Colaboraciones

 

Reflexiones ante el 28A

 

 

02 abril, 2019 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en su nº 189, se nos recuerda que nuestra participación en la comunidad civil es un «deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común».

Para los católicos, la virtud pública es tan importante como la privada en la reconstrucción del bien común. En la tradición católica, la ciudadanía responsable es una virtud; la participación en el proceso político es una obligación moral. Todo creyente está llamado a formar parte de una ciudadanía responsable, a ser un participante informado, activo y serio en el proceso político. Todos los votos cuentan. Todos los actos de ciudadanía responsable son un ejercicio de gran valor individual.

En los sistemas democráticos, el voto es el mecanismo de participación ciudadana por excelencia.

El voto libre y soberano es el más directo instrumento que tenemos para participar en la vida política de forma eficaz, democrática y transparente.

Votar no es solo un derecho sino también una obligación moral, libre (salvo en los casos de discapacidad intelectual o psíquica) y responsable.

Como ciudadanos y como católicos tenemos el derecho de votar en libertad y la obligación de hacerlo en conciencia.

El voto debe ser decidido en libertad, con responsabilidad y en conciencia. No basta, sin embargo, votar libremente, sino desde la conciencia rectamente formada.

El voto responsable del católico debe alimentarse, además de conocer la posición de la Iglesia en temas importantes, de una buena y objetiva información de los temas, de los candidatos y de sus propuestas. Y por encima de todo, el voto de todo católico, llamado a participar activa y responsablemente en política, debe estar basado en principios.

El voto para las elecciones de los futuros gobernantes tiene unas consecuencias en la vida social y en numerosos ámbitos (político, económico, legal, etc.). Por lo tanto, el voto tiene un carácter moral por su vínculo con el desarrollo social desde una visión integral del hombre.

Para los católicos, votar en conciencia significa votar conforme a los dictados de su fe religiosa. Y, por supuesto, el voto en conciencia obliga a considerar si tal o cual opción defiende o no valores fundamentales: el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural; la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer; la libertad de educación de los hijos, y la promoción del bien común en todas sus formas, cuatro valores no negociables en la vida social que el Papa Benedicto XVI señala en su Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum caritatis. Votar en conciencia es contribuir a la construcción del bien común.

Hay que notar que la abstención puede favorecer el que un determinado partido político, distanciado el que más o entre los que más, por su programa y sus hechos, de lo que expresa la doctrina social de la Iglesia, pueda gobernar este país. Ello hace aconsejable optar por aquella opción menos mala para que no gobierne otra peor.

Es lamentable que todavía haya muchos cuyo criterio para votar es ver quién regala más cosas, quién habla mejor, quién promete opciones que parecen muy atractivas, aunque sean difíciles o casi imposibles de cumplir. Eso es una degradación de la democracia. Los debates ayudan a conocer mejor a los candidatos, su forma de pensar, sus propuestas, sus capacidades, su desarrollo en la palestra pública. Sin embargo, lo más importante es conocer su vida, sus valores, sus criterios, su experiencia, su preparación, su familia, su historia, la coherencia de su vida, su honestidad, su creencia y su práctica religiosa.

No nos dejemos engañar ni impresionar por las campañas publicitarias electorales; tampoco hay que votar solo por la inercia de hacerlo siempre por un partido; conozcamos a las personas, analicemos su historia y su vida actual; posteriormente, tomemos una buena decisión.

Y que nuestro criterio definitivo sea apoyar a quien consideremos la mejor opción, no solo para nosotros, sino para el bien integral del país.

Como católicos y ciudadanos responsables tenemos la obligación moral de participar y hacer posible que otros participen.