Colaboraciones

 

El camino a seguir

 

 

26 junio, 2119)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

Los cristianos no tenemos que ir muy lejos para encontrar un modelo de madurez auténtica y un camino seguro para avanzar firmemente hacia ella. Jesucristo, el hombre perfecto, es el centro y el modelo de la vida cristiana. Él nos ha dejado un ejemplo consumado de madurez y nos invita a imitarlo.

      Cuando uno piensa en la vida de Cristo, no puede dejar de conmoverle inmediatamente su profundo sentido de identidad personal. Él sabe quién es, y para qué está aquí. Al venir al mundo, resume su actitud en las palabras: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Toda su vida es un desarrollo continuo de esa identidad, tanto que hacía de la fidelidad a ella su alimento: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y completar su obra» (Jn. 4,34).

      Jesús jamás sucumbió ante la opinión de la gente. Cuando las multitudes, admiradas por sus enseñanzas y milagros, querían llevárselo para proclamarlo rey, él se retiró solo, porque su hora no había llegado aún.

      Y cuando llegó finalmente esa hora, se abrazó a la voluntad de su Padre y se entregó libremente a la muerte, a pesar de que su naturaleza humana se resistía ante la perspectiva de tanto sufrimiento. No podremos encontrar en ninguna parte un ejemplo más perfecto de madurez. La vida de Cristo es un libro abierto que nos revela la verdad sobre nosotros mismos y nos señala el camino a seguir.

      La formación de una personalidad madura, verdaderamente integrada, es un ideal por el que vale la pena luchar. La sociedad actual, que con frecuencia valora más el «tener» que el «ser», necesita con urgencia nuevos testimonios de madurez. Solo viviendo de acuerdo con la verdad de nuestro ser, podremos descubrir el camino que conduce a la felicidad auténtica y duradera.