Colaboraciones

 

La independencia de Cataluña y los católicos

 

Hace cinco años (2012), publiqué un artículo sobre una visión católica y moral del independentismo catalán. A petición popular, vuelvo a publicarlo (2017), considerando que lo que entonces era verdadero sigue siéndolo hoy, si bien, por desgracia, la situación parece ser más apremiante

Un escrito de Bruno M.

 

 

28 octubre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

Escribo este artículo a raíz de algunas afirmaciones que hizo hace unos días Monseñor Novell, obispo de Solsona, en relación con la independencia de Cataluña y los católicos. Me gustaría empezar diciendo que estimo mucho a D. Xavier Novell, a quien entrevisté hace tiempo, y que no escribo de ningún modo contra él, sino solo matizando sus declaraciones con todo el respeto que se merece y con la libertad que la Iglesia concede a sus hijos para manifestar públicamente su opinión (cf. canon 212 § 3).

Creo que la postura de Monseñor Novell podría resumirse en que un católico puede legítimamente ser independentista. Estoy de acuerdo con esa afirmación, pero pienso que está incompleta. Es verdad, pero solo media verdad, y todos sabemos que las medias verdades a veces oscurecen las cuestiones en lugar de aclararlas.

Para ser absolutamente precisos, habría que afirmar que desear la independencia de una región o un territorio no es necesariamente malo, ni está necesariamente prohibido para un católico. En ese sentido, en principio y sin más datos, un católico puede estar a favor de una causa independentista. Sin embargo, cuando pasamos del caso general a los casos concretos, la cuestión se hace más compleja. Que algo no sea necesariamente malo en general no excluye que sea malo de hecho en un caso concreto.

Que un católico pueda ser independentista en general no implica que pueda ser independentista catalán en concreto. Un caso análogo es el de la guerra. Una guerra no es necesariamente mala. La doctrina católica reconoce la posibilidad de una guerra justa. Por lo tanto, en principio, un católico puede estar a favor de una guerra. Sin embargo, a la hora de considerar si puede de hecho estar a favor de una guerra concreta, ya no basta con decir que en general la guerra justa es posible, sino que hay que determinar si se cumplen una serie de condiciones. Y esas condiciones son, forzosamente, muy estrictas, ya que la guerra supone siempre una serie de males muy graves que solo pueden soportarse como mal menor cuando la alternativa sea aún peor.

He escogido el ejemplo de la guerra justa a propósito, porque, aunque se trate de un orden de cosas diferente, la independencia de una región o un territorio también supone siempre una serie de males e injusticias muy graves. En todos los casos. ¿Por qué? Por dos razones fundamentales, que veremos a continuación.

En primer lugar, porque una independencia, por su propia naturaleza, se consigue siempre a costa de los derechos de los demás habitantes del país del que se desgaja la región. Se priva a esos habitantes de una parte de su país, extinguiendo por lo tanto todos o buena parte de los derechos que tenían legítimamente con respecto a ella.

En el caso concreto de Cataluña, al ser esta una región de España, es parte de mi país. Yo he nacido en Madrid y, como español, en principio Cataluña es tan mía como del Señor Artur Mas. Uno de mis antepasados participó en el alzamiento de San Carlos de la Rápita, en Cataluña y muchísimos madrileños, gallegos o murcianos tendrán antepasados que derramasen su sangre por defender España, incluida Cataluña. Otros innumerables españoles, a lo largo de los siglos, habrán vivido, servido, trabajado, estudiado, construido carreteras, edificado casas o creado embalses en Cataluña o habrán arado, sembrado, industrializado, protegido o amado a Cataluña.

Como español, yo podría irme mañana a vivir a Barcelona si quisiera, sabiendo que seguiría viviendo en el mismo país, con los mismos derechos que tengo actualmente y en pie de igualdad con cualquier otro español que viva allí. De hecho, estuve a punto de hacerlo hace unos años. En cambio, si hubiera una independencia, eso cambiaría forzosamente. Quizá (o quizá no) podría trabajar en Cataluña, pero ya como un extranjero en lugar de en mi propio país. La independencia de Cataluña nos arrebataría esa parte de nuestro país a todos los españoles. Aún más grave sería el caso de alguien cuya familia sea originaria de Cataluña pero que se sienta español ante todo y tuviera que salir de allí en caso de independencia para seguir viviendo en España, abandonando la tierra de sus antepasados.

