Cartas al director

 

Pluralismo escolar

 

 

03 mayo, 2019 | Javier Úbeda Ibáñez


 

La escuela no debe ser rebajada —como ya lo está siendo por desgracia en gran medida— a la condición de simple órgano ejecutor de la voluntad del Estado. Porque una libertad administrada por el Estado ya no es libertad.

Los partidos políticos no pueden pretender establecer en materia educativa un monopolio estatal, que conduce únicamente a manipular a la juventud. Los hijos no se nacionalizan como las empresas. Los hijos no pueden quedar a merced del último ideólogo de turno o del partido que haya ganado las últimas elecciones.

La libertad de enseñanza, que se concreta en un pluralismo escolar dotado de real autonomía, es la garantía de que serán educados en la libertad, de que aprenderán a discurrir por cuenta propia y no por cuenta ajena. Solo quienes piensan que la escuela es y debe ser un lugar de condicionamiento ideológico, y dan por descontado que solo el suyo es el bueno, pueden pensar que hay que suprimir el pluralismo escolar.

El problema estriba en que la educación no es nunca un condicionamiento, sino un continuo perfeccionamiento en la búsqueda de la verdad y en la práctica de una vida recta, propia de todo hombre de bien.

El monopolio estatal de la enseñanza se opone a los derechos natos de la persona humana, al progreso y a la divulgación de la misma cultura, a la convivencia pacífica de los ciudadanos y al pluralismo que hoy predomina en muchas sociedades. Por ello, a toda persona de mentalidad auténticamente liberal debe parecer obvio que los padres, a quienes incumben con preferencia la misión y el derecho inalienables de educar a sus hijos, deben ser realmente libres para elegir escuela.

En otras palabras, se acepta el pluralismo como un hecho político, pero se niega el pluralismo como característica fundamental de la comunidad.