Colaboraciones

 

¿Qué tiene la educación para ser una bandera tan discutida?
¿Por qué provoca reacciones tan vivas y tantas veces enfrentadas?

 

 

30 diciembre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

Fue a partir de la Ilustración cuando los poderes públicos comenzaron a hacerse cargo de la educación.

     Con esta toma de conciencia empezó la gran batalla por la educación propia de la historia contemporánea en la que aún seguimos inmersos. Cuando los gobernantes cayeron en la cuenta de que el poder pasa por tener bajo control la educación, se lanzaron a su conquista (a la conquista de la infancia y la juventud) proclamando las bondades de la educación que era presentada, junto con el progreso técnico, como la gran fuente de donde manaría la "felicidad" de los ciudadanos, término y concepto del que los teóricos de la Ilustración usaron y abusaron hasta la saciedad. El poder, que tiende a ocuparlo todo y al que siempre le estorba cualquier freno que pueda poner límites a su acción, vio la necesidad de hacerse con las riendas de la educación. Dicho de otro modo, la educación empezó a ser vista como arma. No hace falta explicar mucho que la razón de fondo no era la tan cacareada felicidad de los súbditos sino el dominio sobre las personas y en definitiva sobre el devenir de la sociedad.

     ¿Qué tiene la educación para ser una bandera tan discutida? ¿Por qué provoca reacciones tan vivas y tantas veces enfrentadas?

     La educación es determinante en gran medida del destino de la persona, no solo de su destino temporal, en esta vida, sino de su destino eterno.

     Lo que está en juego, pues, no es tanto la instrucción de las personas —que también— cuanto la salvación de las almas. Y la salvación del alma es siempre (siempre, siempre, siempre) motivo de lucha tenaz, porfiada y hostil. Esta es la razón profunda por la cual la educación es campo de batalla, una batalla que a fin de cuentas no es distinta de la que se da en otros campos como son el de la vida, la familia, los medios de comunicación o la acción social.

     En el artículo “La batalla de la escuela”, publicado en Sotodelamarina, dijimos:

La batalla de la cultura hay que entablarla en su raíz. Ganarla ahí es vencer. Hay que darse cuenta de que ganar la batalla de la cultura —en la que los marxistas cuentan con muchos aliados de talante liberal— es ganar la batalla contra la descristianización de la sociedad que los marxistas pretenden. Ganar la batalla de la cultura es ganar la batalla de la escuela, porque solo una sociedad con cultura cristiana puede exigir una escuela cristiana.

     O, como afirmamos también en este otro escrito, “La función educativa del Estado”, publicado en el citado Portal:

La escuela no debe ser un órgano ejecutivo del Estado, ni un campo de experimentación política, ni un recinto de manipulación. La forja y el adoctrinamiento de niños por el Estado deben rechazarse, salvo que alguien los considere deseables para sus hijos.

   Solamente un Estado proclive al totalitarismo puede arrogarse el derecho a decidir sobre la hechura espiritual de sus ciudadanos, sobre sus modos de sentir y pensar, sus conocimientos y sus convicciones. El Estado como institución se excede inevitablemente en sus atribuciones cuando pretende dar disposiciones y prohibiciones sobre dónde deben los niños recibir enseñanza y ser educados.

   La escuela no debe ser degradada a la condición de instrumento político manejado por la mayoría parlamentaria de cada momento, pues ello constituiría una forma sutil de dictadura. Y por esto es necesario que deje de servir como fábrica de ideologías para los revolucionarios reprimidos.

   La misión del Estado debería consistir en conciliar los diversos intereses de sus ciudadanos, ejerciendo una alta mediación, y en proteger la libertad de conciencia, exigir y controlar unos mínimos de conocimientos y procurar para todos las mismas oportunidades de educación y formación en un régimen de libre promoción de centros.

   El monopolio estatal de la enseñanza se opone a los derechos natos de la persona humana, al progreso y a la divulgación de la misma cultura, a la convivencia pacífica de los ciudadanos y al pluralismo que hoy predomina en muchas sociedades. Por ello, a toda persona de mentalidad auténticamente liberal debe parecer obvio que los padres, a quienes incumben con preferencia la misión y el derecho inalienables de educar a sus hijos, deben ser realmente libres para elegir escuela.

   Todos tienen derecho a la educación, pero nadie está condenado a la uniformidad y al igualitarismo. Un pluralismo social sin un derecho libre a la educación es, si acaso, una broma de mal gusto: que el precio que se paga por la libertad sea la pérdida de la libertad.

   En otras palabras, se acepta el pluralismo como un hecho político, pero se niega el pluralismo como característica fundamental de la comunidad.

 

     Si el hombre se ha de mover en una sociedad compleja y cambiante, el problema está en hacerle capaz de distinguir lo importante de lo trivial, lo permanente de lo transitorio, lo real de lo aparente. Solo así el hombre podrá ir seguro por un mundo propicio a la confusión y en el que reina la ambigüedad; solo así será capaz de encontrar “camino en el mar, entre las olas senda segura” (Sabiduría, 14, 3). La educación, si tiene como fin el desarrollo pleno de todas las facultades del hombre, ha de tener siempre en cuenta su dimensión espiritual y el fin último trascendente al que está llamado por Dios.