Colaboraciones

 

Toda persona está llamada a la sinceridad y a la veracidad en el hacer y en el hablar

 

 

 

20 noviembre, 2025 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La verdad existe. La verdad y la mentira

La verdad existe, independientemente de cada uno de nosotros, y nos toca hacer todo lo posible para encontrarla.

El tomismo, que sirvió a la Iglesia como base de sus estudios filosóficos y teológicos, nos da una definición de la verdad: Adæcuatio rei et intellectus (la adecuación de la realidad y del intelecto); es decir, el acto por el cual el intelecto capta la realidad.

Pero Jesús nos da otra definición a quienes creemos en Él: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). En efecto, para los cristianos, Dios es la suma verdad y el fundamento de toda verdad. Esa hambre que siente el ser humano de la verdad a final de cuentas es hambre de Dios, es el hombre que por su naturaleza tiende a Dios.

Si la verdad hace libre al hombre, la mentira lo esclaviza. Todos, tristemente, tenemos la experiencia de cómo una sola mentira, aparentemente inocente, desencadena una serie de mentiras para sostener la primera. Hay vidas que se han construido sobre los cimientos falsos de una mentira. Los protagonistas de esas vidas viven siempre con el terror de ser descubiertos y de que su edificio se derrumbe.

La verdad es una actitud que se forma en el hogar y que surge, también, del amor. Los seres amados no merecen una mentira. No podemos finiquitar, finalizar en falsedades el aprecio de los que nos rodean. No tenemos que inventarnos cualidades que no poseemos para ser apreciados.

Un mentiroso deja de tener credibilidad y prestigio moral. El que es veraz se gana la confianza de los demás y su testimonio es válido.

El hombre es una unidad perfecta. Todo lo que es mentira, falsedad, fingimiento, inautenticidad, rompe esta unidad. La ruptura se da entre el ser y el actuar, entre el pensar y el decir, entre el decidir y el cumplir. Y las consecuencias son: infelicidad, insatisfacción, ruptura de la armonía de la personalidad.

La mentira es decir o hacer lo contrario de lo que se piensa, con intención de engañar. Sólo se miente cuando hay intención real de engañar. Por tanto, va contra la caridad, pues busca confundir y engañar al otro.

 

La mentira puede presentar varias caretas

- La hipocresía: mentir con la vida. Leer el evangelio de san Mateo capítulo 23.

- La calumnia: echar al prójimo una falta que se sabe que no ha cometido. El pecado de calumnia es de mucha gravedad, ya que combina tres pecados: uno contra la veracidad (mentir), otro contra la justicia (herir el buen nombre ajeno), y el tercero contra la caridad (fallar en el amor debido al prójimo).

La calumnia hiere al prójimo en lo más delicado: su reputación. ¿Qué hay en la tierra, entre los bienes humanos, más grande, más valioso, que el honor, que el buen nombre? El pecado de calumnia es mortal, si con él dañamos gravemente el honor del prójimo, aunque sea en la estimación de unas pocas gentes.

- La simulación: mentir con hechos. Por ejemplo, delante de nuestros padres, del maestro, de nuestro jefe, del sacerdote... somos correctos, pero se van y comenzamos a portarnos mal.

- Adulación: adular, para conseguir algo.

 

Atropellos contra este octavo mandamiento

Hay también pecados contra la fama o el honor del prójimo, unos son de pensamiento, otros de palabra. Todos atropellan la virtud más importante que tenemos los cristianos: la caridad.

- Sospecha temeraria: es dudar voluntaria e internamente de las buenas intenciones de los demás sin tener fundamento sólido para ello. Se da por prejuicios, envidias y por un espíritu mezquino que considera a los demás incapaces de hacer el bien. Debemos siempre pensar bien del prójimo.

Juicio temerario de la conducta del otro: Es pensar mal del otro, sin tener fundamentos. Nos dice Cristo: No juzguéis y no seréis juzgados… con la misma medida con que midiereis seréis medidos vosotros (Mateo 7, 1-2). ¿Nos atrevemos a constituirnos en juez de todos los demás?

- La murmuración o difamación: es cuando comentamos en público sin necesidad, defectos o pecados de los demás, que son ciertos, pero no es de nuestra competencia hacer esto. Consiste en dañar la fama ajena manifestando sin causa justa pecados y defectos que son verdad. ¡Es falta de caridad! Y ya sabemos que la caridad es la virtud principal del cristiano. Por mucho que recemos y hagamos novenas y llevemos medallas colgadas sobre el cuello, si no tenemos caridad, de nada sirve esa religiosidad. De nuevo es Dios quien nos advierte, a través del apóstol Santiago: Si alguno se precia de ser religioso, sin refrenar su lengua, antes bien, engañando o seduciendo con ella su corazón, la religión suya vana es (1, 26). No olvidemos lo que nos dice Dios en el libro del Eclesiástico: El golpe del azote deja moretones; pero el golpe de la lengua desmenuza los huesos (28, 21).

