defiende una libertad científica hasta ahora inusual, en el sentido de no «juramentarse» (como él expresa) por ningún autor, ni corriente teológica cerrada, sino que preconiza una búsqueda libre y personal de la verdad, que da lugar a posturas variadas en cuanto a los contenidos concretos, de manera que podemos encontrar opiniones de muy diversos autores (de cualquiera de las Escuelas medievales, o de los autores contemporáneos). Les une un espíritu científico común, que, eso sí, reviste unas ciertas características que veremos a continuación. Esto hace que se pueda señalar una cierta conexión entre ellos, que de algún modo les une y caracteriza, pero de muy distinta manera a lo que ocurría en las Escuelas tradicionales medievales.

3) Vitoria crea una metodología teológica original, que seguirán sus discípulos, y que caracteriza específicamente el quehacer teológico de su Escuela. Es la famosa metodología de los loci theologici, que constituye una nueva epistemología teológica. Esta es recogida y teorizada ampliamente por su principal discípulo Melchor Cano, en su no menos famoso tratado «De locis theologicis, libri duodecim», publicado póstumamente en 1563. Esta obra supuso un «antes» y un «después» en la teología coetánea. De hecho, este método de argumentación y de tratamiento de las cuestiones teológicas se impuso de manera general, y durará siglos. La cátedra De locis que se instaura en las Universidades poco después, da fe de ello. Este rasgo principal y definitorio es el que no se encuentra en otros contextos teológicos anteriores (siglo XV, por ejemplo), o en el mismo siglo XVI en la labor teológica de los maestros pertenecientes a otros ámbitos (sobre todo franciscanos).

4) Otra nota característica es el «tomismo abierto» que asume Vitoria (y subsiguientemente sus discípulos). Se suele aludir a que la Escuela de Salamanca de Vitoria es una escuela «tomista», es decir que en general sigue fielmente los dictados del Aquinate; algo semejante a lo que sucedía en las Escuelas clásicas medievales, donde encontramos a un Capreolo, a un Deza, o a un Cayetano, por citar a los más famosos autores bajomedievales. Esta idea no es correcta, a nuestro modo de ver. Lo cierto es que santo Tomás es para ellos el teólogo más autorizado y de más prestigio, en el cual se ensalza su gran genio y santidad, presente en toda su obra. Se le admira y respeta en primer lugar. Pero hay que añadir que no se le sigue siempre, ni sin discernimiento previo. Esto lo afirma expresamente Vitoria, cuando aconseja tener muy en cuenta la doctrina del Aquinate, pero al que no hay que seguir siempre por principio; es más, habrá veces que parezcan más convincentes otras posturas teológicas, y en ese caso no hay inconveniente de apartarse de las opiniones de santo Tomás.

5) Finalmente, es también definitorio de la Escuela vitoriana lo que podríamos llamar «humanismo crítico», tema este de gran alcance, que aquí no podemos sino resumir en breves trazos. Vitoria (y sus discípulos) son hijos de su tiempo, y en la época de la que tratamos, culturalmente mandaba el humanismo renacentista. Proyectado en el quehacer teológico, esto suponía una serie de notas específicas de gran relevancia, como eran trabajar sobre las fuentes bíblicas originales, dar un realce especial al aparato de teología positiva (Sagrada Escritura, Santos Padres y fuentes de autoridad conciliares, pontificias, etc.). Frente a una teología bajomedieval más bien «verbosista», con una carga dialéctica exagerada (es decir, abstracta y especulativa en exceso), en la que el papel de las fuentes teológicas era gravemente descuidado. El elemento racional-filosófico se hallaba hipertrofiado, oscureciendo, o incluso prescindiendo, de las auténticas fuentes de la Teología.

 

Los teólogos salmantinos aceptan las buenas aportaciones de la cultura humanista, pero rechazan algunos de sus extremos. Por eso podemos hablar de un cierto «humanismo crítico». Hay otros muchos elementos tomados del humanismo (aunque de menor trascendencia), como son el cuidado del estilo latino, los aspectos formales de estructurar y exponer la teología, que se desembaraza en gran medida de la «pesantez» clásica medieval (quaestiones disputatae, Sumas, estructura formal en partes, cuestiones y artículos, etc.). Se agiliza de manera fundamental el trabajo teológico adaptándolo a los nuevos tiempos.