La independencia de una región, por lo tanto, y al margen de que esté justificada o no, despoja siempre de sus derechos a una gran cantidad de personas, porque les despoja de esa parte de su país. Esto es un hecho objetivo que hay que tener forzosamente en cuenta a la hora de valorar una postura independentista. En esta línea, la Conferencia Episcopal Española señaló que “los nacionalismos, al igual que las demás opciones políticas, deben estar ordenados al bien común de todos los ciudadanos, apoyándose en argumentos verdaderos y teniendo en cuenta los derechos de los demás y los valores nacidos de la convivencia” (Instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España, noviembre de 2002).

En segundo lugar, una independencia siempre destruye un bien moral, que es la unidad del Estado original. Una de las funciones de la autoridad estatal es, precisamente, mantener la unidad del país, porque esa unidad es un bien del que disfrutan sus ciudadanos. La unidad de los hombres es un bien en sí misma, siempre que sea justa. En ese sentido, los obispos españoles hablaron hace tiempo de la unidad de España como un bien moral. Por ello, la Iglesia apoyó los inicios del proyecto de unidad europea, obra de católicos, aunque posteriormente se haya deformado la idea original.

Además, en el caso de España y para los católicos en particular, existe una circunstancia que da aún mayor importancia a este segundo aspecto: la vinculación de la propia idea de España al catolicismo. No queda moderno decirlo, pero es un hecho evidente en cuanto se estudia un poco de Historia que la formación de España está indisolublemente unida al catolicismo. La conversión de Recaredo en contraste con el arrianismo, la Reconquista ante el avance del Islam, la conquista de América unida a su Evangelización y el papel de España en la historia de Europa en contra del Protestantismo, entre otros muchos acontecimientos, muestran que no puede entenderse España sin el catolicismo. Así lo señalaba, por ejemplo, García Morente: “En España, en cambio, la religión católica constituye la razón de ser de una nacionalidad que se ha ido realizando y manifestando en el tiempo a la vez como nación y como católica, no por superposición, sino por identidad radical de ambas condiciones”. No es, pues, extraño que los ataques contra el catolicismo hayan ido de la mano de los ataques a la unidad de España. El caso más claro es el de las dos repúblicas anticatólicas, que estuvieron a punto de desmembrar definitivamente España hasta extremos verdaderamente ridículos.

En cambio, la realidad comprobable, al margen de idealismos y excusas, es que el nacionalismo catalán ha contribuido a descristianizar brutalmente Cataluña en el último medio siglo. En esos años, Cataluña ha pasado de ser una de las regiones más cristianas de España a sobresalir por su secularismo. Como botón de muestra, hace poco se hizo público que, en Barcelona y Gerona, el ochenta por ciento de las bodas se celebran por lo civil, cuando en el conjunto de España son el sesenta por ciento (y un porcentaje bastante menor si se excluyen precisamente las cifras de Cataluña). En una buena parte de los clérigos, un nacionalismo exaltado ha tomado el lugar de la propia religión, como un ídolo.

He hablado con diversos sacerdotes y laicos que habían vivido en Cataluña y habían salido hartos de allí por la mezcla asfixiante de nacionalismo y religión. El protestantismo crece mucho más en Cataluña que en el resto de España, en buena parte entre los hispanoamericanos, a los que se hace sentir como extranjeros en lugar de como hermanos en la fe. El propio Monseñor Novell me decía, en la entrevista que le hice, lo admirable que era ver a los sudamericanos aguantando con fe toda la Misa en catalán, sin entender nada… y ni siquiera se le ocurría la sencillísima posibilidad de ponerles Misas en castellano, ya que todos sus sacerdotes y sus fieles lo hablan perfectamente. La propia web de la diócesis de Solsona solo está en catalán. Y todo esto con un obispo que, sin ninguna duda, está deseando evangelizar, pero que vive en un ambiente en el que el catalanismo lo impregna todo.

