Colaboraciones

 

Ley moral

 

 

18 junio, 2019)| Javier Úbeda Ibáñez


 

 

La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios.

   La ley moral orienta el obrar humano hacia su fin último, el Bien Supremo, Dios.

   La ley moral nos ayuda a alcanzar nuestro fin último y sobrenatural con el conjunto de preceptos que Dios promulgó.

   Las expresiones de la ley moral son diversas, y todas están coordinadas entre sí: Ley eterna, fuente en Dios de todas las leyes; ley natural; ley revelada o divino-positiva, y leyes humanas (civiles y eclesiásticas).

   La ley moral es exclusiva de la criatura racional.

   La ley moral es la que rige actos humanos o personales en su sentido profundo y estricto, que compromete de algún modo el destino mismo del hombre y así el valor de su existencia.

   La ley moral es la que impera y ordena la moralidad, la más profunda e íntima actividad del hombre, la de su alma, principio de actos espirituales; y por tanto, afecta directa y propiamente a su vida inmortal, a su destino eterno. Moral viene del latín “mos” (costumbre), lo mismo que ética viene del griego “ethos” (de idéntico significado), ya que nadie es bueno porque hace un acto bueno, sino porque obra habitualmente bien, porque tiene una disposición difícilmente removible (hábito, virtud) a obrar bien. La ley moral determina esos actos, cuya repetición e intensidad origina la virtud, sacando a la voluntad de una cierta radical ambivalencia que consigue a lo deficiente de la libertad creada, y reforzando su eficiencia y bondad o perfección. El objetivo de la ley es lo justo, y el objeto de la justicia es el derecho: la rectitud en el proceder hacia el bien; por eso, la Sagrada Escritura denomina “justo” al hombre bueno, al hombre santo (y este debería ser el sentido profundo de todo derecho: “directum”, bien dirigido al fin, recto, bueno). De ahí que la ley moral obligue en conciencia, no exteriormente solo o sobre todo, sino en la intencionalidad radical de los actos humanos, en la finalización perseguida.

   Esta ley moral es “natural” si consigue a nuestra naturaleza humana, a nuestro “ser hombre”; y es “sobrenatural” si consigue a nuestra “sobrenaturaleza”, a la gracia, que es una misteriosa participación en la misma naturaleza divina (“divinae consortes naturae”: II Petr. I, 4) que, con doble e imprevisible gratuidad, nos constituye en hijos de Dios y exige una conducta proporcionada.

   Si, como algunos pretenden, la ley moral es algo cambiante, que varía con los tiempos, que depende de las diversas circunstancias de cada época, que resulta de un acuerdo entre los hombres, cualquier acto inmoral que fuera considerado así en conformidad con las costumbres de una época determinada se consideraría lícito. Según este relativismo, los actos serían buenos cuando se les considerara como buenos, y al revés.