Colaboraciones

 

Corredención y mediación marianas

 

 

 

15 diciembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Desde por lo menos principios del siglo veinte, los autores han manejado de manera consistente y conjuntamente la corredención y mediación marianas, generalmente con el título de «mediación». Por ejemplo, el padre Gabriele M. Roschini, O.S.M., fundador de la facultad teológica romana especializada en estudios mariológicos, Marianum, expresó que algunos mariólogos restringen el título de «Mediadora» a la segunda fase de la mediación (a la cooperación de María en la distribución de la gracia), reservando el título de «Corredentora» a la primera fase, pero incluso esta primer fase, afirma el padre, es una mediación verdadera y apropiada, ya que es una participación en la obra Mediadora de Cristo.  Esto se sigue lógicamente del hecho de que ambas fases podrían ser vistas como subdivisiones de la amplia categoría que tiene la «mediación mariana», o de lo que consistentemente describiera el difunto padre Giuseppe Besutti, en su Bibliografía Mariana desde 1968, como María en la historia de la salvación (historia salutis).  Estas dos fases de la redención se diferencian frecuentemente como «objetiva» y «subjetiva», así como por otras distinciones. De hecho, muchos documentos pontificios, enseñan claramente que la cooperación de nuestra Señora en la distribución de la gracia, fluye directamente de su función corredentora.

Normalmente y en el idioma inglés, el término Corredentora requiere de alguna explicación inicial, porque con frecuencia el prefijo «co» suscita de inmediato visiones de completa igualdad. Por ejemplo, un cofirmante de un cheque o un copropietario de una casa, es considerado coigual con el otro firmante o propietario. Por lo tanto, muchos temen que al describir a nuestra Señora como Corredentora, este término la ponga al mismo nivel que su divino Hijo, implicando que ella es «Redentora» al igual que Él, reduciendo de esta forma a que Jesús «sea la mitad de un equipo de redentores».  Sin embargo, en latín, del que se deriva el término Corredentora, siempre significa que la cooperación o colaboración de María en la redención es secundaria, subordinada, dependiente de la de Cristo —y sin embargo por todo eso— algo que Dios «quiso aceptar voluntariamente… constituyendo una parte innecesaria, pero al mismo tiempo maravillosamente agradable, del único gran precio» que pagó su Hijo por la redención del mundo.

Mark Miravalle lo expresa así: el prefijo «co» no significa igual, sino que viene de la palabra latina, «cum» que significa «con».

El título Corredentora que se aplica a la Madre de Jesús, jamás pondrá a María a un nivel de igualdad con Jesucristo, el divino Señor de todo lo que existe, en el proceso salvífico de la redención humana. Más bien, denota una singular y única participación con su Hijo en la obra salvífica de la redención de la familia humana. La Madre de Jesús participa en la obra redentora de su Hijo Salvador, quien de manera única y en su gloriosa divinidad y humanidad, reconcilió a la humanidad con el Padre.

La palabra «Corredentora» hace su primera aparición a nivel magisterial mediante pronunciamientos oficiales de las congregaciones romanas durante el reinado del Papa San Pío X (1903-1914), y luego pasa a formar parte del vocabulario papal.

La primera vez que un papa usó el término, ocurrió durante una alocución que el papa Pío XI (1922-1939) dirigió a los peregrinos de Vicenza el 30 de noviembre de 1933: «Por la naturaleza de su obra, el Redentor debía asociar a su Madre con su obra. Por esta razón, Nosotros la invocamos bajo el título de Corredentora. Ella nos dio al Salvador, lo acompañó en la obra de redención hasta la cruz, compartiendo con Él los sufrimientos, la agonía y la muerte, con los que Jesús dio cumplimiento cabal a la redención humana».

El papa Pío XI se refirió a nuestra Señora como Corredentora, el 28 de abril de 1935 durante un mensaje de radio con motivo de la clausura del Año Santo en Lourdes: «Madre, la más fiel y misericordiosa, Vos, que como Corredentora y socia de los dolores de Vuestro querido Hijo, lo asististeis cuando ofrecía el sacrificio de nuestra redención en el altar de la cruz... conservad en nosotros e incrementad día con día, os lo suplicamos, los frutos preciosos de nuestra redención y Vuestra compasión».

Juan Pablo II resumió el asunto, en su audiencia general del 13 de diciembre de 1995, de esta manera: «Durante las sesiones del concilio, muchos padres deseaban enriquecer mayormente la doctrina mariana expresando de otra manera el oficio que tuvo María en la obra de salvación. El contexto particular en el que se llevó a cabo el debate mariológico del Vaticano II, no permitió que estos deseos, aunque substanciales y difundidos, fueran aceptados, pero toda esta discusión acerca de María durante el concilio, permanece en vigor y bien balanceada, y los temas en sí, aunque no están plenamente definidos, recibieron atención significativa al tratárseles de manera general. Siendo así que el titubeo de algunos padres con respecto al título de Mediadora, no fue un impedimento para que el concilio usara una vez este título, y para que afirmara, en otros términos, la función mediadora de María cuando consintió a su maternidad en el orden de la gracia, según el mensaje del Ángel (cf. Lumen gentium, n. 62). Es más, el concilio afirma que su cooperación en la obra de restaurar la vida sobrenatural de las almas fue «en forma enteramente impar» (ibid., n. 61).

Por lo tanto, es absolutamente claro que los padres del concilio hablan de la colaboración activa de María en la obra de la redención y lo ilustran con el paralelo Eva/María, que encontramos ya en los escritos de los padres postapostólicos, san Justino Mártir, Ireneo y Tertuliano.

El concilio no sólo enseña que María, a lo largo de su vida y en términos generales, estuvo asociada con Jesús en la obra de la redención, sino que ella se asoció a sí misma con su sacrificio consintiendo con él. Además, los padres del concilio afirman en el número #61, que María:
«padeció con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperando en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas».

Juan Pablo II, de una manera totalmente pública, rehabilitó la palabra Corredentora y la usó de forma análoga, por lo menos seis veces en declaraciones públicas, esto sin mencionar sus referencias, más numerosas aún, del concepto que representa este término.

El oficio de la Santísima Virgen como cooperadora, tiene su origen en su divina maternidad. Dando a luz a Aquél que estaba destinado a obtener la redención del hombre, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, y padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, «cooperó en forma enteramente impar... a la obra del Salvador» (Lumen gentium, n. 61). Aunque la llamada de Dios para cooperar en la obra de la salvación concierne a cada ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad, es un hecho único e irrepetible.

Veamos la elegante alusión que hizo Paulo VI sobre el tema de la «nueva Eva», en su exhortación apostólica Marialis Cultus, del 2 de febrero de 1974, afirmando que: «María, la nueva mujer, está al lado de Cristo, el nuevo hombre, en cuyo misterio, el misterio propio del hombre encuentra la verdadera luz».

La proclamación dogmática de la Madre de todos los pueblos, Corredentora, Mediadora y Abogada, sería la puerta de la nueva evangelización. Sería el «nuevo Caná», el puente renovado que conecte el corazón humano con el Corazón de Cristo revelado de una manera fresca, a través del corazón de la Madre (cf. Jn 2:5). Sería la Estrella del Mar que serviría de brújula en la gran pesca espiritual del Duc in altum.