- Falso testimonio: consiste en afirmar o negar como testigos algún hecho con la intención de distorsionar la verdad para perjudicar o defender injustamente a alguien. El fondo de este pecado es la mentira, pero incluye además el perjurio contra la fama del prójimo pues se comete la tremenda injusticia de declarar oficialmente con mentira contra él.

- Injuria: cuando atacamos al otro en su presencia.

- Burla: por algún defecto que tenga la otra persona. Son esas bromas de mal gusto, esas risotadas por deficiencias del prójimo: por sus pecas, por sus orejas, por su nariz aguileña, por sus labios grandotes, por sus ojos saltones, etc.

- Maldición: pedir un mal contra el prójimo.

- Locuacidad: es el hablar sin pensar. Cuando alguien habla mucho, es fácil que caiga en mentiras, exageraciones, o simplemente palabras ociosas que no aprovechan a nadie.

- La susurración: es el sembrar cizaña entre los demás. El típico «¿Sabes lo que fulanito dijo de ti?» El susurrador suscita el odio y la venganza. Causa graves daños en las relaciones personales y familiares y puede llegar a ocasionar guerras, divorcios o peleas.

- La contumelia: en este pecado el prójimo está presente. Este pecado de contumelia adopta distintas modalidades. Una de ellas sería, por ejemplo, negarnos a dar al prójimo las muestras de respeto y amistad que le son debidas, como no contestar su saludo o ignorar su presencia, como hablarle de modo altanero o ponerle apodos humillantes.

- Revelar secretos: otro posible modo de ir contra el octavo mandamiento es revelar secretos que nos han sido confiados. La obligación de guardar un secreto puede surgir de una promesa hecha, de la misma profesión (políticos, médicos, investigadores, etcétera), o, simplemente, porque la caridad me lleva a no divulgar lo que pueda dañar o herir al prójimo. Se incluyen en este tipo de pecados leer la correspondencia ajena sin permiso, o escuchar conversaciones privadas atrás de la puerta o por la extensión telefónica, o meterse en la casilla de correo electrónico del otro para leer los mails que le mandan.

La gravedad del pecado dependerá en estos casos del daño o perjuicios ocasionados por nuestra actitud. Conviene recordar por último que este mandamiento, igual que el séptimo, nos obliga a reparar los males causados.

Si perjudicamos a un tercero con alguna mentira, lo difamamos, lo humillamos o revelamos sus secretos, nuestra falta no estará saldada hasta que compensemos los perjuicios lo mejor posible. Y debemos hacerlo, aunque hacer esa reparación nos exija humillarnos o sufrir un perjuicio nosotros mismos.

Si hemos calumniado, debemos decir que nos habíamos equivocado radicalmente; si hemos murmurado, tenemos que compensar nuestra difamación hablando cosas buenas del afectado; si hemos insultado, debemos pedir disculpas, públicamente, si el insulto fue público; si hemos revelado un secreto, debemos reparar lo mejor que podamos las consecuencias que se sigan de nuestra imprudencia.

Si hemos tocado el honor del prójimo, debemos reparar y rectificar.

Y no hablemos de algunos medios de comunicación social y de algunos periodistas. Son el cuarto poder, después del legislativo, ejecutivo y judicial. Si tú decides ser periodista, lo primero que se te pide es que digas siempre la verdad objetiva de los hechos, y con respeto, sin meterte en la vida privada de las personas. Estás llamado a observar la verdad, que es el fundamento de toda ética. En los medios de comunicación social se juega algo fundamental: la relación de la comunicación de la palabra y la imagen con la verdad. Ojalá que la pasión, fuerza y capacidades comunicativas de todos los periodistas estén siempre puestas al servicio de la verdad y el bien común para construir una sociedad más justa y fraterna.

Los medios de comunicación social son algo bueno. El problema está no en lo que son, sino en la forma en que se usan. Los medios de comunicación son una respuesta maravillosa a las necesidades del hombre de comunicarse y ser informado y han ido adquiriendo cada vez más importancia en todas las sociedades, gracias a la influencia que ejercen sobre la opinión pública.

La obligación del octavo mandamiento de decir siempre la verdad no nos obliga a decir todas las verdades que conocemos. Hay muchas cosas que tal vez sabemos y que la prudencia, la discreción o la caridad nos dictan no decirlas a menos que sea indispensable.

Nuestra seguridad y la de los demás, el respeto a la vida privada y el bien común, son causas suficientes para no sentirnos obligados a decir las verdades que conocemos. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla, nos dice el Catecismo de la Iglesia católica, 2489.

Hombre veraz y auténtico es el que tiene las riendas de su ser, posee iniciativa y no falla. Es coherente y nos enriquece con su modo de ser estable y sincero. Hombre veraz y auténtico es aquel que armoniza las palabras con los hechos, es como debe ser, actúa como debe actuar, elige en virtud del ideal que orienta su vida y no a impulsos de sus intereses particulares; es fiable y creíble, tiene palabra de honor y consiguientemente inspira confianza.