En tercer lugar, no hay que olvidar la probabilidad muy grande de que un proceso independentista dé lugar a una guerra, con todos los males que eso conlleva. Esto no sucede siempre, pero sí casi siempre, porque los despojados de sus derechos, como es lógico, no aceptan ese despojo alegremente. En el caso de Cataluña, recordemos que, según la propia Constitución, el Ejército es garante de la unidad de España, de manera que, en principio, estaría obligado a detener por la fuerza de las armas cualquier posible independencia.

Volviendo al tema que nos ocupa, ¿esos dos males e injusticias graves que siempre causa una independencia (y la posibilidad de una guerra) excluyen necesariamente que un católico pueda estar a favor de la independencia de una región? No. Un proceso de independencia es moralmente bueno cuando haya razones muy graves que permitan considerar esas injusticias causadas por la independencia como un mal menor. Igual que sucede con la guerra justa: es moralmente admisible cuando hay razones graves que hacen aconsejable soportar los males que sin duda producirá.

¿Qué razones graves puede haber que hagan admisible la independencia de una región? Muy diversas. Por ejemplo, grandes diferencias fundamentales, especialmente de tipo religioso, como sucedía cuando Grecia formaba parte del Imperio Otomano o Irlanda del Reino Unido. Una gran injusticia económica de tipo indudable, manifiesto y muy grave. Un Estado fallido que ya no puede cumplir sus funciones, como es el caso de Somaliland y Puntland con respecto a Somalia. La destrucción intencionada de una cultura por parte de la autoridad estatal. Un Estado tiránico o criminal, que oprime al país en general o a una región en particular. Es decir, razones tan graves que permiten considerar las injusticias que causará la independencia como un mal menor que hay que soportar para evitar injusticias mayores.

Y ahora, lo que nos interesa: ¿existen en Cataluña en concreto esas razones graves que compensen las injusticias que necesariamente crearía un proceso de independencia? Yo no las veo por ninguna parte, la verdad. No hay opresión religiosa, ni tampoco una gran diferencia religiosa o de pensamiento fundamental. A no ser que se tome como hecho diferencial precisamente la descristianización más avanzada de Cataluña, cosa que no creo que ningún católico quiera hacer. No hay ninguna opresión tiránica ni criminal (lo único que podría considerarse así sería el genocidio del aborto legalizado, pero aparentemente los nacionalistas son igualmente partidarios del mismo). El Estado español no es un Estado fallido, al estilo del somalí. Tampoco hay ninguna política de destrucción de la cultura o la lengua catalanas. Más bien al contrario. El caso de Valencia, por ejemplo (mi familia materna es de Castellón), donde la convivencia es incomparablemente más fluida, muestra que los problemas que se alegan en este ámbito son en su gran mayoría artificiales, cuando no intencionados y con motivación política.

Creo que menciona Monseñor Novell supuestas injusticias económicas. Sin ponerme a juzgar si son ciertas o no esas reivindicaciones, lo que resulta evidente para cualquiera es que no pueden considerarse como algo grave, para el nivel de gravedad del que estamos hablando. Incluso si fueran ciertas, serían injusticias de andar por casa, el mismo tipo de injusticias que podrían alegar, por ejemplo, Castelldefels y Badalona con respecto a Barcelona o que sufro yo cuando el Ayuntamiento me esquilma con un impuesto de plusvalía inadecuado. Además (parece mentira que haya que recordarlo entre católicos), el simple hecho de que uno aporte más dinero al bien común del que recibe directamente no es una injusticia. Se llama solidaridad.

Por lo tanto, cuando se afirma “la legitimidad moral de todas las opciones políticas que se basen en el respeto inalienable de las personas y de los pueblos y que busquen con paciencia la paz y la justicia”, hay que tener cuidado para explicar que esto solo afecta al plano general, porque de otro modo ese tipo de afirmaciones pueden ser engañosas. Hasta donde yo entiendo la cuestión, no cabe incluir en esa afirmación al independentismo catalán, porque un análisis pausado de la cuestión muestra que, según todas las apariencias, en la situación actual de España, no es una opción moralmente legítima, ya que promueve injusticias muy graves sin justificación y no respeta los derechos del conjunto de los españoles. No veo, pues, en concreto, cómo puede ser objetivamente una opción adecuada para los católicos.

 

 

 

Publicado en: http://www.infocatolica.com/blog/espadadedoblefilo.php/1709070434-la-independencia-de-cataluna