Colaboraciones

 

Legalidad y legitimidad (I)

 

 

23 octubre, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

Qué desafío el que plantea la objeción de conciencia. Sobre todo, porque es un tema que pone en tensión a la legalidad con la legitimidad. La legalidad tiene relación directa con normas legales. Y la legitimidad está vinculada con los valores profundos de la persona que se sustentan en su Fe. Lo legal, entonces, tiene lugar en un contexto y momento histórico determinados. Mientras que la legitimidad, a su vez, trasciende lo legal porque está en el plano espiritual o axiológico.

La legalidad y la legitimidad, muchas veces, coinciden. Así en muchos países, por ejemplo, es legal la libertad religiosa y este precepto acompaña el sentimiento de la mayoría de los individuos de sus pueblos. Por lo tanto, no hay conflicto. No hay tensiones. Pero, ¿qué ocurre cuando lo legal y lo legítimo chocan entre sí? La situación se complica e incluso, en ocasiones, puede generar una fuerte violencia sobre las conciencias de las personas.

Lo que antes era evidente, ahora no lo es tanto. ¿Se pueden casar con todos los derechos dos personas del mismo sexo? ¿Quién y por qué decide si una vida es digna de vivirse o no? ¿La madre puede disponer del ser que aún lleva en su vientre? Cuestiones que antes se veían claramente como buenas o malas, ahora la sociedad las pone en duda. Los valores basados en el humanismo cristiano se ponen entre paréntesis y lo obvio ya no lo es tanto. ¿Es suficiente apelar a lo que marca la ley, a lo que dice el 51% de los parlamentarios para que algo sea lícito o no?

En un primer momento tenemos que aceptar que no toda ley, aunque sea legítimamente constituida, es ya de por sí buena. Recordemos, como clásico ejemplo, que Hitler ascendió al poder de manera democrática, y no hay nadie en su justo juicio que apruebe las leyes de tal gobierno. Si aceptamos que la norma definitiva de nuestro actuar es la ley civil, haremos de la moralidad, de lo bueno y de lo lícito, un instrumento en manos del partido de turno o de grupos de poder económico e ideológico con pocos escrúpulos. Hay cosas que por su naturaleza son buenas o malas, y, por lo tanto, inaceptables, aunque reciban el consenso de la mayoría. La Iglesia Católica, apoyándose en una rica tradición filosófica, cree encontrar este baluarte, fundamento de toda moral y legislación, por el que se puede discernir entre el bien y el mal por encima de las leyes civiles: la ley moral natural.

¿Qué es esta ley natural tan mencionada por los moralistas y anti-moralistas? Es el principio que «expresa el sentido moral original que permite al hombre discernir, mediante la razón, lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1954). Cuando compramos un aparato, lo primero que hacemos es ver las instrucciones. De utilizar el aparato según las reglas que le puso el fabricante, depende su buen o mal funcionamiento. No nos funcionará una computadora de 220 V en una corriente de 110 V, y si conectamos un aparato en una corriente de voltaje superior a la marcada, seguramente lo quemaremos.

La ley natural es ese conjunto de “instrucciones de uso” que el Creador ha puesto en el hombre para su “buen funcionamiento”, con la peculiaridad de que el hombre, a diferencia de los artefactos y de los otros seres vivientes, puede conocer sus propias leyes. Por su inteligencia es capaz de conocer la ley natural y de seguirla o no seguirla, aunque sabe que al no seguirla actúa erróneamente. La ley natural se nos manifiesta de modo inmediato, casi intuitivo. Por eso sentimos la inclinación, podríamos decir quasi innata, sin que nadie nos lo diga de hacer el bien y evitar el mal, de respetar la vida y los bienes de los demás, de cumplir los pactos contraídos, de decir la verdad, aunque a veces se sientan dificultades en percibirlo o haya que vencer nuestras inclinaciones al mal.

La ley natural no ha sido un invento de la Iglesia o un “dogma”. Es una de las muchas verdades accesibles a la razón del hombre de las que la Iglesia, maestra perenne de humanidad, se ha hecho portadora enriqueciéndola con la luz de la Revelación. Algunos paganos, tiempo antes de la venida de Cristo, dieron clarividentes intuiciones de la ley natural. En Antígona, la famosa tragedia de Sófocles, el autor pone en boca de la protagonista la existencia de una “ley no escrita” (ágraphos nómos) por encima de las leyes escritas: «Tus prohibiciones, Creonte, no son tan fuertes para poder violar la ley no escrita, fijada por los dioses, aquellas que ninguno sabe cuándo fueron establecidas porque no viven desde hoy o desde ayer, sino desde toda la eternidad» (Antígona, vv. 563 ss.). Cicerón, el más grande orador romano, afirma: «Existe una ley verdadera, una razón recta, conforme a la naturaleza, presente en todos, invariable, eterna, tal que interpela a los hombres con sus mandatos a hacer su deber o a impedirles hacer el mal. Esta ley no es diversa en Roma o en Atenas. No es diversa ahora o mañana. Es una ley inmutable y eterna cuyo único autor, intérprete y legislador es Dios» (De re publica III, 22, 33).