Colaboraciones

 

Nuestras obligaciones para con Dios

 

03 enero, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

Si la fe no es una simple creencia paralela a nuestra vida, sino parte integrante de toda nuestra existencia, es lógico que amemos, con un amor grande, al Dios en el cual creemos.

Esta es nuestra primera obligación, y de cómo la vivamos depende el talante espiritual y humano que demos a nuestra existencia. Nuestro Dios es un Dios celoso que no permite que desviemos de Él nuestra atención y nuestro corazón. Y es que el hombre ha sido creado para dar gloria a su Creador y alcanzar la felicidad eterna a su lado en el cielo.

El primer mandamiento nos previene contra el constante peligro de idolatría que acecha al hombre de todos los tiempos. El dinero, la carne, el placer, el prestigio personal, la ambición, el progreso de la ciencia, el poder humano, el arte, el deporte…, están reclamando continuamente de nosotros un acto de culto y adoración. El pecado del hombre consiste precisamente en olvidarse de su verdadero Dios para construirse becerros de oro que se pueden ver y tocar con las manos.

El primer mandamiento, de un modo positivo, nos recuerda nuestras primeras obligaciones: deber de ofrecer a Dios el culto debido con dignidad; obligación de adaptar nuestra vida a los planes divinos; necesidad de cultivar nuestra vida interior para unirnos más al Señor; evitar toda ocasión de pecado; cultivar esmeradamente las virtudes espirituales y humanas; realizar buenas obras; ser exigentes y delicados con nuestros deberes religiosos; defender las cosas de Dios y hacer apostolado; estudiar a fondo nuestra doctrina… En definitiva, hacer todo aquello que a Dios le agrada; cumplir su voluntad.