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La política de hoy, ¿un simple juego de negocios?

 

15 noviembre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

Olvidada la persona como fundamento y reemplazada por el individuo teóricamente individualista y salvaje, la política de hoy es un simple juego de negocios cuyo premio es el poder. No se puede esperar nada bueno de este juego. En serio: nada bueno.

La humildad y el amor son dos elementos esenciales para quien gobierna, dice el Papa Francisco.

"¡No se puede gobernar sin amor al pueblo y sin humildad! Y cada hombre, cada mujer que debe tomar posesión de un servicio público, debe hacerse estas dos preguntas: '¿Amo yo a mi pueblo, para servirle mejor? ¿Soy humilde y escucho a los otros, los diferentes puntos de vista, para elegir el mejor camino?'. Si no se hacen estas preguntas, su gobierno no va a ser bueno. El gobernante, hombre o mujer, que ama a su pueblo es un hombre y una mujer humilde", afirma el Papa Francisco.

Un servidor de la sociedad tiene que tener una gran formación en valores, pues su trabajo es trascendental para la sociedad.

Un gobernante necesita recordar que el poder está orientado al bien común, no al servicio de las propias preferencias ideológicas en contra del legítimo pluralismo.

Es bueno señalar por ejemplo que la carta encíclica Evangelium vitae señala que el aborto colisiona contra el logro del bien común:

Por tanto, las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente no solo al bien del individuo, sino también al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez jurídica. En efecto, la negación del derecho a la vida, precisamente porque lleva a eliminar la persona en cuyo servicio tiene la sociedad su razón de existir, es lo que se contrapone más directa e irreparablemente a la posibilidad de realizar el bien común.

El bien común debe estar por encima de intereses personales. Al mismo tiempo no se deben violar los derechos naturales de ninguna persona.

El Gobierno surge en su origen conceptual, como institución al servicio de la sociedad, para servir a la sociedad y para ayudar a la sociedad.

Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país.

El gobernante más apto para cualquier puesto político, es aquel que sea uno consigo mismo y que tenga una correcta escala de valores. Que sea un hombre bueno moralmente e íntegro. Debe ser un hombre que decida sus principios, viva de acuerdo a ellos, y esté dispuesto a ponerlos en práctica. Después, ciertamente, se podrá discutir la verdad última de cuanto se cree, pero primero hay que saber si efectivamente lo cree y por ello lo vive tanto en la vida pública como de manera privada.

La doctrina social de la Iglesia expone las obligaciones de los gobernantes y de los ciudadanos de promover y defender todos los derechos humanos (el más fundamental es el derecho a la vida) y buscar el bienestar de todos. Que nadie esté por encima de la ley y nadie fuera de su amparo.

Todo aquel que ha proclamado que quiere prestar un servicio, un servicio a nuestra patria en funciones muy diversas, tiene que mostrar en la práctica que en realidad ha llegado a ese puesto para servir y no para servirse, no para enriquecerse; sino para dar lo mejor que tiene en favor del pueblo que tanto lo necesita.

El criterio fundamental para configurar la propia conciencia es la obligación de evitar el mal y de favorecer el bien. En temas que afectan a la vida y los derechos de la persona, el criterio básico es el de aceptar y favorecer lo que esté conforme con la ley natural, según una valoración moral apoyada en la misma naturaleza humana que favorece el desarrollo de las potencialidades humanas de acuerdo con el bien de la persona, en verdad y justicia.

En 1946, Pío XII dijo a un grupo de jóvenes que comenzaban en la política, entre ellos el que luego fue gran estadista italiano, Alcides De Gásperi: "Id al Parlamento para servir; no cedáis en cuestión de principios; tened las puertas abiertas pues la democracia significa colaborar; no penséis en vuestros intereses particulares, sino en los de la comunidad. Id al Parlamento con espíritu ágil: capaz de subir escalones si os piden desempeñar puestos de responsabilidad, pero también de bajar con elegancia y humildad cantando alabanzas al Señor... sin romperos el 'fémur espiritual' que es una de las fracturas más peligrosas", con mayor razón si se trata de cuestiones referidas a la defensa de la verdad y de la libertad de conciencia.