Colaboraciones

 

La violencia no puede ser una filosofía de la vida

 

 

28 junio, 2119)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

La violencia como hecho histórico aparece con la misma naturaleza. La violencia como hecho biológico nace con los seres vivos y la lucha por la supervivencia. La violencia como hecho humano nace con el hombre.

      Un hecho doloroso: la experiencia de la violencia. A pesar de los esfuerzos innegables que el hombre realiza para civilizarse. Pese a las conquistas maravillosas de la razón humana en los múltiples campos del saber y de la ciencia hay un campo en que el hombre no puede ni debe sentirse satisfecho: la no violencia no es todavía una conquista estable. No solo no ha sido abatida por la razón humana sino que por el contrario parece como si el hombre utilizara la razón para ser el más violento de los animales.

      Las víctimas de la violencia constituyen una de las cadenas más trágicas de la humanidad. Y en el mundo en que vivimos vemos aumentar el número de seres vivos pero al mismo tiempo aumenta peligrosamente la violencia que amenaza, con su presencia indeseable, la vida humana.

      La violencia es, según sus partidarios, un instrumento legítimo para conseguir sus fines: el cambio de estructuras en la sociedad. Pero todo instrumento o medio se legitima en sí mismo y en sus objetivos. El hombre no puede utilizar un instrumento malo para conseguir un fin bueno —menos, por supuesto— un fin malo. Vale la pena recordar que el fin jamás justifica los medios porque hoy se ha olvidado. Los fines se consiguen de forma racional, es decir, humana. La operación sigue al ser, dice un conocido principio filosófico. De ahí que la conducta razonable sea propia del ser inteligente. Una conducta al margen de la razón no sería ética y estaría por tanto al margen de los valores. La actitud violenta —cuando es injusta— es irracional. Por lo tanto incontrolable. El hombre no tiene derecho a provocar, conscientemente, una violencia, cuyas consecuencias no sabe a dónde pueden alcanzar; y más en circunstancias en que se ve afectada la dignidad de la persona humana. La violencia, una vez desatada, rara vez es controlable. De ahí su injusticia, su irracionalidad y en consecuencia su inmoralidad. La actitud violenta es antiética. La razón está en que el hombre tiene obligación de actuar siempre racionalmente, esto es, de acuerdo con su dignidad personal de ser libre porque solo en ese caso actúa de acuerdo con su naturaleza específica y en consecuencia se perfecciona como hombre y como ser sociable.

      La violencia, al menos en el plano del sentido común, no aparece como un bien, ni como un valor, sino todo lo contrario: como un mal, indiscutiblemente como un contravalor. La persona humana rechaza incondicionalmente la violencia injusta por su misma naturaleza irracional y antihumana y por lo tanto antisocial. Este principio, o si se quiere conclusión, se apoya en muchos motivos: la violencia es un fenómeno negativo, emocional, intrínsecamente irracional y en consecuencia difícilmente controlable. Es la negación, por consiguiente, de lo que se entiende por un comportamiento humano. La violencia no está en posición de establecer y mucho menos de garantizar la justicia, que es esencialmente una relación positiva de racionalidad (puesto que persigue el orden justo), no emocional, un comportamiento controlable que falta casi siempre —por propia definición— en la actitud violenta.

      La violencia es una consecuencia de la pérdida del valor del hombre como persona. Y muchas actitudes violentas lo son del nihilismo al que por este camino se llega.

      Aceptar la violencia —hija de la ira y prima hermana del odio— es aceptar un mundo impersonal que, para cualquier persona normal que no haya abdicado de la facultad de pensar, es inaceptable. El hombre maduro es el que sabe que la violencia y la victoria consiste en triunfar sobre uno mismo, no sobre los otros.

      La violencia no puede ser una filosofía de la vida.